La vigésima primera feria del libro en Bogotá me explicó el porqué el índice de lectura en Colombia es de 1,6 libros por año. Lee más un analfabeto dormido que mil colegiales.
La horda de cachifos uniformados se infiltró en los pabellones para recoger tarjetitas, las bolsas de promoción del almanaque Bristol y sacarse los mocos ante las cámaras de televisión.
La invasión desencadenada por una pubertad en fiesta fue aprovechada por los profesores para descansar de la “dictadura” de clases. El asueto resultó crítico: “Vayan a la feria y de tarea escriben un ensayo sobre lo que vieron”. Esa orden y las explicaciones académicas de Capulina son del mismo inútil libreto de la chabacanería criolla.
Además, los padres de familia no tuvieron la gentileza de aumentar la mesada para comprar una cartilla Coquito. Los benefactores todavía están pagando los textos escolares de enero.
Los que sí encontraron un motivo para extorsionar a los progenitores fueron los jardines infantiles con un simulacro de salida pedagógica. Filas interminable de párvulos enganchados por el delantal entorpecían el paso victorioso de los últimos lectores. Muchedumbres y alharacas servían para convencer al Japón que Farsolandia es un país de intelectuales. El engaño ingenuo de la algarabía impuso el peso del tumulto enardecido.
Entonces, ¿a qué fueron al sagrado anaquel de Corferias? La respuesta tiene múltiples opciones, pero podría empezar por una novena a san Herodes.
Los muchachos no probaron el formativo reglamento de la pedagogía francesa. En ese arsenal disciplinario, la férula, el coscorrón y el pellizco retorcido eran elementos básicos de la cátedra de cívica y urbanidad. Los tiempos del progreso se acabaron en los divanes de los sicólogos Nueva Era.
Los badulaques se dedicaron al coqueteo bárbaro de las crisis de adolescencia. En el segundo piso del pabellón 6 se presentó una escena de romance callejero. La jovencita brincona le dio un beso mordelón al novio zoquete y por un extraño artilugio de sus labios el pirsin (piercing) se le quedó atorado en los incisivos cariados de su amado.
Los dos amantes protagonizaron un zarandeo de mapalé. No podían desengarzarse porque el dolor los retorcía en una danza loca de furias y alaridos. Adheridos, boca a boca, demostraron que no leyeron ni a Boccaccio ni a Casanova y muchos menos La casa de los besos de Claudia Bielinsky. La tarea escolar les quedó como el título de la novela de Janette Winterson: Escrito en el cuerpo.
Los cuerpos que escriben dejaron de manosear y hojear las ediciones vitales, las que se compran, se leen, se aman, se coleccionan y no se prestan. La paz para ejecutar ese acto vital jamás llegó. La guachafita de los vergajitos imponía su marcha de tambochas en temporada de caza.
Sin duda, el apostolado de la lectura fue crucificado por la fiesta de las turbas. La visita ante el altar de la sabiduría debería ser restringida a una elite intelectual patrocinada por los amigos de las bibliotecas. El resto es paseo dominguero motivado por el embeleco. Resulta infame y sacrílego que la gente vaya a un festival del libro a que las gitanas les lean la palma de la mano. ¿Será que sufren de bibliofobia? La quiromancia les robó lectores a los libreros.
Porque feria sí hubo. Saltimbanquis, juegos de preescolar, escondidas americanas, novelas sobre vacas que se salvan del diluvio, café árabe con papa paramuna, kimonos de geishas, monigotes orientales, alaridos de karatekas y modelos en oferta preparatoria para el evento del mueble multiusos.
Sin embargo, la desgracia suele cebarse en la nobleza. El 23 de abril tuve que abandonar el recinto con depresión moral.
Al mayordomo mayor le dio por ir a inaugurar la vitrina de la industria editorial. La ventolera del primer mandatario incluyó perros husmeadores, guardaespaldas, comandos y tropas del batallón Guardia Presidencial que se desplegaron furtivos. ¿Estarían buscando a don Tomás Carrasquilla?
El andamiaje militar era para proteger a Uribe de un ataque de la cultura. El presidente no se sentía seguro rodeado de los cuentos del papá de la Marquesa de Yolombó.
Volví dos días después. En un acto heroico busqué el sosiego de la imprenta. Compré un par de tomos sobre la Guerra de los Mil Días y terminé inmerso en una maravillosa cita histórica sobre el siglo XIX, tema de la próxima entrega. Y fin del nirvana.
El único recuerdo bello se quedó estacionado en el pabellón 6 piso 2, stand 537. Lugar donde la editorial Epígrafe tuvo la valentía de acercar el futuro con los E-Book. Pero no hay cielo sin infierno. Al lado estaban el vendedor del Anticristo, los sarracenos y más adelante el material de la Izquierda Viva. Demasiada herejía para un humilde admirador de las Cruzadas. Mi columna vertebral se averió. En mi cama me dediqué a realizar el oficio maravilloso de conversar con la palabra escrita. Me aguardaba Una historia de la lectura de Alberto Manguel. Historia que no pude leer en la Feria del Libro.
martes, 6 de mayo de 2008
viernes, 25 de abril de 2008
Cacería de lobos sarnosos
El primo del mayordomo de Palacio, en una muestra soberbia de acatamiento legal a sus principios constitucionales, protagonizó un fallido conato de fuga.
El anciano desertor, motivado por el horror de su conciencia y acosado por los sabuesos de la Fiscalía, cometió el burdo error de asilarse en la embajada de una antigua dehesa de la United Fruit Company.
No era para menos. La desesperación la provocó el atosigamiento de una institución que usó las artimañas de un brujo para indagar sobre las prácticas espiritualistas y paganas de sus funcionarios.
Los fiscalitos se atacaban con maleficios y conjuros enterrados entre las materas de sus oficinas. Los esbirros tenían que recurrir a sicofantes y pastores de secta para proteger sus actos síquicos del mandinga. Los doctores en perjurio suplicaban ser liberados de la epistemología de la nigromancia.
Esos personajes inauguraron un episodio lamentable. Sitiaron el camellón de la comedia con sus pavorosas artimañas de pandilleros. A la trifulca se sumó el cavernícola zurdo. Él instigó a la bestia jurídica que lo posee con su verborrea de esquirol orate. El deplorable mamerto llamó a los serenateros de inquilinato para reclamar el tumulto de la jauría.
Teatreros de postín, mariachis de buseta, saltimbanquis hambrientos, culebreros de carpa y una turba autómata de víctimas prefabricadas dieron horripilantes aullidos. Los lobeznos se juntaron en un aquelarre ecuménico de fieras emasculadas.
La lobería, el crimen irredimible por su condición de conducta despreciable, logró elevar a Farsolandia a la cima del ridículo.
Las pancartas manoseadas, los simulacros de ataúdes, las cruces chuecas, las fotografías montadas y la parafernalia propia de los tramoyistas de vereda se hicieron presentes ante la embajada de un país sin Ejército. (¿País?). Los mendigos de la calumnia recogieron denuestos para ofrendarlos a los pies de la mentira.
Las actitudes deplorables y festivas sirvieron para que las sociedades civilizadas miraran con asco el drama nauseabundo. La soberbia del subdesarrollo campeó victoriosa.
El trágico sainete produjo el rechazo comercial de la cédula de Farsolandia. La infaltable prenda de empeño ya no sirve. En las mancebías y garitos se considera una deshonra moral recibir el documento electoral que sustenta espectáculos de medio pelo.
El pueblito de mis cuitas, cuya máxima expresión cultural es El polvorete, no merecía más. La matadura de su lomo, arqueado por enjalmas y espuelas, mira los escándalos de las cortesanas ebrias con estoicismo de semoviente valonado.
Sus tres últimos gamonales son de la misma calaña genética. Le inmolaron los siervos al prostíbulo de sus deidades. En honor al cuarteto de vagabundas (la democracia, la justicia, la paz y la libertad) dejaron ahíta el ave carroñera que acampa en las fosas comunes y en el Escudo Nacional. Samper alimentó a su paquidermo con el cartel caleño. Pastrana cebó al terrorista prostático y Uribe nutrió al estercolero parlamentario con sofismas de guarniel. El patriarca del embeleco todavía no sabe si la Seguridad Democrática es la casa de citas de José Obdulio o si Mancuso es la capital de un Estado paramilitar.
Felicitaciones, Farsolandia. Quedaste como el trasero de las vacas en feria de pueblo calentano.
El anciano desertor, motivado por el horror de su conciencia y acosado por los sabuesos de la Fiscalía, cometió el burdo error de asilarse en la embajada de una antigua dehesa de la United Fruit Company.
No era para menos. La desesperación la provocó el atosigamiento de una institución que usó las artimañas de un brujo para indagar sobre las prácticas espiritualistas y paganas de sus funcionarios.
Los fiscalitos se atacaban con maleficios y conjuros enterrados entre las materas de sus oficinas. Los esbirros tenían que recurrir a sicofantes y pastores de secta para proteger sus actos síquicos del mandinga. Los doctores en perjurio suplicaban ser liberados de la epistemología de la nigromancia.
Esos personajes inauguraron un episodio lamentable. Sitiaron el camellón de la comedia con sus pavorosas artimañas de pandilleros. A la trifulca se sumó el cavernícola zurdo. Él instigó a la bestia jurídica que lo posee con su verborrea de esquirol orate. El deplorable mamerto llamó a los serenateros de inquilinato para reclamar el tumulto de la jauría.
Teatreros de postín, mariachis de buseta, saltimbanquis hambrientos, culebreros de carpa y una turba autómata de víctimas prefabricadas dieron horripilantes aullidos. Los lobeznos se juntaron en un aquelarre ecuménico de fieras emasculadas.
La lobería, el crimen irredimible por su condición de conducta despreciable, logró elevar a Farsolandia a la cima del ridículo.
Las pancartas manoseadas, los simulacros de ataúdes, las cruces chuecas, las fotografías montadas y la parafernalia propia de los tramoyistas de vereda se hicieron presentes ante la embajada de un país sin Ejército. (¿País?). Los mendigos de la calumnia recogieron denuestos para ofrendarlos a los pies de la mentira.
Las actitudes deplorables y festivas sirvieron para que las sociedades civilizadas miraran con asco el drama nauseabundo. La soberbia del subdesarrollo campeó victoriosa.
El trágico sainete produjo el rechazo comercial de la cédula de Farsolandia. La infaltable prenda de empeño ya no sirve. En las mancebías y garitos se considera una deshonra moral recibir el documento electoral que sustenta espectáculos de medio pelo.
El pueblito de mis cuitas, cuya máxima expresión cultural es El polvorete, no merecía más. La matadura de su lomo, arqueado por enjalmas y espuelas, mira los escándalos de las cortesanas ebrias con estoicismo de semoviente valonado.
Sus tres últimos gamonales son de la misma calaña genética. Le inmolaron los siervos al prostíbulo de sus deidades. En honor al cuarteto de vagabundas (la democracia, la justicia, la paz y la libertad) dejaron ahíta el ave carroñera que acampa en las fosas comunes y en el Escudo Nacional. Samper alimentó a su paquidermo con el cartel caleño. Pastrana cebó al terrorista prostático y Uribe nutrió al estercolero parlamentario con sofismas de guarniel. El patriarca del embeleco todavía no sabe si la Seguridad Democrática es la casa de citas de José Obdulio o si Mancuso es la capital de un Estado paramilitar.
Felicitaciones, Farsolandia. Quedaste como el trasero de las vacas en feria de pueblo calentano.
martes, 15 de abril de 2008
La turbamulta
La guacherna imperiosa, envalentonada, ebria y fatal en su concepción criminal se lanzó al saqueo, la pasión de los bandoleros. El resultado atroz aniquiló la historia de los cachacos: ‘el bogotazo’.
Bogotá, la ciudad del Águila Negra, perdió su condición de Atenas Suramericana. Asesinado el patrón, el que le apretaba el dogal con su labia subversiva, la plebe se desparramó iracunda. La masa acéfala, cual hidra enloquecida, vomitó estertores de ruina. Quería deglutar cuatro siglos de estupros. El pueblo a su iracunda discreción fue un cruel relámpago tembloroso, el constructor del desastre.
La actitud irresistible de los trogloditas se canalizó hacia el embrutecimiento formal. La miseria mojó su gaznate con la chicha de Las Cruces. A ese cóctel altanero le mezclaron botellas de güisqui escocés. Las destaparon con el canto del machete y las bebieron con furia vikinga.
El ensayo general del Apocalipsis se desató sobre la impoluta Perla de los Andes. La blasfemia del guijarro instauró el imperio del horror. La turba, de réprobos enruanados, perdió la ocasión de las muchedumbres, el ataque a mansalva.
El resabio compulsivo impuso su cátedra: Rapiñar. La lúgubre tropa terrorista se confundió lasciva. Inclinada por la cólera viciosa no tuvo la sapiencia de colgar del pescuezo al Zorro Plateado, alias Mariano Ospina Pérez. La violencia visceral los ofrendó al descomunal caos del ultraje carnal.
El Crimen de Abril los acusa. El motín descuartizó e incineró el asiento de la civilización y la cultura de una sociedad que se defendía con ardentía de la patanería. La invasión de las costumbres vulgares la sitiaba.
El tumulto enloquecido vociferaba. Arrastraba un cadáver desnudo. Delito impúdico de las almas atrofiadas. Hasta este punto del acontecimiento los hijos del caudillismo mostraban cordura. El derecho al legítimo linchamiento se cumplía a cabalidad. Y en ese vértice, de aquel viernes trágico, el derecho de las gentes debió mostrar que estaba forjado por la locura y el heroísmo. La prueba fatídica lo doblegó bajo el impulso delictivo del raponazo. La ley de los patibularios desembocó en el asalto a las vitrinas.
