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jueves, 22 de julio de 2010

La Virgen de Chiquinquirá, el ícono cercenado

La imagen de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá está siendo desmembrada por conductas iconoclastas. El mal iconográfico, sutil y perverso, se expresa bajo el derecho a la banalidad.

El último ataque contra la Reina es un virus visible. Rompe la tradición tejida por más de cuatro centurias de milagros y romerías. Mata la memoria viva de una historia narrada con voz de patria por los patriarcas de ruana y alpargate.

El atentado contra el símbolo del primer santuario de América del Sur es tenebroso porque se esconde detrás de una intolerable concepción estética. La ocurrencia, de ciertos comerciantes maliciosos, produce un detrimento en la piedad religiosa.

Los datos sobre la nueva peste se remontan a los años noventa del siglo XX. En esa época se industrializó el acto atroz de quitar de las estampas y pequeñas esculturas a los compañeros vitalicios de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, san Antonio de Padua y el apóstol san Andrés. La acción vandálica pasó inadvertida para los turistas. Los colombianos, tan acostumbrados a las dictaduras de las modas foráneas, guardaron un mutismo decadente. (Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Marcos 10, 9).

La iconología del lienzo está perdiendo sus valores y sus tradiciones, sin los cuales el olvido impone su amnesia criminal. Dos ejemplos recientes muestran la penetración formal de la enfermedad. El pasado 2 de mayo, circuló La Gran Colección de la Virgen, patrocinada por el periódico El Tiempo. La estatuilla de Nuestra Señora de Chiquinquirá, de fabricación china, no estuvo acompañada de san Antonio y san Andrés.

El aviso publicitario del II Congreso Internacional de Teología Mariana en Chiquinquirá, “María Gracia y Libertad”, ilustra perfectamente la profundidad del daño a la identidad por un signo. Nuestra Señora se plasmó sin sus edecanes. El peso visual de esa idea equivocada se ratificó con el diseño del impreso. Al fondo se observa la basílica con el antiguo frontis donde no aparece la trilogía del tejido chiquinquireño. ¿Por qué no hay una protesta formal sobre el hecho?, si la ley eclesial de protección permanece vigente.

En 1620, el obispo de Popayán, fray Ambrosio Vallejo, dictó una norma para proteger el concepto original de las pinturas de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. El prelado deseaba evitar: “...Modificaciones que podían influir en los fieles para propagar otra veneración distinta...” “…la reproducción debe hacerse con toda la fidelidad del caso en todos sus aspectos, colores y disposiciones de las imágenes, y a su terminación ser visada por las autoridades del Rey y de la Iglesia para conceder permiso de bendición y veneración…”

Por qué cambiar de fondo y de forma ese regalo del Cielo que el papa Pío XII tanto destacó: “Nuestra Señora de Chiquinquirá fue un don de lo alto a una progenie de predilección”.

La importancia del tema fue rescatada por el padre Leonardo Ramírez S.J., que en 1986 presentó ante el Consejo Episcopal Latinoamericano el estudio titulado: Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá Patrona de Colombia (IV centenario del cuadro renovado 1586-1986). La obra, en su segunda parte, trató sobre el “mensaje teológico del cuadro renovado”. Ese aporte vital es una catequesis que abrió el camino para comprender la dimensión bíblica del fenómeno de la renovación.

Ya es hora de mitigar los actos violentos contra el patrimonio cultural y religioso. En la crónica de la iconografía mundial son pocas las pinturas que han soportado los desmanes alevosos de los impíos.

La Patrona de Colombia muestra un registro difícil de superar. Los atentados tienen un terrible prontuario. Comenzaron con la retención indebida de los santafereños (1633-1635), el robo del general Serviez (1816), el atraco del señor Gómez (1886), el incendio del templo (1896), el asalto liberal al santuario (1901), la cuchillada en Rionegro, Santander (1913) y la asonada de 1918 entre otros sacrilegios escondidos por los redactores del eufemismo.

Señor lector, es urgente no comprar productos artesanales donde Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá no esté plasmada como El Altísimo permitió que se manifestara. La vida del Evangelio, en el Nuevo Reino de Granada, se gestó en el vientre de la Virgen María. El fenómeno de la Renovación, el 26 de diciembre de 1586, iluminó a Chiquinquirá, el lugar de las nieblas. “El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz grande” (Isaías 9,2).

Aún es tiempo de corregir el error. Este ahora es privilegiado porque se celebra el Bicentenario de la Independencia, episodio heroico financiado por las joyas de nuestra Virgen Morena. A esa pintura sacra se le adeuda todo. Sus hijos tiñeron, con sangres y epopeyas, a la bandera de los colores invencibles.

Ellos, los libertadores de América, llevaron una vitela de la Patrona boyacense hasta el glorioso campo de Ayacucho (1824). En esas lejanas tierras del Perú aún se le venera con inmenso cariño porque a nadie se le ocurrió practicarle un destazamiento. Asombra y avergüenza que los extranjeros mantengan vigente una cátedra de amor y respeto por nuestra santa reliquia.

Si las transformaciones continúan muy pronto las romerías tendrán que cambiar de rumbo. Irán a Maracaibo para visitar a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá del Zulia, prenda carísima de la identidad y la nacionalidad de los venezolanos porque Colombia ya no se inclina ante su soberana. Colombia perdió la humildad de su imagen.

7 comentarios:

clio dijo...

bella sintesis de un atentado a la historia religiosa y cultural de Colombia

veneca dijo...

el arte hay que defenderlo, pero pronto porque si comenzamos por quitar nos borran la memoria

fercho dijo...

La Viregen es la Patrona de Colombia, su reina inmaculada. No enteiemndo el porqué cambia el concepto gráfico

Anónimo dijo...

¿cuándo los colombianos defenderemos los nuestro?

patrio dijo...

Nuestra Señora de Chiquinquirá cumplió 400 años sin soportar el corte de sus acompañañntes

juan dijo...

¿Y los guardianes del santuario qué dicen al respecto?

Chinca dijo...

y Nada de nada poca protesta y mucho silencio cuando se atenta contra nuestros más caros símbolos