La imagen de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá está siendo desmembrada por conductas iconoclastas. El mal iconográfico, sutil y perverso, se expresa bajo el derecho a la banalidad.
El último ataque contra la Reina es un virus visible. Rompe la tradición tejida por más de cuatro centurias de milagros y romerías. Mata la memoria viva de una historia narrada con voz de patria por los patriarcas de ruana y alpargate.
El atentado contra el símbolo del primer santuario de América del Sur es tenebroso porque se esconde detrás de una intolerable concepción estética. La ocurrencia, de ciertos comerciantes maliciosos, produce un detrimento en la piedad religiosa.
Los datos sobre la nueva peste se remontan a los años noventa del siglo XX. En esa época se industrializó el acto atroz de quitar de las estampas y pequeñas esculturas a los compañeros vitalicios de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, san Antonio de Padua y el apóstol san Andrés. La acción vandálica pasó inadvertida para los turistas. Los colombianos, tan acostumbrados a las dictaduras de las modas foráneas, guardaron un mutismo decadente. (Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Marcos 10, 9).
La iconología del lienzo está perdiendo sus valores y sus tradiciones, sin los cuales el olvido impone su amnesia criminal. Dos ejemplos recientes muestran la penetración formal de la enfermedad. El pasado 2 de mayo, circuló La Gran Colección de la Virgen, patrocinada por el periódico El Tiempo. La estatuilla de Nuestra Señora de Chiquinquirá, de fabricación china, no estuvo acompañada de san Antonio y san Andrés.
El aviso publicitario del II Congreso Internacional de Teología Mariana en Chiquinquirá, “María Gracia y Libertad”, ilustra perfectamente la profundidad del daño a la identidad por un signo. Nuestra Señora se plasmó sin sus edecanes. El peso visual de esa idea equivocada se ratificó con el diseño del impreso. Al fondo se observa la basílica con el antiguo frontis donde no aparece la trilogía del tejido chiquinquireño. ¿Por qué no hay una protesta formal sobre el hecho?, si la ley eclesial de protección permanece vigente.
En 1620, el obispo de Popayán, fray Ambrosio Vallejo, dictó una norma para proteger el concepto original de las pinturas de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. El prelado deseaba evitar: “...Modificaciones que podían influir en los fieles para propagar otra veneración distinta...” “…la reproducción debe hacerse con toda la fidelidad del caso en todos sus aspectos, colores y disposiciones de las imágenes, y a su terminación ser visada por las autoridades del Rey y de la Iglesia para conceder permiso de bendición y veneración…”
Por qué cambiar de fondo y de forma ese regalo del Cielo que el papa Pío XII tanto destacó: “Nuestra Señora de Chiquinquirá fue un don de lo alto a una progenie de predilección”.
La importancia del tema fue rescatada por el padre Leonardo Ramírez S.J., que en 1986 presentó ante el Consejo Episcopal Latinoamericano el estudio titulado: Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá Patrona de Colombia (IV centenario del cuadro renovado 1586-1986). La obra, en su segunda parte, trató sobre el “mensaje teológico del cuadro renovado”. Ese aporte vital es una catequesis que abrió el camino para comprender la dimensión bíblica del fenómeno de la renovación.
Ya es hora de mitigar los actos violentos contra el patrimonio cultural y religioso. En la crónica de la iconografía mundial son pocas las pinturas que han soportado los desmanes alevosos de los impíos.
La Patrona de Colombia muestra un registro difícil de superar. Los atentados tienen un terrible prontuario. Comenzaron con la retención indebida de los santafereños (1633-1635), el robo del general Serviez (1816), el atraco del señor Gómez (1886), el incendio del templo (1896), el asalto liberal al santuario (1901), la cuchillada en Rionegro, Santander (1913) y la asonada de 1918 entre otros sacrilegios escondidos por los redactores del eufemismo.
Señor lector, es urgente no comprar productos artesanales donde Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá no esté plasmada como El Altísimo permitió que se manifestara. La vida del Evangelio, en el Nuevo Reino de Granada, se gestó en el vientre de la Virgen María. El fenómeno de la Renovación, el 26 de diciembre de 1586, iluminó a Chiquinquirá, el lugar de las nieblas. “El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz grande” (Isaías 9,2).