La lobería sarnosa aulló desaforada. La horrenda pataleta arribista lució un abrigo de piel o se colocó un botín de charol sobre las alpargatas. La dicha revolucionaria claudicó. Ahí, con esa conducta de galeotes feroces, mataron el legado fascista de Gaitán. El negro Jorge Eliécer los disciplinó con la Marcha del Silencio. Los convirtió en el Ejército de la Protesta. Gaitán, discípulo ideológico de Benito Mussolini, hizo suyas las palabras con las que el Duce encabezó la marcha sobre Roma: “Si avanzo, seguidme; si retrocedo, matadme; si muero, vengadme” (menos mal que era de izquierda).
Sus seguidores demostraron que el cruce entre la carne de presidio ibérico, el esclavo cimarrón y el antropófago caribeño sirve para criar pirañas. Las etnias, sancochadas con las mañas taimadas del altiplano paramuno, son nefastas. Son la traición alevosa del incesto.
La urbe gimió con las candeladas de los macheteros. El civismo tembló al escuchar el tropel bestial de los descendientes de Lope de Aguirre, el traidor al Rey. Algunos sacerdotes defendieron a físico plomo la tradición, la familia y la propiedad. (Como debe ser).
La Catedral Primada aún guarda en sus torres los impactos del máuser, que a mampuesto, atacó a los heroicos francotiradores. Los religiosos defendieron la consigna de san Ezequiel Moreno: “El liberalismo es pecado”.
El monstruo se retorcía herido y esperaba babeante la satisfacción de su impulso profanador. La orgía, arrebatada y calcinante, inauguró la rutina de la canalla delirante.
Se mataba sin orden. Sin distinguir siluetas. La muerte danzó con los brutos beodos, bebedores del llanto y la sangre. La masa desarticulada midió con el rasero de la horda la dignidad y el delito. Mezcló en su estercolero político la herencia arquitectónica de sus hijos con la inmunda amnesia de los huérfanos. Se abalanzó sobre las capillas, los museos y las mansiones. Los tesoros de la cristiandad aguardaron con dignidad de mártires la antorcha de los bárbaros.
El populacho iracundo, resentido y manipulado se torció bajo la autoría intelectual de las sombras. Las cofradías de las sectas nauseabundas se encargaron de usar el tumulto para esconder las garras del titiritero de Juan Roa Sierra.
Los cementerios y las fosas comunes sin prisa, pero sin pausa devoraron la desmesura de las jaurías. La hedentina escrituró su testamento de gusaneras a la capital moribunda.
Los costales húmedos, en charcos de sangraza, acumulaban riquezas producto del pillaje. Blasones y apellidos cambiaron de estirpe. El cristal murano relevó a la vela de cebo. El bombillo alumbró covachas de arrabal y catres de prestamistas. Las sirvientas y los guaimarones se entrelazaron en concubinatos libertinos. Las familias de los guaches levantiscos pasaron de ser ponzoñosas sabandijas a empresarios de la lujuria.
Las bayonetas estatales llegaron. El amo les pegó un par de berridos. La manada ahíta dejó de chasquear los zancarrones y se refugió en el cubil de la vergüenza. La turbamulta tuvo la oportunidad para destronar a la raposa de Palacio, pero edificó el país de las tumbas sobre un altar de cenizas. La revuelta de la licantropía había triunfado.
*****
Mi abuela paterna, de odios escarlatas y pasiones banderizas, jamás les perdonó el 9 de abril. La matrona liberal podía contar en sus recuerdos hasta el teniente Juan Hinestrosa, uno de los conjurados del 25 de septiembre de 1828. “En aquella época se nos voló el langaruto del Bolívar”, afirmaba la noble matriarca.
Su padre y su abuelo combatieron en la batalla de Palonegro. Le dieron con los rémington candela a las huestes del generalísimo Próspero Pinzón. Los paladines de la familia fueron huéspedes de Estado en la famosa penitenciaría del Estado Soberano de Cundinamarca conocida como “El Panóptico”.
De sus mazmorras se fugaron, a fuego y retirada, por entre una alcantarilla para seguir a Uribe Uribe. Más adelante donaron mi herencia millonaria a la campaña presidencial de Alfonso López Pumarejo. Eran “putos, liberales y machos”. Su legado fue: “No hay aguardiente malo ni godo bueno”. Bajo los edificantes principios tutelares de los cachiporros, en mis años mozos, apedreé la casa de un alcalde pueblerino y le grité: “Los godos no van al cielo porque Dios es liberal”.
Educado por liberales manchesterianos me gradué de azul prusiano y con dexiocardia (desviación del corazón hacia la derecha). Por eso cuando escucho los discursos de Gaitán me dan ganas de echarle plomo a los chusmeros. Vainas de la política, ¿no?, ala.
Bogotá, la ciudad del Águila Negra, perdió su condición de Atenas Suramericana. Asesinado el patrón, el que le apretaba el dogal con su labia subversiva, la plebe se desparramó iracunda. La masa acéfala, cual hidra enloquecida, vomitó estertores de ruina. Quería deglutar cuatro siglos de estupros. El pueblo a su iracunda discreción fue un cruel relámpago tembloroso, el constructor del desastre.
La actitud irresistible de los trogloditas se canalizó hacia el embrutecimiento formal. La miseria mojó su gaznate con la chicha de Las Cruces. A ese cóctel altanero le mezclaron botellas de güisqui escocés. Las destaparon con el canto del machete y las bebieron con furia vikinga.
El ensayo general del Apocalipsis se desató sobre la impoluta Perla de los Andes. La blasfemia del guijarro instauró el imperio del horror. La turba, de réprobos enruanados, perdió la ocasión de las muchedumbres, el ataque a mansalva.
El resabio compulsivo impuso su cátedra: Rapiñar. La lúgubre tropa terrorista se confundió lasciva. Inclinada por la cólera viciosa no tuvo la sapiencia de colgar del pescuezo al Zorro Plateado, alias Mariano Ospina Pérez. La violencia visceral los ofrendó al descomunal caos del ultraje carnal.
El Crimen de Abril los acusa. El motín descuartizó e incineró el asiento de la civilización y la cultura de una sociedad que se defendía con ardentía de la patanería. La invasión de las costumbres vulgares la sitiaba.
El tumulto enloquecido vociferaba. Arrastraba un cadáver desnudo. Delito impúdico de las almas atrofiadas. Hasta este punto del acontecimiento los hijos del caudillismo mostraban cordura. El derecho al legítimo linchamiento se cumplía a cabalidad. Y en ese vértice, de aquel viernes trágico, el derecho de las gentes debió mostrar que estaba forjado por la locura y el heroísmo. La prueba fatídica lo doblegó bajo el impulso delictivo del raponazo. La ley de los patibularios desembocó en el asalto a las vitrinas.
La lobería sarnosa aulló desaforada. La horrenda pataleta arribista lució un abrigo de piel o se colocó un botín de charol sobre las alpargatas. La dicha revolucionaria claudicó. Ahí, con esa conducta de galeotes feroces, mataron el legado fascista de Gaitán. El negro Jorge Eliécer los disciplinó con la Marcha del Silencio. Los convirtió en el Ejército de la Protesta. Gaitán, discípulo ideológico de Benito Mussolini, hizo suyas las palabras con las que el Duce encabezó la marcha sobre Roma: “Si avanzo, seguidme; si retrocedo, matadme; si muero, vengadme” (menos mal que era de izquierda).
Sus seguidores demostraron que el cruce entre la carne de presidio ibérico, el esclavo cimarrón y el antropófago caribeño sirve para criar pirañas. Las etnias, sancochadas con las mañas taimadas del altiplano paramuno, son nefastas. Son la traición alevosa del incesto.
La urbe gimió con las candeladas de los macheteros. El civismo tembló al escuchar el tropel bestial de los descendientes de Lope de Aguirre, el traidor al Rey. Algunos sacerdotes defendieron a físico plomo la tradición, la familia y la propiedad. (Como debe ser).
La Catedral Primada aún guarda en sus torres los impactos del máuser, que a mampuesto, atacó a los heroicos francotiradores. Los religiosos defendieron la consigna de san Ezequiel Moreno: “El liberalismo es pecado”.
El monstruo se retorcía herido y esperaba babeante la satisfacción de su impulso profanador. La orgía, arrebatada y calcinante, inauguró la rutina de la canalla delirante.
Se mataba sin orden. Sin distinguir siluetas. La muerte danzó con los brutos beodos, bebedores del llanto y la sangre. La masa desarticulada midió con el rasero de la horda la dignidad y el delito. Mezcló en su estercolero político la herencia arquitectónica de sus hijos con la inmunda amnesia de los huérfanos. Se abalanzó sobre las capillas, los museos y las mansiones. Los tesoros de la cristiandad aguardaron con dignidad de mártires la antorcha de los bárbaros.
El populacho iracundo, resentido y manipulado se torció bajo la autoría intelectual de las sombras. Las cofradías de las sectas nauseabundas se encargaron de usar el tumulto para esconder las garras del titiritero de Juan Roa Sierra.
Los cementerios y las fosas comunes sin prisa, pero sin pausa devoraron la desmesura de las jaurías. La hedentina escrituró su testamento de gusaneras a la capital moribunda.
Los costales húmedos, en charcos de sangraza, acumulaban riquezas producto del pillaje. Blasones y apellidos cambiaron de estirpe. El cristal murano relevó a la vela de cebo. El bombillo alumbró covachas de arrabal y catres de prestamistas. Las sirvientas y los guaimarones se entrelazaron en concubinatos libertinos. Las familias de los guaches levantiscos pasaron de ser ponzoñosas sabandijas a empresarios de la lujuria.
Las bayonetas estatales llegaron. El amo les pegó un par de berridos. La manada ahíta dejó de chasquear los zancarrones y se refugió en el cubil de la vergüenza. La turbamulta tuvo la oportunidad para destronar a la raposa de Palacio, pero edificó el país de las tumbas sobre un altar de cenizas. La revuelta de la licantropía había triunfado.
*****
Mi abuela paterna, de odios escarlatas y pasiones banderizas, jamás les perdonó el 9 de abril. La matrona liberal podía contar en sus recuerdos hasta el teniente Juan Hinestrosa, uno de los conjurados del 25 de septiembre de 1828. “En aquella época se nos voló el langaruto del Bolívar”, afirmaba la noble matriarca.
Su padre y su abuelo combatieron en la batalla de Palonegro. Le dieron con los rémington candela a las huestes del generalísimo Próspero Pinzón. Los paladines de la familia fueron huéspedes de Estado en la famosa penitenciaría del Estado Soberano de Cundinamarca conocida como “El Panóptico”.
De sus mazmorras se fugaron, a fuego y retirada, por entre una alcantarilla para seguir a Uribe Uribe. Más adelante donaron mi herencia millonaria a la campaña presidencial de Alfonso López Pumarejo. Eran “putos, liberales y machos”. Su legado fue: “No hay aguardiente malo ni godo bueno”. Bajo los edificantes principios tutelares de los cachiporros, en mis años mozos, apedreé la casa de un alcalde pueblerino y le grité: “Los godos no van al cielo porque Dios es liberal”.
Educado por liberales manchesterianos me gradué de azul prusiano y con dexiocardia (desviación del corazón hacia la derecha). Por eso cuando escucho los discursos de Gaitán me dan ganas de echarle plomo a los chusmeros. Vainas de la política, ¿no?, ala.
miércoles, 9 de abril de 2008
Gaitán, el hombre pueblo
El 9 de abril de 1948 Colombia perdió la esperanza y la violencia obtuvo el derecho para sufragar por la muerte.
La memoria de los liberales colombianos guarda el olor de la historia incinerada. Ni el tiempo ni el olvido lograron enterrar esas cenizas rotas por el castigo del crimen.
La frustración persigue a cada bogotano del siglo XX. A los abuelos le mataron al general Rafael Uribe Uribe, a sus hijos al doctor Gaitán y a sus nietos a Luis Carlos Galán.
Ese es el resumen de una herencia sometida por la autocracia de los intereses políticos. La verdad fue vendida al postor nefasto del embuste.
Y el caudillo de la gente se levantó del tumulto para exigir la restauración moral de Colombia. El asombro de sus ecos varoniles se quedó empeñado en la compraventa de las utopías.
La “Oración por la paz” de Gaitán (7 de febrero de 1948) fraguó un oscuro complot. Los dueños de la oligarquía no pudieron tolerar una súplica justa: “…Impedid, señor, la violencia. Queremos la defensa de la vida humana, que es lo menos que puede pedir un pueblo...”.
El mutismo de una muchedumbre, obediente a su líder, se convirtió en su sentencia de muerte. Desde entonces a Jorge Eliécer Gaitán Ayala se le asesina todos los días para que no haya un hombre-pueblo.
La muchedumbre acéfala se convirtió en un sosegado rebaño. Se arrea hacia el corral de las urnas para elegir a los lacayos del soborno.
La falacia es la gran protagonista del ‘bogotazo’. La secuencia de pasiones desatadas y embrutecidas por el sectarismo no quería vengar a nadie. Sólo maquinaba desencadenar el servilismo del caos.
Las masas manipuladas desahogaron su ira, fecunda en frustraciones, contra la Iglesia, las costumbres y el feudalismo colonial sabanero.
El resto de la crónica abrileña lo recogen las fotografías y el ocaso de una urbe huérfana, patria de poetas y héroes. Sin Gaitán, la conciencia colectiva de una etnia buena quedó a la deriva de los embelecos demagógicos.
La Bogotá del tranvía perdió su lugar en la sociedad de los principios. El libre desarrollo de la ideología liberal, sin tapujos ni convencionalismos, cayó en la apatía del interés electorero.
La frustración creció sobre la tumba del Negro. Las preguntas de los investigadores y de los testigos nunca tuvieron unas respuestas sin argucias.
¿Quién estaba detrás de Juan Roa Sierra? Ahí está la clave del homicidio artero. La Justicia fue sobornada con centenares de folios inútiles que sepultaron el derecho universal de la verdad para acusar.
El manoseo de los expedientes marcó el derrotero que asombra y tergiversa el atentado. Alevosía mitificada por la mentira.
Los ríos de tinta ahogaron el testimonio vital. Anegaron los senderos que llevarían a descubrir la pista de los cofrades de levita, los amos del sicario.
La memoria de los liberales colombianos guarda el olor de la historia incinerada. Ni el tiempo ni el olvido lograron enterrar esas cenizas rotas por el castigo del crimen.
La frustración persigue a cada bogotano del siglo XX. A los abuelos le mataron al general Rafael Uribe Uribe, a sus hijos al doctor Gaitán y a sus nietos a Luis Carlos Galán.
Ese es el resumen de una herencia sometida por la autocracia de los intereses políticos. La verdad fue vendida al postor nefasto del embuste.
Y el caudillo de la gente se levantó del tumulto para exigir la restauración moral de Colombia. El asombro de sus ecos varoniles se quedó empeñado en la compraventa de las utopías.
La “Oración por la paz” de Gaitán (7 de febrero de 1948) fraguó un oscuro complot. Los dueños de la oligarquía no pudieron tolerar una súplica justa: “…Impedid, señor, la violencia. Queremos la defensa de la vida humana, que es lo menos que puede pedir un pueblo...”.
El mutismo de una muchedumbre, obediente a su líder, se convirtió en su sentencia de muerte. Desde entonces a Jorge Eliécer Gaitán Ayala se le asesina todos los días para que no haya un hombre-pueblo.
La muchedumbre acéfala se convirtió en un sosegado rebaño. Se arrea hacia el corral de las urnas para elegir a los lacayos del soborno.
La falacia es la gran protagonista del ‘bogotazo’. La secuencia de pasiones desatadas y embrutecidas por el sectarismo no quería vengar a nadie. Sólo maquinaba desencadenar el servilismo del caos.
Las masas manipuladas desahogaron su ira, fecunda en frustraciones, contra la Iglesia, las costumbres y el feudalismo colonial sabanero.
El resto de la crónica abrileña lo recogen las fotografías y el ocaso de una urbe huérfana, patria de poetas y héroes. Sin Gaitán, la conciencia colectiva de una etnia buena quedó a la deriva de los embelecos demagógicos.
La Bogotá del tranvía perdió su lugar en la sociedad de los principios. El libre desarrollo de la ideología liberal, sin tapujos ni convencionalismos, cayó en la apatía del interés electorero.
La frustración creció sobre la tumba del Negro. Las preguntas de los investigadores y de los testigos nunca tuvieron unas respuestas sin argucias.
¿Quién estaba detrás de Juan Roa Sierra? Ahí está la clave del homicidio artero. La Justicia fue sobornada con centenares de folios inútiles que sepultaron el derecho universal de la verdad para acusar.
El manoseo de los expedientes marcó el derrotero que asombra y tergiversa el atentado. Alevosía mitificada por la mentira.
Los ríos de tinta ahogaron el testimonio vital. Anegaron los senderos que llevarían a descubrir la pista de los cofrades de levita, los amos del sicario.
sábado, 29 de marzo de 2008
Eurodescendiente
El Virreinato de la Nueva Granada debe recuperar el orden jerárquico en la escala social. Los blasones y la heráldica serán la nueva Constitución Nacional porque la genética está de moda.
Los hijos de los tatarabuelos europeos son americanos o granadinos (Europeai filius in America natus). Entonces, los portadores de sangre celtíbera se declaran eurodescendientes y punto.
Los cuatro apellidos del bautismo pueden demostrar el peso de sus títulos, nobles y españoles. Rango superior que se extiende por derecho de sangre a todos mis amigos. (Gente divinamente, con prosapia, hidalguía y abolengos).
La burguesía ilustrada de Teusaquillo no soporta más que el negro sea sinónimo de cultura. Además, la negritud criolla, la política del desplazamiento, las ventoleras levantiscas y los alborotos de las muchedumbres pecuecudas tienen como mascota un personaje oscuro denominado “afrodescendiente”.
La eurodescendencia, de rancia nobleza, se remonta a la Edad Media. Motivo por el cual decide, en un gesto de benevolencia con los hijos del adulterio y del concubinato, que se restablezcan los cruces o parentelas para saber de qué clase de etnia se habla en los bochinches pluriculturales del Congreso Nacional.
Los amantes del esnobismo agregarán el elemento adecuado para conocer el tipo de enlace genético que gestó a Farsolandia. Castas y descastados.
-Indígenas. Aborígenes naturales del país. (¿Indiodescendiente?).
-Negros o etíopes. Hijos del África sin mezcla. (Sin afro).
-Mestizos o indianos. Hombre blanco con india o el perverso viceversa, indio con blanca.
-Mulatos o pardos. Blanco y negra, puro Holstein.
-Zambos o zambaigos. Indio y negra. (Raza infame. Así la llamaron los antiguos).
-Tercerones. Hijos de blanco y mulata.
-Cuarterones. Blanco y mestiza. (Un cuarto de indio y tres de español).
-Quinterones. Blanco y cuarterona.
-Cayotes. Mestizo y cuarterón.
-Puchelas. Blanco y cuarterona.
-Carbujos. Mulato y zamba.
-Grifos. Mulato y negra.
-Zambos prietos. Zambo y negra.
-Albinos. Descendientes de negros que nacían blancos. (Blanco sucio, decían los patriarcas españoles).
-Tente en el aire. Tercerón y mulata. Tercerón y mestiza. Tercerón y cuarterona.
-Salto atrás. Hijos de cuarterón y negra.
En síntesis, los señores afrocolombianos actualizarán la etno-semántica porque la gentecita de color cubría un amplía gama a saber: Negros, zambos, zambaigos prietos, grifos, carbujos, mulatos, tercerones y sus cruzamientos de fornicarios.
¿Será que la senadora de la cabeza amarrada es una carbujodescendiente? ¿Es una zamba que le aprieta el grifo al mulato bobolivariano?
¿Los eurodescendientes tendrán ONGs que patrocinen foros sobre armorial? ¿Elegirán senadores, gobernadores, alcaldes y ediles por gritar que son la elitista minoría?
¿Les asignarán escoltas, viáticos y a un jefe de lagartos para salir a diario en la televisora? ¿Lo menos serán más si dicen que los negros son racistas?
Ahora, y sin llamar a doña “Emma Madera de Gallo”, los eurodescendientes invitarán a los afrocolombianos para que no jodan más con su complejo de inferioridad alternativo. Si nacieron en Colombia no piensen en corretear guepardos, criar cocodrilos y ordeñar los ñues de las llanuras del Serengueti.
¿Acaso, les gustaría escuchar en Burkina Faso el vozarrón del Bajo Baudó: “Oye, familia. Mi pana. Te habla el negro melado, puro sabor”?
Mejor piensen en crear otra Liberia, un país africano levantado por negros libertos patrocinados por la Sociedad Americana de Colonización, 1816. (Made in USA).
Afrodescendientes, les quiero oír una defensa de la Patria sin farsitas cutáneas ni morochas. Quiero leer sobre sus verdades porque me fatigué de escribir con tinta negra sobre espacios blancos.
Los hijos de los tatarabuelos europeos son americanos o granadinos (Europeai filius in America natus). Entonces, los portadores de sangre celtíbera se declaran eurodescendientes y punto.
Los cuatro apellidos del bautismo pueden demostrar el peso de sus títulos, nobles y españoles. Rango superior que se extiende por derecho de sangre a todos mis amigos. (Gente divinamente, con prosapia, hidalguía y abolengos).
La burguesía ilustrada de Teusaquillo no soporta más que el negro sea sinónimo de cultura. Además, la negritud criolla, la política del desplazamiento, las ventoleras levantiscas y los alborotos de las muchedumbres pecuecudas tienen como mascota un personaje oscuro denominado “afrodescendiente”.
La eurodescendencia, de rancia nobleza, se remonta a la Edad Media. Motivo por el cual decide, en un gesto de benevolencia con los hijos del adulterio y del concubinato, que se restablezcan los cruces o parentelas para saber de qué clase de etnia se habla en los bochinches pluriculturales del Congreso Nacional.
Los amantes del esnobismo agregarán el elemento adecuado para conocer el tipo de enlace genético que gestó a Farsolandia. Castas y descastados.
-Indígenas. Aborígenes naturales del país. (¿Indiodescendiente?).
-Negros o etíopes. Hijos del África sin mezcla. (Sin afro).
-Mestizos o indianos. Hombre blanco con india o el perverso viceversa, indio con blanca.
-Mulatos o pardos. Blanco y negra, puro Holstein.
-Zambos o zambaigos. Indio y negra. (Raza infame. Así la llamaron los antiguos).
-Tercerones. Hijos de blanco y mulata.
-Cuarterones. Blanco y mestiza. (Un cuarto de indio y tres de español).
-Quinterones. Blanco y cuarterona.
-Cayotes. Mestizo y cuarterón.
-Puchelas. Blanco y cuarterona.
-Carbujos. Mulato y zamba.
-Grifos. Mulato y negra.
-Zambos prietos. Zambo y negra.
-Albinos. Descendientes de negros que nacían blancos. (Blanco sucio, decían los patriarcas españoles).
-Tente en el aire. Tercerón y mulata. Tercerón y mestiza. Tercerón y cuarterona.
-Salto atrás. Hijos de cuarterón y negra.
En síntesis, los señores afrocolombianos actualizarán la etno-semántica porque la gentecita de color cubría un amplía gama a saber: Negros, zambos, zambaigos prietos, grifos, carbujos, mulatos, tercerones y sus cruzamientos de fornicarios.
¿Será que la senadora de la cabeza amarrada es una carbujodescendiente? ¿Es una zamba que le aprieta el grifo al mulato bobolivariano?
¿Los eurodescendientes tendrán ONGs que patrocinen foros sobre armorial? ¿Elegirán senadores, gobernadores, alcaldes y ediles por gritar que son la elitista minoría?
¿Les asignarán escoltas, viáticos y a un jefe de lagartos para salir a diario en la televisora? ¿Lo menos serán más si dicen que los negros son racistas?
Ahora, y sin llamar a doña “Emma Madera de Gallo”, los eurodescendientes invitarán a los afrocolombianos para que no jodan más con su complejo de inferioridad alternativo. Si nacieron en Colombia no piensen en corretear guepardos, criar cocodrilos y ordeñar los ñues de las llanuras del Serengueti.
¿Acaso, les gustaría escuchar en Burkina Faso el vozarrón del Bajo Baudó: “Oye, familia. Mi pana. Te habla el negro melado, puro sabor”?
Mejor piensen en crear otra Liberia, un país africano levantado por negros libertos patrocinados por la Sociedad Americana de Colonización, 1816. (Made in USA).
Afrodescendientes, les quiero oír una defensa de la Patria sin farsitas cutáneas ni morochas. Quiero leer sobre sus verdades porque me fatigué de escribir con tinta negra sobre espacios blancos.
miércoles, 26 de marzo de 2008
"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen"
La Semana Mayor fue atosigada por el Festival Iberoamericano de Teatro, las piscinas y las romerías paganas. La juerga fue una invitación para la herejía.
Los buenos practicantes, con algunas excepciones, se dejaron llevar por el mecanismo ritual y no por la palabra del Verbo. Las matronas y las solteronas hicieron de los templos su feudo donde la consigna era figurar, mangonear y juzgar.
El vicio de cumplir con la tradición sin examinar la conciencia contaminó los comportamientos comunales. El Domingo de Ramos dos auxiliares de Policía descalzos se rascaban el calcañal con placer de equinos viejos. La fiesta no los tocaba. El respeto por el acontecimiento, que cambió la historia de la humanidad, se perdió entre la chabacanería uniformada.
El embeleco de la repentización, propio de las agrupaciones geriátricas parroquiales, se sumó a la informalidad con frases escritas para el asombro: “El vía crucis sabrosito”.
La pasión por mostrar el traje dominguero desencadenó el desfile. La respectiva vuelta a la manzana resumió el espectáculo: folclórico, devoto, caótico, místico, bochinchero y fatigante.
Las persianas y cortinas se movían con timidez. Detrás de cada visillo alguien se burlaba o se santiguaba con temor de converso. La mayoría abrió la boca, miró a la caminata multicolor y escuchó sus cantos destemplados.
En la calle, los transeúntes sorprendidos, se acordaron de colarse al final de la procesión. El tumulto lo componía un centenar de personas. La parroquia, según el censo, dispone de 1.800 almas devotísimas.
La explicación a la deserción masiva es un conjunto de circunstancias jerárquicas, teológicas y mercantiles. La feligresía sólo pide el milagro económico o de salud. (Dios no es una EPS ni un filántropo millonario).
Mientras tanto se giró en la primera esquina. La ministra de la Eucaristía, que escolta la cruz, decide cambiar de ruta porque la calle 63B tiene huecos y basuras.
Un berrido de arriero antiguo emerge vigoroso de la multitud y la somete a la trocha asignada. El chirrido del megáfono y el coro, que cantaba dos himnos distintos a la vez, cierran el episodio del resabio.
La siguiente vuelta corresponde a la ilustre carrera 17. La ministra novata emprende un alegato contra el tráfico urbano y las busetas porque no le acataron su orden.
El alférez de la Policía, encargado de escoltar al simulacro de gentío, intentaba razonar para que la porfiada comprendiera y ocupara un solo carril. El portaestandarte deseaba crucificar a la ladrona del sentido común. El carrusel se repitió bajo techo durante los días siguientes.
El lunes, el martes y el miércoles se vivieron los respectivos vía crucis. El oficio quedó en manos de las laicas que rivalizaron en molestar los históricos caminos de la ciudad deicida. El padre, apoltronado en el presbiterio, esperaba almas para confesar.
Las coordinadoras del evento se encargaron de regañar, manipular, carraspear, empujar, desorganizar, interrumpir, señalar, pujar, gesticular e incumplir con la severidad de los gamonales. Barrieron con lo estipulado en las normas de la caridad. El voceo vociferante fue la pauta para iniciar o corregir el acto. (En la parroquia no tienen pastor, pero sí los guía un arriero).
El programa fue modificado a la guachapanda. Encima de lo estipulado se escribió con máquina los nombres de las comunidades encargadas de tiranizar. A leguas se veía la presión de la alharaca. La dictadura de las solteronas incluyó el antojo del matriarcado. Adulan y traicionan según las circunstancias de la comedia.
La atrocidad, que no aprobó el inútil Consejo, quedó pegada en la puerta. Lo importante era sobresalir y pisotear la humilde tarea. Las jefas mostraron el dominio de la soberbia sobre la sensatez.
El Jueves Santo. Las eminentísimas leyeron las lecturas correspondientes a la Misa Crismal durante la Misa Vespertina de la Cena del Señor. El desliz se complementó con el altercado entre el cura y el obtuso turiferario. Se raparon, en el altar, el cáliz. Los “apóstoles” reclutados, para el lavatorio de los pies, se quedaron en la mitad del corredor y estorbaron el paso del Santísimo.
El Viernes Santo. El vía crucis, organizado por el Consejo de una manera coherente, cambió de rumbo. Entró en el campo de la debacle con un paseo por las fronteras parroquiales.
En ese andar hubo dos cosas dignas de mención. La primera: la ministra lambona, en su afán de satisfacer su ego, llegó tarde y se instaló con el cirial detrás del clérigo.
El portaestandarte le llamó la atención. Por poco su retahíla no se calla. Ante la orden precisa de ocupar un lugar en el espacio y no en el capricho se despachó con reclamos iracundos. La conmoción, los reproches, los chismorreos arteros y los insultos por la espalda duraron el fin de semana. Soltaron a Barrabás.
El incidente sirvió para gestar un diálogo donde la falsedad de Caifás se quedó estupefacta. Dos marimandonas avergonzaron a Maquiavelo, César Borgia y al cardenal Richelieu. Pobre trío de aprendices. Ellos no conocieron lo que se fragua en una sacristía de Muequetá.
Qué gran actuación. Las lenguas viperinas despotricaron de su amiga, la ministra problema, con una delicadeza de escápelo. La diatriba fue soberbia e impecable. El uso del lenguaje descuartizó la honra con la más fina galantería. El sonido paciente de sus voces mojigatas, al estilo de los Médicis, resultó sublime. Realmente estuvieron magníficas.
Segunda: La procesión. El despelote, causado por romper con lo planeado, atrajo a una señora de trusa rosada y cola de caballo. La fémina se dedicó a pasear con su hijo montado en un artefacto de pedal. El pequeño entorpecía la marcha. Su madrecita mostraba las bondades del gimnasio en sus voluptuosas formas. La deportista hizo todo lo posible para embrujar a los caballeros con su lujuria desatada.
El vergajito seguía, cual nigua africana, mortificando la piel de los cirineos. La gimnasta permanecía indiferente ante el fastidioso incidente. No habría sido cristiano ensartar, como trucha de río, al sinapismo, pero sí era válido recordar un pasaje evangélico donde los apóstoles claman por una lluvia de fuego.
Unas cuadras más adelante, una camioneta ingresó veloz por la carrera 19 y aceleró contra la muchedumbre, devota y sudorosa. No obedeció a las señales de la Policía para desviarse. El conductor suplicaba pasar porque llevaba a un abuelo con síntomas de infarto. El vehículo estuvo a un pelo de convertir al infante en una destripada masa sanguinolenta.
La tragedia se evitó por una acción divina. La inercia habría sido suficiente para aplastarlo, pero la nave se mantuvo quieta hasta que la progenitora, motivada por los gritos, acudió a quitar de la llanta delantera derecha a su hijo y a la rueda del triciclo. El crucificado contempló la escena.
El susto le despertó el instinto materno. La vanidosa descubrió que el urbanismo inventó los andenes para proteger a los peatones.
El Sábado Santo. La ceremonia del fuego no empezó a tiempo porque el sacristán no encendió la fogata, tarea por la cual recibe un salario. Situación normal en un casa cural donde la esposa del misario madrea al sacerdote cada vez que discuten por el uso de una lavadora.
Son seis años consecutivos de lo mismo. Irreverencia, desacralización, improvisación, desorden, autoritarismo, marrullería, mediocridad, sectarismo y mundanal doblez.
La queja se extendió por arciprestazgos y diócesis. La respuesta fue cruel: “Mijito, en todas las parroquias es lo mismo, hay círculos cerrados”.
Si los obispos de Aparecida vivieran la realidad de sus rebaños desperdigados por la fe comercial dejarían de gastar millonadas en conferencias inútiles.
Para qué sirven conclusiones como: “Discípulos y misioneros de Cristo”. Esa idea lleva 2.000 años funcionando sin tregua.
Las preguntas, que no resolvió el concilio, son: ¿Dónde está el remedio contra el terrible flagelo de la beatería? ¿Por qué la tozudez de un arzobispo es el calvario de una comunidad?
¿Por qué los fieles, que no aman ni comprenden a su párroco, deben vivir bajo la guerra entre autoridad moral (presbítero) y poder económico (los diezmeros)?
Es más práctico eliminar la conducta gazmoña que predicar sobre la tolerancia. Ante la necedad del Monseñor no hay Evangelio, sólo sermón.
La Iglesia Católica se consume por causa de la beatería. Este pecado chantajea a los Diez Mandamientos con las malévolas sonrisas de unas santurronas de barriada.
Al final quedó la fatiga del combate. Se cumplió con llevar el madero, pero no se avanzó en el mandato del amor. El absolutismo del berrinche, enquistado en la estupidez, sólo causa humana repulsión.
La Conferencia Episcopal Colombiana debería usar las sandalias del pescador para caminar por las razones y causas del rebaño que fragua conspiraciones y semillas de secta.
El Evangelio, vertido en un apostolado de servicio, no puede ser el lejano mandato de unos conferencistas vestidos con el manto púrpura.
“¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”
“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”
La Semana Mayor fue atosigada por el Festival Iberoamericano de Teatro, las piscinas y las romerías paganas. La juerga fue una invitación para la herejía.
Los buenos practicantes, con algunas excepciones, se dejaron llevar por el mecanismo ritual y no por la palabra del Verbo. Las matronas y las solteronas hicieron de los templos su feudo donde la consigna era figurar, mangonear y juzgar.
El vicio de cumplir con la tradición sin examinar la conciencia contaminó los comportamientos comunales. El Domingo de Ramos dos auxiliares de Policía descalzos se rascaban el calcañal con placer de equinos viejos. La fiesta no los tocaba. El respeto por el acontecimiento, que cambió la historia de la humanidad, se perdió entre la chabacanería uniformada.
El embeleco de la repentización, propio de las agrupaciones geriátricas parroquiales, se sumó a la informalidad con frases escritas para el asombro: “El vía crucis sabrosito”.
La pasión por mostrar el traje dominguero desencadenó el desfile. La respectiva vuelta a la manzana resumió el espectáculo: folclórico, devoto, caótico, místico, bochinchero y fatigante.
Las persianas y cortinas se movían con timidez. Detrás de cada visillo alguien se burlaba o se santiguaba con temor de converso. La mayoría abrió la boca, miró a la caminata multicolor y escuchó sus cantos destemplados.
En la calle, los transeúntes sorprendidos, se acordaron de colarse al final de la procesión. El tumulto lo componía un centenar de personas. La parroquia, según el censo, dispone de 1.800 almas devotísimas.
La explicación a la deserción masiva es un conjunto de circunstancias jerárquicas, teológicas y mercantiles. La feligresía sólo pide el milagro económico o de salud. (Dios no es una EPS ni un filántropo millonario).
Mientras tanto se giró en la primera esquina. La ministra de la Eucaristía, que escolta la cruz, decide cambiar de ruta porque la calle 63B tiene huecos y basuras.
Un berrido de arriero antiguo emerge vigoroso de la multitud y la somete a la trocha asignada. El chirrido del megáfono y el coro, que cantaba dos himnos distintos a la vez, cierran el episodio del resabio.
La siguiente vuelta corresponde a la ilustre carrera 17. La ministra novata emprende un alegato contra el tráfico urbano y las busetas porque no le acataron su orden.
El alférez de la Policía, encargado de escoltar al simulacro de gentío, intentaba razonar para que la porfiada comprendiera y ocupara un solo carril. El portaestandarte deseaba crucificar a la ladrona del sentido común. El carrusel se repitió bajo techo durante los días siguientes.
El lunes, el martes y el miércoles se vivieron los respectivos vía crucis. El oficio quedó en manos de las laicas que rivalizaron en molestar los históricos caminos de la ciudad deicida. El padre, apoltronado en el presbiterio, esperaba almas para confesar.
Las coordinadoras del evento se encargaron de regañar, manipular, carraspear, empujar, desorganizar, interrumpir, señalar, pujar, gesticular e incumplir con la severidad de los gamonales. Barrieron con lo estipulado en las normas de la caridad. El voceo vociferante fue la pauta para iniciar o corregir el acto. (En la parroquia no tienen pastor, pero sí los guía un arriero).
El programa fue modificado a la guachapanda. Encima de lo estipulado se escribió con máquina los nombres de las comunidades encargadas de tiranizar. A leguas se veía la presión de la alharaca. La dictadura de las solteronas incluyó el antojo del matriarcado. Adulan y traicionan según las circunstancias de la comedia.
La atrocidad, que no aprobó el inútil Consejo, quedó pegada en la puerta. Lo importante era sobresalir y pisotear la humilde tarea. Las jefas mostraron el dominio de la soberbia sobre la sensatez.
El Jueves Santo. Las eminentísimas leyeron las lecturas correspondientes a la Misa Crismal durante la Misa Vespertina de la Cena del Señor. El desliz se complementó con el altercado entre el cura y el obtuso turiferario. Se raparon, en el altar, el cáliz. Los “apóstoles” reclutados, para el lavatorio de los pies, se quedaron en la mitad del corredor y estorbaron el paso del Santísimo.
El Viernes Santo. El vía crucis, organizado por el Consejo de una manera coherente, cambió de rumbo. Entró en el campo de la debacle con un paseo por las fronteras parroquiales.
En ese andar hubo dos cosas dignas de mención. La primera: la ministra lambona, en su afán de satisfacer su ego, llegó tarde y se instaló con el cirial detrás del clérigo.
El portaestandarte le llamó la atención. Por poco su retahíla no se calla. Ante la orden precisa de ocupar un lugar en el espacio y no en el capricho se despachó con reclamos iracundos. La conmoción, los reproches, los chismorreos arteros y los insultos por la espalda duraron el fin de semana. Soltaron a Barrabás.
El incidente sirvió para gestar un diálogo donde la falsedad de Caifás se quedó estupefacta. Dos marimandonas avergonzaron a Maquiavelo, César Borgia y al cardenal Richelieu. Pobre trío de aprendices. Ellos no conocieron lo que se fragua en una sacristía de Muequetá.
Qué gran actuación. Las lenguas viperinas despotricaron de su amiga, la ministra problema, con una delicadeza de escápelo. La diatriba fue soberbia e impecable. El uso del lenguaje descuartizó la honra con la más fina galantería. El sonido paciente de sus voces mojigatas, al estilo de los Médicis, resultó sublime. Realmente estuvieron magníficas.
Segunda: La procesión. El despelote, causado por romper con lo planeado, atrajo a una señora de trusa rosada y cola de caballo. La fémina se dedicó a pasear con su hijo montado en un artefacto de pedal. El pequeño entorpecía la marcha. Su madrecita mostraba las bondades del gimnasio en sus voluptuosas formas. La deportista hizo todo lo posible para embrujar a los caballeros con su lujuria desatada.
El vergajito seguía, cual nigua africana, mortificando la piel de los cirineos. La gimnasta permanecía indiferente ante el fastidioso incidente. No habría sido cristiano ensartar, como trucha de río, al sinapismo, pero sí era válido recordar un pasaje evangélico donde los apóstoles claman por una lluvia de fuego.
Unas cuadras más adelante, una camioneta ingresó veloz por la carrera 19 y aceleró contra la muchedumbre, devota y sudorosa. No obedeció a las señales de la Policía para desviarse. El conductor suplicaba pasar porque llevaba a un abuelo con síntomas de infarto. El vehículo estuvo a un pelo de convertir al infante en una destripada masa sanguinolenta.
La tragedia se evitó por una acción divina. La inercia habría sido suficiente para aplastarlo, pero la nave se mantuvo quieta hasta que la progenitora, motivada por los gritos, acudió a quitar de la llanta delantera derecha a su hijo y a la rueda del triciclo. El crucificado contempló la escena.
El susto le despertó el instinto materno. La vanidosa descubrió que el urbanismo inventó los andenes para proteger a los peatones.
El Sábado Santo. La ceremonia del fuego no empezó a tiempo porque el sacristán no encendió la fogata, tarea por la cual recibe un salario. Situación normal en un casa cural donde la esposa del misario madrea al sacerdote cada vez que discuten por el uso de una lavadora.
Son seis años consecutivos de lo mismo. Irreverencia, desacralización, improvisación, desorden, autoritarismo, marrullería, mediocridad, sectarismo y mundanal doblez.
La queja se extendió por arciprestazgos y diócesis. La respuesta fue cruel: “Mijito, en todas las parroquias es lo mismo, hay círculos cerrados”.
Si los obispos de Aparecida vivieran la realidad de sus rebaños desperdigados por la fe comercial dejarían de gastar millonadas en conferencias inútiles.
Para qué sirven conclusiones como: “Discípulos y misioneros de Cristo”. Esa idea lleva 2.000 años funcionando sin tregua.
Las preguntas, que no resolvió el concilio, son: ¿Dónde está el remedio contra el terrible flagelo de la beatería? ¿Por qué la tozudez de un arzobispo es el calvario de una comunidad?
¿Por qué los fieles, que no aman ni comprenden a su párroco, deben vivir bajo la guerra entre autoridad moral (presbítero) y poder económico (los diezmeros)?
Es más práctico eliminar la conducta gazmoña que predicar sobre la tolerancia. Ante la necedad del Monseñor no hay Evangelio, sólo sermón.
La Iglesia Católica se consume por causa de la beatería. Este pecado chantajea a los Diez Mandamientos con las malévolas sonrisas de unas santurronas de barriada.
Al final quedó la fatiga del combate. Se cumplió con llevar el madero, pero no se avanzó en el mandato del amor. El absolutismo del berrinche, enquistado en la estupidez, sólo causa humana repulsión.
La Conferencia Episcopal Colombiana debería usar las sandalias del pescador para caminar por las razones y causas del rebaño que fragua conspiraciones y semillas de secta.
El Evangelio, vertido en un apostolado de servicio, no puede ser el lejano mandato de unos conferencistas vestidos con el manto púrpura.
“¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”
Los buenos practicantes, con algunas excepciones, se dejaron llevar por el mecanismo ritual y no por la palabra del Verbo. Las matronas y las solteronas hicieron de los templos su feudo donde la consigna era figurar, mangonear y juzgar.
El vicio de cumplir con la tradición sin examinar la conciencia contaminó los comportamientos comunales. El Domingo de Ramos dos auxiliares de Policía descalzos se rascaban el calcañal con placer de equinos viejos. La fiesta no los tocaba. El respeto por el acontecimiento, que cambió la historia de la humanidad, se perdió entre la chabacanería uniformada.
El embeleco de la repentización, propio de las agrupaciones geriátricas parroquiales, se sumó a la informalidad con frases escritas para el asombro: “El vía crucis sabrosito”.
La pasión por mostrar el traje dominguero desencadenó el desfile. La respectiva vuelta a la manzana resumió el espectáculo: folclórico, devoto, caótico, místico, bochinchero y fatigante.
Las persianas y cortinas se movían con timidez. Detrás de cada visillo alguien se burlaba o se santiguaba con temor de converso. La mayoría abrió la boca, miró a la caminata multicolor y escuchó sus cantos destemplados.
En la calle, los transeúntes sorprendidos, se acordaron de colarse al final de la procesión. El tumulto lo componía un centenar de personas. La parroquia, según el censo, dispone de 1.800 almas devotísimas.
La explicación a la deserción masiva es un conjunto de circunstancias jerárquicas, teológicas y mercantiles. La feligresía sólo pide el milagro económico o de salud. (Dios no es una EPS ni un filántropo millonario).
Mientras tanto se giró en la primera esquina. La ministra de la Eucaristía, que escolta la cruz, decide cambiar de ruta porque la calle 63B tiene huecos y basuras.
Un berrido de arriero antiguo emerge vigoroso de la multitud y la somete a la trocha asignada. El chirrido del megáfono y el coro, que cantaba dos himnos distintos a la vez, cierran el episodio del resabio.
La siguiente vuelta corresponde a la ilustre carrera 17. La ministra novata emprende un alegato contra el tráfico urbano y las busetas porque no le acataron su orden.
El alférez de la Policía, encargado de escoltar al simulacro de gentío, intentaba razonar para que la porfiada comprendiera y ocupara un solo carril. El portaestandarte deseaba crucificar a la ladrona del sentido común. El carrusel se repitió bajo techo durante los días siguientes.
El lunes, el martes y el miércoles se vivieron los respectivos vía crucis. El oficio quedó en manos de las laicas que rivalizaron en molestar los históricos caminos de la ciudad deicida. El padre, apoltronado en el presbiterio, esperaba almas para confesar.
Las coordinadoras del evento se encargaron de regañar, manipular, carraspear, empujar, desorganizar, interrumpir, señalar, pujar, gesticular e incumplir con la severidad de los gamonales. Barrieron con lo estipulado en las normas de la caridad. El voceo vociferante fue la pauta para iniciar o corregir el acto. (En la parroquia no tienen pastor, pero sí los guía un arriero).
El programa fue modificado a la guachapanda. Encima de lo estipulado se escribió con máquina los nombres de las comunidades encargadas de tiranizar. A leguas se veía la presión de la alharaca. La dictadura de las solteronas incluyó el antojo del matriarcado. Adulan y traicionan según las circunstancias de la comedia.
La atrocidad, que no aprobó el inútil Consejo, quedó pegada en la puerta. Lo importante era sobresalir y pisotear la humilde tarea. Las jefas mostraron el dominio de la soberbia sobre la sensatez.
El Jueves Santo. Las eminentísimas leyeron las lecturas correspondientes a la Misa Crismal durante la Misa Vespertina de la Cena del Señor. El desliz se complementó con el altercado entre el cura y el obtuso turiferario. Se raparon, en el altar, el cáliz. Los “apóstoles” reclutados, para el lavatorio de los pies, se quedaron en la mitad del corredor y estorbaron el paso del Santísimo.
El Viernes Santo. El vía crucis, organizado por el Consejo de una manera coherente, cambió de rumbo. Entró en el campo de la debacle con un paseo por las fronteras parroquiales.
En ese andar hubo dos cosas dignas de mención. La primera: la ministra lambona, en su afán de satisfacer su ego, llegó tarde y se instaló con el cirial detrás del clérigo.
El portaestandarte le llamó la atención. Por poco su retahíla no se calla. Ante la orden precisa de ocupar un lugar en el espacio y no en el capricho se despachó con reclamos iracundos. La conmoción, los reproches, los chismorreos arteros y los insultos por la espalda duraron el fin de semana. Soltaron a Barrabás.
El incidente sirvió para gestar un diálogo donde la falsedad de Caifás se quedó estupefacta. Dos marimandonas avergonzaron a Maquiavelo, César Borgia y al cardenal Richelieu. Pobre trío de aprendices. Ellos no conocieron lo que se fragua en una sacristía de Muequetá.
Qué gran actuación. Las lenguas viperinas despotricaron de su amiga, la ministra problema, con una delicadeza de escápelo. La diatriba fue soberbia e impecable. El uso del lenguaje descuartizó la honra con la más fina galantería. El sonido paciente de sus voces mojigatas, al estilo de los Médicis, resultó sublime. Realmente estuvieron magníficas.
Segunda: La procesión. El despelote, causado por romper con lo planeado, atrajo a una señora de trusa rosada y cola de caballo. La fémina se dedicó a pasear con su hijo montado en un artefacto de pedal. El pequeño entorpecía la marcha. Su madrecita mostraba las bondades del gimnasio en sus voluptuosas formas. La deportista hizo todo lo posible para embrujar a los caballeros con su lujuria desatada.
El vergajito seguía, cual nigua africana, mortificando la piel de los cirineos. La gimnasta permanecía indiferente ante el fastidioso incidente. No habría sido cristiano ensartar, como trucha de río, al sinapismo, pero sí era válido recordar un pasaje evangélico donde los apóstoles claman por una lluvia de fuego.
Unas cuadras más adelante, una camioneta ingresó veloz por la carrera 19 y aceleró contra la muchedumbre, devota y sudorosa. No obedeció a las señales de la Policía para desviarse. El conductor suplicaba pasar porque llevaba a un abuelo con síntomas de infarto. El vehículo estuvo a un pelo de convertir al infante en una destripada masa sanguinolenta.
La tragedia se evitó por una acción divina. La inercia habría sido suficiente para aplastarlo, pero la nave se mantuvo quieta hasta que la progenitora, motivada por los gritos, acudió a quitar de la llanta delantera derecha a su hijo y a la rueda del triciclo. El crucificado contempló la escena.
El susto le despertó el instinto materno. La vanidosa descubrió que el urbanismo inventó los andenes para proteger a los peatones.
El Sábado Santo. La ceremonia del fuego no empezó a tiempo porque el sacristán no encendió la fogata, tarea por la cual recibe un salario. Situación normal en un casa cural donde la esposa del misario madrea al sacerdote cada vez que discuten por el uso de una lavadora.
Son seis años consecutivos de lo mismo. Irreverencia, desacralización, improvisación, desorden, autoritarismo, marrullería, mediocridad, sectarismo y mundanal doblez.
La queja se extendió por arciprestazgos y diócesis. La respuesta fue cruel: “Mijito, en todas las parroquias es lo mismo, hay círculos cerrados”.
Si los obispos de Aparecida vivieran la realidad de sus rebaños desperdigados por la fe comercial dejarían de gastar millonadas en conferencias inútiles.
Para qué sirven conclusiones como: “Discípulos y misioneros de Cristo”. Esa idea lleva 2.000 años funcionando sin tregua.
Las preguntas, que no resolvió el concilio, son: ¿Dónde está el remedio contra el terrible flagelo de la beatería? ¿Por qué la tozudez de un arzobispo es el calvario de una comunidad?
¿Por qué los fieles, que no aman ni comprenden a su párroco, deben vivir bajo la guerra entre autoridad moral (presbítero) y poder económico (los diezmeros)?
Es más práctico eliminar la conducta gazmoña que predicar sobre la tolerancia. Ante la necedad del Monseñor no hay Evangelio, sólo sermón.
La Iglesia Católica se consume por causa de la beatería. Este pecado chantajea a los Diez Mandamientos con las malévolas sonrisas de unas santurronas de barriada.
Al final quedó la fatiga del combate. Se cumplió con llevar el madero, pero no se avanzó en el mandato del amor. El absolutismo del berrinche, enquistado en la estupidez, sólo causa humana repulsión.
La Conferencia Episcopal Colombiana debería usar las sandalias del pescador para caminar por las razones y causas del rebaño que fragua conspiraciones y semillas de secta.
El Evangelio, vertido en un apostolado de servicio, no puede ser el lejano mandato de unos conferencistas vestidos con el manto púrpura.
“¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”
“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”
La Semana Mayor fue atosigada por el Festival Iberoamericano de Teatro, las piscinas y las romerías paganas. La juerga fue una invitación para la herejía.
Los buenos practicantes, con algunas excepciones, se dejaron llevar por el mecanismo ritual y no por la palabra del Verbo. Las matronas y las solteronas hicieron de los templos su feudo donde la consigna era figurar, mangonear y juzgar.
El vicio de cumplir con la tradición sin examinar la conciencia contaminó los comportamientos comunales. El Domingo de Ramos dos auxiliares de Policía descalzos se rascaban el calcañal con placer de equinos viejos. La fiesta no los tocaba. El respeto por el acontecimiento, que cambió la historia de la humanidad, se perdió entre la chabacanería uniformada.
El embeleco de la repentización, propio de las agrupaciones geriátricas parroquiales, se sumó a la informalidad con frases escritas para el asombro: “El vía crucis sabrosito”.
La pasión por mostrar el traje dominguero desencadenó el desfile. La respectiva vuelta a la manzana resumió el espectáculo: folclórico, devoto, caótico, místico, bochinchero y fatigante.
Las persianas y cortinas se movían con timidez. Detrás de cada visillo alguien se burlaba o se santiguaba con temor de converso. La mayoría abrió la boca, miró a la caminata multicolor y escuchó sus cantos destemplados.
En la calle, los transeúntes sorprendidos, se acordaron de colarse al final de la procesión. El tumulto lo componía un centenar de personas. La parroquia, según el censo, dispone de 1.800 almas devotísimas.
La explicación a la deserción masiva es un conjunto de circunstancias jerárquicas, teológicas y mercantiles. La feligresía sólo pide el milagro económico o de salud. (Dios no es una EPS ni un filántropo millonario).
Mientras tanto se giró en la primera esquina. La ministra de la Eucaristía, que escolta la cruz, decide cambiar de ruta porque la calle 63B tiene huecos y basuras.
Un berrido de arriero antiguo emerge vigoroso de la multitud y la somete a la trocha asignada. El chirrido del megáfono y el coro, que cantaba dos himnos distintos a la vez, cierran el episodio del resabio.
La siguiente vuelta corresponde a la ilustre carrera 17. La ministra novata emprende un alegato contra el tráfico urbano y las busetas porque no le acataron su orden.
El alférez de la Policía, encargado de escoltar al simulacro de gentío, intentaba razonar para que la porfiada comprendiera y ocupara un solo carril. El portaestandarte deseaba crucificar a la ladrona del sentido común. El carrusel se repitió bajo techo durante los días siguientes.
El lunes, el martes y el miércoles se vivieron los respectivos vía crucis. El oficio quedó en manos de las laicas que rivalizaron en molestar los históricos caminos de la ciudad deicida. El padre, apoltronado en el presbiterio, esperaba almas para confesar.
Las coordinadoras del evento se encargaron de regañar, manipular, carraspear, empujar, desorganizar, interrumpir, señalar, pujar, gesticular e incumplir con la severidad de los gamonales. Barrieron con lo estipulado en las normas de la caridad. El voceo vociferante fue la pauta para iniciar o corregir el acto. (En la parroquia no tienen pastor, pero sí los guía un arriero).
El programa fue modificado a la guachapanda. Encima de lo estipulado se escribió con máquina los nombres de las comunidades encargadas de tiranizar. A leguas se veía la presión de la alharaca. La dictadura de las solteronas incluyó el antojo del matriarcado. Adulan y traicionan según las circunstancias de la comedia.
La atrocidad, que no aprobó el inútil Consejo, quedó pegada en la puerta. Lo importante era sobresalir y pisotear la humilde tarea. Las jefas mostraron el dominio de la soberbia sobre la sensatez.
El Jueves Santo. Las eminentísimas leyeron las lecturas correspondientes a la Misa Crismal durante la Misa Vespertina de la Cena del Señor. El desliz se complementó con el altercado entre el cura y el obtuso turiferario. Se raparon, en el altar, el cáliz. Los “apóstoles” reclutados, para el lavatorio de los pies, se quedaron en la mitad del corredor y estorbaron el paso del Santísimo.
El Viernes Santo. El vía crucis, organizado por el Consejo de una manera coherente, cambió de rumbo. Entró en el campo de la debacle con un paseo por las fronteras parroquiales.
En ese andar hubo dos cosas dignas de mención. La primera: la ministra lambona, en su afán de satisfacer su ego, llegó tarde y se instaló con el cirial detrás del clérigo.
El portaestandarte le llamó la atención. Por poco su retahíla no se calla. Ante la orden precisa de ocupar un lugar en el espacio y no en el capricho se despachó con reclamos iracundos. La conmoción, los reproches, los chismorreos arteros y los insultos por la espalda duraron el fin de semana. Soltaron a Barrabás.
El incidente sirvió para gestar un diálogo donde la falsedad de Caifás se quedó estupefacta. Dos marimandonas avergonzaron a Maquiavelo, César Borgia y al cardenal Richelieu. Pobre trío de aprendices. Ellos no conocieron lo que se fragua en una sacristía de Muequetá.
Qué gran actuación. Las lenguas viperinas despotricaron de su amiga, la ministra problema, con una delicadeza de escápelo. La diatriba fue soberbia e impecable. El uso del lenguaje descuartizó la honra con la más fina galantería. El sonido paciente de sus voces mojigatas, al estilo de los Médicis, resultó sublime. Realmente estuvieron magníficas.
Segunda: La procesión. El despelote, causado por romper con lo planeado, atrajo a una señora de trusa rosada y cola de caballo. La fémina se dedicó a pasear con su hijo montado en un artefacto de pedal. El pequeño entorpecía la marcha. Su madrecita mostraba las bondades del gimnasio en sus voluptuosas formas. La deportista hizo todo lo posible para embrujar a los caballeros con su lujuria desatada.
El vergajito seguía, cual nigua africana, mortificando la piel de los cirineos. La gimnasta permanecía indiferente ante el fastidioso incidente. No habría sido cristiano ensartar, como trucha de río, al sinapismo, pero sí era válido recordar un pasaje evangélico donde los apóstoles claman por una lluvia de fuego.
Unas cuadras más adelante, una camioneta ingresó veloz por la carrera 19 y aceleró contra la muchedumbre, devota y sudorosa. No obedeció a las señales de la Policía para desviarse. El conductor suplicaba pasar porque llevaba a un abuelo con síntomas de infarto. El vehículo estuvo a un pelo de convertir al infante en una destripada masa sanguinolenta.
La tragedia se evitó por una acción divina. La inercia habría sido suficiente para aplastarlo, pero la nave se mantuvo quieta hasta que la progenitora, motivada por los gritos, acudió a quitar de la llanta delantera derecha a su hijo y a la rueda del triciclo. El crucificado contempló la escena.
El susto le despertó el instinto materno. La vanidosa descubrió que el urbanismo inventó los andenes para proteger a los peatones.
El Sábado Santo. La ceremonia del fuego no empezó a tiempo porque el sacristán no encendió la fogata, tarea por la cual recibe un salario. Situación normal en un casa cural donde la esposa del misario madrea al sacerdote cada vez que discuten por el uso de una lavadora.
Son seis años consecutivos de lo mismo. Irreverencia, desacralización, improvisación, desorden, autoritarismo, marrullería, mediocridad, sectarismo y mundanal doblez.
La queja se extendió por arciprestazgos y diócesis. La respuesta fue cruel: “Mijito, en todas las parroquias es lo mismo, hay círculos cerrados”.
Si los obispos de Aparecida vivieran la realidad de sus rebaños desperdigados por la fe comercial dejarían de gastar millonadas en conferencias inútiles.
Para qué sirven conclusiones como: “Discípulos y misioneros de Cristo”. Esa idea lleva 2.000 años funcionando sin tregua.
Las preguntas, que no resolvió el concilio, son: ¿Dónde está el remedio contra el terrible flagelo de la beatería? ¿Por qué la tozudez de un arzobispo es el calvario de una comunidad?
¿Por qué los fieles, que no aman ni comprenden a su párroco, deben vivir bajo la guerra entre autoridad moral (presbítero) y poder económico (los diezmeros)?
Es más práctico eliminar la conducta gazmoña que predicar sobre la tolerancia. Ante la necedad del Monseñor no hay Evangelio, sólo sermón.
La Iglesia Católica se consume por causa de la beatería. Este pecado chantajea a los Diez Mandamientos con las malévolas sonrisas de unas santurronas de barriada.
Al final quedó la fatiga del combate. Se cumplió con llevar el madero, pero no se avanzó en el mandato del amor. El absolutismo del berrinche, enquistado en la estupidez, sólo causa humana repulsión.
La Conferencia Episcopal Colombiana debería usar las sandalias del pescador para caminar por las razones y causas del rebaño que fragua conspiraciones y semillas de secta.
El Evangelio, vertido en un apostolado de servicio, no puede ser el lejano mandato de unos conferencistas vestidos con el manto púrpura.
“¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”
jueves, 20 de marzo de 2008
"eso puay nos acomodamos"
Hay situaciones letales para la existencia del ser humano. Una de ellas es viajar por las trochas de Farsolandia. La pobre mujerzuela, con ínfulas de República, es un atentado contra la ergonomía. Todo lo que hace bien está mal. Esa es la norma que heredó de la pobre viejecita, la abuelita de Colombia.
La crónica empieza en una fría mañana de domingo en las dehesas zipaquireñas. El relato usa el sello inconfundible y registrado de la comedia nacional.
En los dominios del Zipa se instalaron dos peregrinos para ir a visitar a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.
La contrariedad, seguramente fruto de la santa Cruz, la cargan las víctimas de la libertad y el orden de un modo aberrante. En este lote la desgracia es lo único puntual.
La ruta Bogotá-Zipaquirá-Chiquinquirá la cambiaron. El nuevo trazado fue diseñado por el señor Soborno. El trayecto aumentó el recorrido en cinco kilómetros. El trecho es menos rentable para los empresarios porque pasa por el parque Jaime Duque y evita el casco urbano de Zipaquirá. En síntesis, el zipaquireño, de pata al suelo, se jodió. Ahora debe invertir más tiempo y dinero para tomar el mismo transporte. Si quiere viajar, financie la estupidez departamental.
Ante ese negro panorama, los viajeros se embarcaron en una buseta que los condujo hasta un paradero lejano, vía a la represa del Neusa. Allí hubo que aguardar con la simpleza de lo inevitable. No pasaban vehículos.
Después, de un largo y frío rato, apareció la Flota Reina. El conductor jugaba a imitar a don Juan Pablo Montoya: Choque o varada. No vio a los pasajeros y se detuvo 200 metros más adelante. Desde allí, el ayudante gritó: “Hay un puesto”.
Las preces se cambiaron por una gratificante madreada contra el delito de la idiotez congénita. ¿Por qué si hay dos personas se ofrece un asiento? La respuesta llegaría en forma de pesadilla.
El tedio, el afán, la necesidad y la desgracia se unieron. Un microbús tipo aerovans (nefasto engendro mecano-lingüístico) se detuvo. Había dos sillas para los romeros. Una junto al chófer y la otra atrás. La dama debió ser relegada a la parte posterior para evitar el contacto con un guache atarbán.
El hombre en un acto de malabarismo corporal y de estricta gimnasia griega logró acomodarse. Su humanidad dio muestras de flexibilidad simiesca. La radiola, con pasacintas, la barra de cambios, la consola, el espejo retrovisor, el conductor y otro pasajero quedaron empacados dentro de una máquina enferma. La inutilidad troglodita del altiplano la adaptó para el suplicio.
El tirano del volante aceleró con vocación suicida. La lengua, mordida por el labio, le brillaba. Las burbujas de saliva explotaban babosas. La carretera le pertenecía. Al llegar al peaje de Casablanca hizo el ademán de colocarse una correa atornillada al paral de la puerta. Esa trampa, en caso de volcarse, lo ahorcaría sin misericordia. El peregrino sonreía solamente de imaginarlo.
El cinturón de seguridad era una tira negra, simple correa fúnebre. Servía para enredar o desnucar en caso de accidente. La panza cervecera y la camisa grasienta le ocultaban una hebilla inoperable donde debía cerrar el cinturón de inseguridad.
El hijo de la mala raza doméstica, no contento con simular una medida de precaución, desconectó el aparato que informa al usuario sobre el límite de velocidad (80 kilómetros por hora). La bestia pensaba en mamarle gallo a los instrumentos usados por la Policía de Carreteras contra infractores de su ponzoñosa calaña.
El bruto demostró que la maña es superior a cualquier intento de progreso. El conductor confesó su culpa. El pisco podía acelerar porque sabía donde estaban emboscados los policías.
La Policía también conocía el resabio. No detenía a las flotas. Es más fácil extorsionar a los descuidados turistas en automóviles particulares. La tramoya corrupta fluye por las llagas delictivas de Farsolandia.
Pero aún faltaba la perla negra. El muisca se reía con marulla al contar sus andanzas de infractor veterano. La canallada se gestaba. El motivo de la sonrisita se supo en Ubaté.
El cobrador de la empresa “Expreso al Delito” se asomó por la ventanilla y preguntó con sorna: “El señor lleva pasaje”.
El aludido pensó: “¿Es una broma de mal humor?”. Quizás por eso no le escupió la cara.
- Sin embargo, le respondió: No, pero cuánto vale el tiquete.
- 12 mil pesitos, no más. (El diminutivo es sinónimo de infamia).
-Señor, discúlpeme. Abordé la flota en Zipaquirá y no en Bogotá. El precio es sustancialmente menor. Hay una hora menos de recorrido hasta Chiquinquirá.
-El maula rebuznó: “Pero, es que esa es la tarifa. 12 mil pesitos. No más”.
-Quítele el diminutivo.
- El ¿qué?
-Deje así porque la munición está muy cara…
El atraco es oficial. Las distancias campestres son iguales al metro de Condorito, de caucho. Se estiran o se encogen según lo exija el raterismo legalizado. Vale lo mismo recorrer 80 kilómetros que 130 cuando la diferencia beneficia al que transporta.
El atracado detuvo su lengua acerada en el arte arriero de madrear mulas. La saliva se habría perdido. La colombianada solapada se anotó un tanto más en su culo-cross hacia el barranco. La mentalidad miserable, denominada astucia, sirvió para incrementar el odio visceral por los farsitas, los hijos bastardos de la Farsocracia.
Dos pasajeros desalojaron sus puestos. El ofendido e inconforme pagó y pasó a disfrutar de una inservible banca mullida.
Antes de partir, un nefasto presentimiento rugió internamente.
Por entre la portezuela desvencijada un hombrecillo amarillento parecido a la maldición de Ho Chi Minh preguntó: ¿Hay puestos?
-El conductor dijo: Dos
-El sutano contestó: “Apenas, eso puay nos acomodamos”.
Al instante tres adultos y una niña esquelética se comprimieron en la posición de la claustrofobia. La famosa “banca de los músicos” los alojó contra todo pronóstico.
La Física, la Kinésica, la Proxémica fueron atropelladas vergonzosamente. Tras cinco minutos de resoplidos, empellones, quejidos, flatulencias, sudores, denuestos y resoplidos se injertaron en un puesto. La pareja de esposos y la pequeña ocuparon un mismo lugar en el espacio. El objetivo pagar un solo boleto.
El otro personaje, el amarillo fatigado, sentó plaza en el puesto de los contorsionistas. La resignación respiró con pesadumbre.
Unos minutos después se produjo la folclórica llamada de auxilio: ¡Una bolsa! Una bolsa, repetía el lambón de turno.
La criatura, de nueve años de edad, se convirtió en un engendro volcánico. Su organismo famélico vomitaba a estribor y a babor. Devolvía atenciones con una furia dragonesca. El esófago regurgitaba los ayunos y las mazamorras de los últimos quince días, por lo menos.
La bolsa roja repleta pasó por encima del respaldar de la silla. Un entrometido la cogió con delicadeza, la sopesó, la contempló, la bamboleó suavemente. Abrió la oxidada ventanilla y la arrojó. La bomba bacteriológica chocó contra el capó de un Mazda que transitaba en sentido contrario. Consciente de su maldad suspiró tranquilo. Habría sido mejor hacérsela beber.
Minutos más tarde, el coro letal elevó el tono: “¡Otra bolsa!” Las manos samaritanas pasaron tres aditamentos. Era un acertijo egipcio calcular cuántos litros de comida podría albergar esa pequeña manifestación de Gargantúa y Pantagruel. La enana batía un record mundial en la categoría de vomitada interdepartamental.
El hedor y el contrabando de objetos repletos de sustancias repulsivas se convirtieron en un acto pecaminoso. Las gentes se peleaban por lanzar la talegada contra el valle de Ubaté. Daban consejos, preguntaban, recetaban, comentaban. Todos, excepto el bogotano, colaboraron en esa criminal acción de guerra biológica. La tragedia se hizo insoportable.
Los tarmanganis mandan, en esos casos, usar a los responsables como fiambre para los cocodrilos del Okavanga. En la patria de la Loca Margarita se solidarizaron con la maldición. El pueblo, amaestrado por la infamia, gozó ante el asqueroso espectáculo.
La bestezuela se hizo náusea. Las bolsas llegaban presurosas. El caos se apoderó del bochinche. La solución, al enigma malévolo del humanoide, apareció. Los progenitores, padrinos, parientes o enemigos de la vomitadora parecían una cuba. Ebrios es un piropo. “Tenían la perra viva”, es más vernáculo.
Los truhanes le dieron a la infanta cuncho de cerveza batido con guarapo de herradura y gárgaras de tapetusa. Esa era la explicación del cauce incontrolable de los desechos estomacales experimentados por la basca y la arcada.
La situación era intoxicante. Los enfermeros de ocasión, encargados de pasar y evacuar los recipientes, esgrimieron sus puyas. Es el colmo, decían. “Cómo le dan de beber esas porquerías. ¡Qué bestias!” Los onagros hablaron de orejas.
Aleluya, los hijos de la desgracia reaccionaron. No todo estaba irremediable perdido, podía ser peor. El abuelo interpuso sus buenos oficios. El sujeto gritó: “Paren y bájenla”.
El viejo, dipsómano e idiota, cogió la última bolsa llena de la vomitona y pasó dando tumbos por sobre los pasajeros. Estuvo a punto de estrellarse contra cada uno de los ocupantes.
Alguien le recordó el lema de los Boinas Verdes: De opresso liber (para liberar a los oprimidos). El crujido de las vértebras cervicales, rotas por una llave maestra, sería un delicioso ejercicio de pacificación.
El conductor detuvo la camioneta. Algunos campesinos optaron por escapar a la topa tolondra. No reclamaron ni los trueques. Las ruanas dejaron su olor a cogote de ordeñador.
La niña fue desincrustada de la silla. Bajaron encorvados. Se desentumecieron al lado de un eucalipto. La humareda sobre el kikuyo los delató. Parecía que hubieran meado ácido sulfúrico.
Al rato regresaron. El espacio era suficiente para acomodarse los entes y los jotos. El tráfico de jugos gástricos se detuvo. No se supo con cual yerba taponaron la emergencia vomitera.
El periplo continuó. El padre dejó a su cría con su progenitora. El temulento, ducho en esos oficios, le dijo a la enfermita: “Mija, cierre los ojitos para que no se maree… y me avisa”.
La vomitadora obedeció automática. No había más provisiones plásticas para arrojar y desempedrar la carretera. El siguiente quejido fue contenido. Le sacaron la cabeza por la ventanilla y la pintura de la carrocería se descarapeló. Ese espécimen tenía un mesenterio o entresijo de chulo.
El suplicio finalizó con el arribo a la terminal boyacense.
La misa de once y media contó con una apertura tutelar. El padre Fernando Piña, O. P., antes de oficiar la Eucaristía, anunció el número de robos dentro de la basílica para ese mañana, tres. Van tres atracos al tumulto. Los santos lugares no escapan a la maldición maniática del cleptómano criollo.
La Divina Misericordia descontó un milenio de purgatorio para el humilde andariego. El templo hervía de gente. El penitente optó por descansar dentro de un confesionario para perdonar lo imperdonable: Los vómitos de Farsolandia.
Encuesta colombiana, sin encuestadores
La alcahueta Farsolandia es la hija bastarda de doña Celestina de Rojas y nieta de un venezolano tuberculoso, apodado Longanizo y conocido en los bajos fondos caraqueños como el amo Bolívar.
La Res-pública casquivana vive amancebada con un cleptómano en una casa de citas. Ella reparte el botín del erario público entre las pandillas de su ex marido, alias Farsolín; la muchacha de servicio, Farsocracia; las fuerzas de sicarios, Farcsolandia o Parasolandia y su tinieblo perpetuo Farsogreso. El hedor a calaverina es su aroma institucional.
La vanidosa furcia, cada cuatro años se prenda y se preña de un delincuente distinto. Por ese motivo, quiere modernizar los símbolos del burdel patrio. La mujerzuela decidió contratar una encuesta con el DANE para modificar la falsedad. La tarea la ejecutará un maquillador lesbiano para estar a la moda láit.
Los íconos del fraude empiezan con un trapo tricolor. La manoseada bayetilla, usada por los futbolistas para limpiarse el trasero y la pecueca repugnante, será cambiada por:
A) Una cobija de indigente
B) La toalla de Tirofijo
C) La frazada de Carlitos…Castaño
CH) Un toldo de cocina cocalera
D) El pendón del Polo, godo y cachiporro. Es decir: Amarillo, azul y rojo desteñidos.
E) Una motosierra reparada en Ralito
F) Todas las anteriores.
El Escudo Nacional, logo símbolo de la derrota perpetua, será levemente refaccionado porque como fracaso es un rotundo éxito.
Este instrumento de la vanidad patriotera necesita una cirugía plástica estilo Chupeta. Hasta la fecha nadie ha podido determinar qué tipo de guarapo chupaba Enrique Olaya Herrera cuando por medio del Decreto 62 del 11 de enero de 1934 reglamentó el escudo.
Fueron tantas las fallas que en 1949 tuvieron que volver a repararlo. En 1955 lo retocaron y quedó listo para el disfraz. No les cuento la trayectoria de su evolución porque los seguidores de la heráldica decente se suicidan.
El cóndor, ave carroñera, se transformará en:
A) El chulo, patrullero del río Bogotá
B) Una urraca ladrona al estilo Samper-Serpa
C) Una cría de cuervos tipo Pastrana
CH) Un escuadrón de Águilas Negras, modelo Uribe
D) Una gallina preñada por un pato
E) Las bolas de Regina 11
F) Un alquimista marihuanero
G) La chimba de Lola.
El cóndor y la corona de laurel se venderán por:
A) Un atado de limones
B) Un tris de canela
C) Un pucho de anfetaminas
CH) Un kilo de cocaína
D) Un poquito de culantro
E) Un cuncho de ajiaco con alcaloides
F) Una manotada de hongos
G) Un plato de borojó con ostras.
El lema de la mentira: “Libertad y Orden” se transplantará cual mata de amapola así:
A) Soborno o sicario
B) No dar papaya… ni culo
C) El plomo es nocivo para la salud
CH) Mija, huele a juagadura de caimán
D) Uy, me mató esta gorronea
E) Tanto jode el perro con la cotiza que al fin se la jarta
F) Esa vuelta le vale un billete, papá. Sí o ¿qué?
G) ¡Fuera colombianos del Sinaí!
H) Vivan los Pájaros de Tuluá. (Me dolió un ala).
La primera franja será reparada por un obrero Mediapala. La granada de oro y las cornucopias serán cambiadas por:
A) Una granada de fragmentación
B) Una reyerta entre lavaperros y coperas
C) Una hectárea de marihuana Punto Rojo
CH) Tres lesbianas desplazados por un travesti
D) La peluca del protolobo Pedro, el Escamoso
E) Una mina quiebra patas
F) Un tarro de desodorante Lander.
Segunda franja, el gorro frigio se cambiará por una cachucha frígida o en su defecto:
A) Un condón de segunda
B) El suspensorio de Pambelé
C) Las bragas de doña Inés de Hinojosa
CH) El pasamontañas de Mancuso
D) Las nalgas de Antanas Mockus
E) Una tapa de mazamorra premiada con bazuco
F) Una totuma para libar chicha, el vino de maíz.
Tercera franja. El istmo de Panamá. Ese hijo vendido por Farsolandia será mimetizado por:
A) Una fosa común
B) Una ciudad swinger
C) La bahía de Folconpuertos
CH) La draga y la droga de Pastrana
D) La Hidroeléctrica del Güevo (Guavio)
E) El serrucho eléctrico de Puyo
F) El apagón con revolcón de Gaviria
G) Un Belisaurio, sin cuota inicial
H) Una mano haciendo pistola.
El poema de Rafael Núñez o Himno Nacional se cambiará por:
A) El Polvorete
B) El Santo Cachón
C) La Jarretona
CH) El Pirulino
D) Sonaron cuatro balazos
E) Mambrú se fue al Putumayo
F) La vieja Chuchumeca
G) Ay, mi ranura
H) The Stars and Stripes Forever.
Las respuestas pueden ser enviadas al correo electrónico Farsolandia@hotmail.com Entre los participantes se rifará una caminata con el profesor Moncayo.
La nota siguiente es aclaratoria. Sólo para chauvinistas que sudan la camiseta 10 del Pibe como símbolo de colombianidad. Antes de recibir sus tradicionales recordatorios en contra de mi querida progenitora les recuerdo lo siguiente:
El gorro Frigio, símbolo de la “libertad” para los revolucionarios extranjeros, no puede ser más ajeno a la tropical Farsolandia.
Frigia es una antigua región del centro de Asia Menor al sur de Bitinia. Esta zona fue poblada por los frigios de raza pelásgica. Los pelasgos son un pueblo prehistórico que ocupó parte de Tesalia (región de Grecia). Se les considera como los antecesores de los helenos. El notablato, siempre tan original, lo escogió como símbolo de la utopía. Sólo quedan las cornucopias llenas de cocaína para vergüenza de los buenos campesinos.
A este lote de engorde, los gamonales lo han descrestados con palabrejas y las cornucopias. (Vaso en forma de cuerno que representa la abundancia. Del latín cornu que significa cuerno y copia, abundancia).
Lo del trapito tricolor es cosa a parte. La izada bandera nacional es tan vernácula como el rajá de Sarawak.
¿Quién la inventó? Según la historia oficial el Precursor de la delincuencia nacional, Pacho Miranda. Él la estrenó en Haití, el 12 de marzo 1806.
Miranda le plagió el diseño a la bandera de Rusia por cortesía de doña Catalina II de Rusia, la Grande. (Ni Cata, ni rusa ni grande). La lujuriosa señora es digna de participar en las historietas de Farsolandia. No se bautizó como Catalina. Su nombre de pila era Sofía Federica Augusta porque era una princesa alemana.
Cata no nació en Rusia sino en Stettin, Pomerania. Actualmente territorio polaco. Eso fue el 2 de mayo de 1729 y murió en San Petersburgo el 17 de noviembre de 1796. Su estatura encajaba en el concepto de pequeño.
La valiente dama se casó con Pedro III, nieto de Pedro el Grande, y emparentó con la dinastía Románov, pero por andar leyendo a Voltaire y Montesquieu se volvió ninfómana. Su lista de mancebos se parecía a María de los Guardias. Grigori Orlov, amante de Catalina dio un golpe de Estado, asesinó al Zar y la convirtió en Emperatriz. Su corte de sementales se estabilizó con Grigori Alexandrovich Potyomkin (Potemkin) quien tuvo el placer de ser su amante y la desgracia de ser su esposo.
Potemkin fue el culpable de presentar a Miranda ante Catica segunda. Esa debacle histórica ocurrió el 14 de febrero de 1787. El lascivo sujeto le calentó el oído con una frase de alcoba: “Tú eres mi causa”. La noble veterana lo nombró edecán de su catre. Le autorizó el uso del uniformó del Ejército ruso, le prestó la bandera, le llenó los bolsillos con monedas de oro, como a cualquier vagabunda, y le despachó de la corte.
El trapo tricolor tan ruso como el Kremlin se convirtió en la Bandera de Farsolandia. ¿Dudas? No se necesita ser un experto en vexilología. El Almanaque mundial resuelve el conflicto. Comparar la bandera de Rusia con el originalísimo pabellón patrio es aclarar el origen de otra mentira. Ahora se entiende el porqué los rusos del pañete quieren tanto a “la rusa”.
Lástima que los prohombres de la Finca Cocalombia no hubieran tenido los ovarios de doña Catalina para correr los linderos. Nuestros grandes patriarcas regalaron, empeñaron, perdieron y rifaron un millón de kilómetros cuadrados de potrero baldío. Por ejemplo, José Manuel Marroquín vendió Panamá por 250.000 dólares a los Estados Unidos. (Los documentos existen).
El tema del himno o poesía de Núñez es igual de trapisondista a su autor: “Ricaurte en San Mateo en átomos volando”
El edecán del Libertador, don Luis Perú de Lacroix, escribió en el Diario de Bucaramanga la confesión de don Simón Bolívar: Ricaurte, otro granadino, figura en la historia como un mártir voluntario de la libertad, como un héroe que sacrificó su vida para salvar la de sus compañeros y sembrar el espanto en medio de los enemigos, pero su muerte no fue como aparece, no se hizo saltar con un barril de pólvora en la casa de San Mateo, que había defendido con valor; yo soy el autor del cuento lo hice para entusiasmar a mis soldados, para atemorizar a los enemigos y dar la más alta idea de los militares granadinos. Ricaurte murió el 25 de marzo del año 14 en la bajada de San Mateo, retirándose con los suyos; murió de un balazo y un lanzazo, y lo encontré en dicha bajada tendido boca abajo, ya muerto, y las espaldas quemadas por el sol...”.
Nota: En el boletín No 46 del Ejército Libertador, fechado en San Mateo el 27 de marzo de 1814 y firmado por el mayor general Antonio Muñoz Tébar, Secretario de Guerra, no está consignado el sacrificio de Ricaurte ni la fantástica explosión.
Y además, dice el parte: “…El fuego que rompieron generalmente nuestras líneas a las ocho de la mañana del 25 con una viveza extraordinaria, se sostuvo con el mismo ardor hasta las cinco de la tarde, lo que agotó nuestras municiones en términos que al llegar a las posiciones ordinarias del enemigo, nuestras tropas que le perseguían, tuvieron que dejar de hacerlo, por no haber ya ni un cartucho que quemar...”.
Eso confirma que la confesión de Bolívar, a Luis Perú de Lacroix sobre la muerte de Ricaurte, es verdad. Si no tenían municiones, ¿cuál polvorín estalló? Y segundo, los patriotas perseguían y no eran invadidas sus posiciones. Ningún oficial dejaría de informar un acontecimiento tan ensordecedor en su parte de la batalla. La explosión fue de pura mierda.
miércoles, 19 de marzo de 2008
La sargentona de Miraflores
La sargentona de Miraflores
A la copera de Miraflores le mataron al marido en una reyerta fronteriza. Sucedió en la madrugada del primero de marzo en las selvas ecuatorianas. El vejete sicario dormía en posición contranatura… y le llovió plomo por la retaguardia.
La concepción alucinatoria de la Grecia Antigua llamada Justicia apareció. La dama coja, ciega y desplazada por la quema de su palacio llegó con la espada afilada y la cara de Némesis. La hija de Astrea, doña Temis, (justicia divina) escandalizó a los patrocinadores de las Farc.
La noticia despertó al hemisferio. Colombia celebraba y Belcebú protestaba por boca del ministro “Diarrea”, amancebado con los terroristas. La carpa grande quedó lista para sobornar lo evidente. Las democracias latinas acudieron presurosas para perfumar sus vicios con defectos. Reunieron a los tramoyistas.
El fariseísmo tutelar se rasgó las vestiduras y la Chávez se subió las bragas. La vil guaricha, en un ataque de histerismo, hizo un escándalo propio de una baranda de juzgado. Amenazó con pandillas y despicó botellas.
La golfa cerró su palacete de cortesana y les arruinó el negocio a los camioneros. Qué vergüenza continental. No contenta con alborotar las cantinas le dio por balbucear latinajos. La coima, bocona y escandalosa, mandó diez batallones a mearse del susto en los mojones. Sabe más de milicia un colegio de monjas que las tropas venezolanas.
La convulsionada actriz ama realizar el ridículo más repugnante en el escenario de la simulación. A Hugo Chávez no se le puede dar ni siquiera el título de caudillo de navajeros.
Se comportó cual comadre chillona, alharaquienta, lambona, entremetida, cicatera, calumniadora, enredadora, lenguaraz, cizañera, bocona y alcahueta. Las verduleras del mercado de la Concordia quedaron compungidas después de oírla vociferar sus chismorreos de revendedora. Ella y su perorata ofendió a todo el gremio de las marchantas nacionales.
Mi sentido pésame para la hermana República de Venezuela, tierra de mi general José Antonio Anzoátegui. El Apure no se merece semejante mujerzuela celosa, tediosa y adiposa.
La escena política se convirtió en un alegato entre María de los Guardias, Adelita y Rosita Alvires, la que mataron en 1900 en la calle de Saltillo por “desairista” porque no podían entender la acción intrépida.
¿Desde cuándo Farsolandia anda con arrebatos de potencia imperialista? Las maniobras para violar soberanías son patrimonio de los yanquis redomados.
Por ejemplo, el Tío Sam le quitó una extensa porción de territorio a México y sentó la única jurisprudencia válida: La invasión del comandante Zachary Taylor en la guerra de 1846-1848. Así se manejan los conflictos con los vecinos inoportunos, pero no con los hermanos.
Desde Aníbal Barca hasta Napoleón Bonaparte. Desde Ben Gurión hasta Ronald Reagan. La disciplina geopolítica la imponen los Estados superiores sobre las guachafitas tribales.
Es un delito de Lesa Patria bombardear el Ecuador y luego salirle con cuentos de solteronas latosas: “…Yo te dije que la marrana iba a tener gatitos, pero tú no te acuerdas…”. Esa actitud no es decorosa con un país donde la mentira edificó el vil imperio de falacia. Te desconozco Farsolandia.
Ofrezco mis disculpas al Ecuador por la torpeza, feliz y heroica, que puso fin al mito del intocable Secretariado de los Genocidas.
No entiendo porque no llevaron un campamento portátil. Entran al cambuche, lo matan (diferente a dar de baja), lo traen y lo cuelgan de las criadillas, cual alimaña dañina, a 100 metros al norte del Putumayo. Después, el bochinche. Así nos evitamos las escenas, de charadas y acertijos, entre machorras y costureras ofendidas.
La diatriba de inquilinato dio pie para que el asaltante de bancos, Daniel Ortega, se metiera al baile por la puerta de atrás como cualquier apartamentero. (En 1974 un grupo de Frente Sandinista de Liberación Nacional lo sacó de la guandoca).
Por favor, no más apodos para esos camorreros. No son: Ilustres personajes, estadistas, pensadores, presidentes, líderes ni mandatarios. Son guaches fulleros. Productores de las desgracias sobre las llagas de un pueblo inocente, pero semoviente.
Se les olvidó que la Gran Colombia la destazaron porque los chafarotes José Antonio Páez, Francisco de Paula Santander y Juan José Flores no merecían tener la mitad de América como patria indivisible.
La gente demostró que sí existe una Nación hermana divida en cuatro lotes (incluye al istmo) donde la paz y el progreso asustan a los gamonales.
En conclusión, el culebrero del Uribe se comió a cuento a la OEA, al Grupo de Río, a Chávez y a Correa porque tienen mentalidad de vagabundas. La trifulca del cuarteto de truhanes dejó una amarga verecundia. Se cogieron de las manos y se palmotearon los traseros.
A la copera de Miraflores le mataron al marido en una reyerta fronteriza. Sucedió en la madrugada del primero de marzo en las selvas ecuatorianas. El vejete sicario dormía en posición contranatura… y le llovió plomo por la retaguardia.
La concepción alucinatoria de la Grecia Antigua llamada Justicia apareció. La dama coja, ciega y desplazada por la quema de su palacio llegó con la espada afilada y la cara de Némesis. La hija de Astrea, doña Temis, (justicia divina) escandalizó a los patrocinadores de las Farc.
La noticia despertó al hemisferio. Colombia celebraba y Belcebú protestaba por boca del ministro “Diarrea”, amancebado con los terroristas. La carpa grande quedó lista para sobornar lo evidente. Las democracias latinas acudieron presurosas para perfumar sus vicios con defectos. Reunieron a los tramoyistas.
El fariseísmo tutelar se rasgó las vestiduras y la Chávez se subió las bragas. La vil guaricha, en un ataque de histerismo, hizo un escándalo propio de una baranda de juzgado. Amenazó con pandillas y despicó botellas.
La golfa cerró su palacete de cortesana y les arruinó el negocio a los camioneros. Qué vergüenza continental. No contenta con alborotar las cantinas le dio por balbucear latinajos. La coima, bocona y escandalosa, mandó diez batallones a mearse del susto en los mojones. Sabe más de milicia un colegio de monjas que las tropas venezolanas.
La convulsionada actriz ama realizar el ridículo más repugnante en el escenario de la simulación. A Hugo Chávez no se le puede dar ni siquiera el título de caudillo de navajeros.
Se comportó cual comadre chillona, alharaquienta, lambona, entremetida, cicatera, calumniadora, enredadora, lenguaraz, cizañera, bocona y alcahueta. Las verduleras del mercado de la Concordia quedaron compungidas después de oírla vociferar sus chismorreos de revendedora. Ella y su perorata ofendió a todo el gremio de las marchantas nacionales.
Mi sentido pésame para la hermana República de Venezuela, tierra de mi general José Antonio Anzoátegui. El Apure no se merece semejante mujerzuela celosa, tediosa y adiposa.
La escena política se convirtió en un alegato entre María de los Guardias, Adelita y Rosita Alvires, la que mataron en 1900 en la calle de Saltillo por “desairista” porque no podían entender la acción intrépida.
¿Desde cuándo Farsolandia anda con arrebatos de potencia imperialista? Las maniobras para violar soberanías son patrimonio de los yanquis redomados.
Por ejemplo, el Tío Sam le quitó una extensa porción de territorio a México y sentó la única jurisprudencia válida: La invasión del comandante Zachary Taylor en la guerra de 1846-1848. Así se manejan los conflictos con los vecinos inoportunos, pero no con los hermanos.
Desde Aníbal Barca hasta Napoleón Bonaparte. Desde Ben Gurión hasta Ronald Reagan. La disciplina geopolítica la imponen los Estados superiores sobre las guachafitas tribales.
Es un delito de Lesa Patria bombardear el Ecuador y luego salirle con cuentos de solteronas latosas: “…Yo te dije que la marrana iba a tener gatitos, pero tú no te acuerdas…”. Esa actitud no es decorosa con un país donde la mentira edificó el vil imperio de falacia. Te desconozco Farsolandia.
Ofrezco mis disculpas al Ecuador por la torpeza, feliz y heroica, que puso fin al mito del intocable Secretariado de los Genocidas.
No entiendo porque no llevaron un campamento portátil. Entran al cambuche, lo matan (diferente a dar de baja), lo traen y lo cuelgan de las criadillas, cual alimaña dañina, a 100 metros al norte del Putumayo. Después, el bochinche. Así nos evitamos las escenas, de charadas y acertijos, entre machorras y costureras ofendidas.
La diatriba de inquilinato dio pie para que el asaltante de bancos, Daniel Ortega, se metiera al baile por la puerta de atrás como cualquier apartamentero. (En 1974 un grupo de Frente Sandinista de Liberación Nacional lo sacó de la guandoca).
Por favor, no más apodos para esos camorreros. No son: Ilustres personajes, estadistas, pensadores, presidentes, líderes ni mandatarios. Son guaches fulleros. Productores de las desgracias sobre las llagas de un pueblo inocente, pero semoviente.
Se les olvidó que la Gran Colombia la destazaron porque los chafarotes José Antonio Páez, Francisco de Paula Santander y Juan José Flores no merecían tener la mitad de América como patria indivisible.
La gente demostró que sí existe una Nación hermana divida en cuatro lotes (incluye al istmo) donde la paz y el progreso asustan a los gamonales.
En conclusión, el culebrero del Uribe se comió a cuento a la OEA, al Grupo de Río, a Chávez y a Correa porque tienen mentalidad de vagabundas. La trifulca del cuarteto de truhanes dejó una amarga verecundia. Se cogieron de las manos y se palmotearon los traseros.
las falacias del bochinche
¿De cuándo acá?, se somete la virilidad yanqui al escarnio público, caray. No hay derecho, ala, a que la rústica barahúnda amarillista ponga en la picota al protomacho Eliot Spitzer, ex gobernador de Nueva York. Es el colmo acusarlo de escándalo sexual cuando el problema es una minucia de la odiosa banca judía. El sistema monetario detectó un desvío financiero y montó la de Los infiltrados. Los banqueros se olvidaron del democrático derecho a sustentar la vida laboral de la Gran Manzana.
Nueva York no se ruboriza por el frenético apareamiento del Alguacil de Wall Street y Ashley Alexandra Dupre (Kristen). Lo prueba la gran ramera francesa que ilumina con su antorcha el sendero del lenocinio. Me refiero a la muy casquivana estatua de la Libertad, declarada Patrimonio de la Humanidad. Sus descarriadas hijas también son patrimonio de la humanidad, pero masculina.
Lo rescatable del adulterio es la cátedra de señorío dictada por doña Silda, la esposa del hidalgo de bragueta. La dama merece mil aplausos de pie. Las colombianas deberían aprender de la matrona y su serena testa coronada por el patrón. La señora enseña que un acto de infidelidad comercial no debe generar una vendetta familiar donde los hijos son la munición. Nada de comisarías de familia y conato de alharaca parroquial dominguera. Nada de alianzas moza-novia-esposa en un triunvirato cocinero contra el santo prestigio varonil. Ella apoya el atávico derecho de pernada.
En estas latitudes, de hojarasca tropical, un pequeño desliz incita a las féminas cornúpetas a la emasculación del cónyuge con tijeretazo nocturno. No contentas con desatar una trifulca de pirañas en banquete de capibara contratan los servicios fúnebres de un sicario de comuna paisa.
Le agregan a su receta feminista demanda por alimentos, divorcio en juzgado penal y la maldición gitana. Además, buscan un amancebamiento formal con algún pariente del esposo en primer grado de consaguinidad. Su furibunda histeria envía sufragios, en estilo rap-rococo, escrito con perversa ortografía de suegra sediciosa.
Lo maravilloso del affaire neoyorquino fueron sus resultados, altamente motivadores. El asunto estimuló la fuga de siete futbolistas cubanos del torneo Preolímpico Sub-23, en la ciudad de Tampa (Florida).
Los héroes-desertores (maravillosa contradicción) Manuel Miranda, Erlys García, Yenier Bermúdez, Yornady Álvarez, Loanny Cartaya, Yenry Díaz y Eder Roldán merecen acostarse con la fulana de la antorcha por cuenta de mister Spitzer.
Los atletas se cansaron de la opulenta vida en el Edén comunista donde manan ríos de hambre. Ellos decidieron, por su condición de lactantes, ser hijos adoptivos de Playboy. La bienvenida, a la tierra de Búfalo Bill, les otorgará una ceremonia de bautismo con dólares y nombres decentes al estilo George Patton. En fin, deseo que el país de la ley Patriot Act los libre del mamertismo y los convierta al macartismo.
Así no tendrán que sufrir la enfermedad de las amnésicas trapisondas latinas. Mal que contaminó al Ecuador. El ministro de Defensa, Wellington Sandoval, señaló en rueda de prensa: “Ninguna autoridad, ni el Gobierno ni menos aún las Fuerzas Armadas, han tenido relación con las Farc, no la tienen y no la tendrán.
La posición fue apoyada por la ministra de Relaciones Exteriores, María Isabel Salvador: “Ecuador no es un santuario de las Farc”. La funcionaria añadió: “Que el país lucha con sus propios medios para rechazar y repeler la presencia de grupos irregulares en su territorio”. Los dos cuentachistes serán invitados al programa Sábados Felices con todos los gastos pagos.
Al seguir esa línea de pensamiento retiro mis disculpas por el juego pirotécnico del primero de marzo porque nunca existió.
Nunca existieron terroristas mexicanos en aquel nefasto cambuche. Eso grita un desorientado cachifo contra el Gobierno colombiano en ciudad de México.
El desgalamido exige al Gobierno mexicano que suspenda las relaciones diplomáticas con Colombia e inicie una demanda contra la Nación agresora por la muerte de los jóvenes y pida una compensación económica para sus familiares.
¡Pobrecitos los angelitos! Los neófitos del crimen resultaron ser mártires del trabajo social selvático. Mis cuates deberían estar muy agradecidos porque Farsolandia los libró de un virus infectocontagioso llamado gonococia de camarada.
Suena muy bonito vociferar consignas zapatistas frente a la embajada nacional. Pero no suena igual cuando una mina “quiebrapatas”, colocada en los campos patrios, mutila a un niño campesino. Si Huitzilopochtli se los cargó para el quinto pailón no fue porque eran seminaristas en paseo espiritual bajo régimen jesuita. Los aprendices del horror murieron en su aula: El cubil de un genocida.
Por algarabías de ese tipo fue que mi general Pershing invadió a México en 1916. No jodan con el sheriff…
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