Aún es tiempo de corregir el error. Este ahora es privilegiado porque se celebra el Bicentenario de la Independencia, episodio heroico financiado por las joyas de nuestra Virgen Morena. A esa pintura sacra se le adeuda todo. Sus hijos tiñeron, con sangres y epopeyas, a la bandera de los colores invencibles.
Ellos, los libertadores de América, llevaron una vitela de la Patrona boyacense hasta el glorioso campo de Ayacucho (1824). En esas lejanas tierras del Perú aún se le venera con inmenso cariño porque a nadie se le ocurrió practicarle un destazamiento. Asombra y avergüenza que los extranjeros mantengan vigente una cátedra de amor y respeto por nuestra santa reliquia.
Si las transformaciones continúan muy pronto las romerías tendrán que cambiar de rumbo. Irán a Maracaibo para visitar a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá del Zulia, prenda carísima de la identidad y la nacionalidad de los venezolanos porque Colombia ya no se inclina ante su soberana. Colombia perdió la humildad de su imagen.
jueves, 22 de julio de 2010
domingo, 9 de mayo de 2010
la colombianada, condena por elección
Farsolandia se prepara para escoger al peor presidente de su espuria existencia. El macabro Estado esquinero de Suramérica diseña su patíbulo. La secuencia de los escándalos inmarcesibles así lo demuestra.
El mandato de Uribe II fue perversamente superior en catástrofes al de Uribe I. El antioqueño de la Seguridad Democrática superó la debacle administrativa de Pastrana. Andresito, con ayuda de la zona de distensión, venció con el despilfarro de la soberanía nacional al cartel de Cali y a su presidente, Ernesto Samper. Retroceder más, por entre el prontuario delictivo de este simulacro de país, es provocar nauseas. El exceso de engaños, que manchan el trapo tricolor, es el himno del hampa elegida por voto popular.
Las actuales ferias y fiestas del perpetuo fraude electoral usan el carrusel del perjurio para repetir las parasitarias falacias de antaño. Las machacadas agendas programáticas, con acento revanchista y fullero, giran en torno del desvencijado eje temático de: la vivienda, la salud, el trabajo y la paz para los pobres. Habrá que hacerles un monumento por mantener viva la burla de los culebreros, logro supremo del intelecto criollo.
Sin esperanza, sin razón y sin alma me preparo para observar el debate del fracaso. ¿Ganarán los mocos con girasoles o los falsos positivos de Santos? El dolo responderá por la victoria del delito. La pandilla triunfante tendrá el hambriento reto de superar en desfalcos, tipo “Agro ingreso seguro”, a su mediocre predecesor. Mi historia los condena, sin juicio previo, porque los conoce de memoria.
Mi pesimismo altruista buscó una explicación al deprimente fenómeno democrático en la salvaje cotidianidad y halló que el subdesarrollo moral es el responsable de esa conducta retardataria impuesta por quienes eligen a sátrapas, inútiles y corruptos, con la conciencia cómplice del proxeneta.
Ellos aguardan una migaja miserable de las burocracias de aldea para saciar sus vanidades de peones de las utopías.
Entonces, sufragaré por la dictadura sangrienta. Necesitamos un tirano redomado para que aniquile los vicios calentanos de la colombianada, la maldición etnográfica, con el marcial paso de ganso.
El siguiente ejemplo, que clama por un déspota austriaco de bigote desquiciado, ilustra perfectamente como las vacantes de las instituciones estatales se llenan con personal incapacitado por la universidad de la incompetencia.
En días pasados visité la hemeroteca de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Desafié, en un acto de osadía, mi propia genética recesiva. La tara cundinamarquesa me obligó a porfiar contra la amenaza cultural que significa el recinto. Las voces de mis experiencias anteriores me echaron en cara disgustos sin resolver.
Al estilo de los hijos de la desmembrada Gran Colombia marché en contravía del sentido común. Buscaría un semanario en una hemeroteca nacional, lo cual no deja de ser un despropósito.
Pasé el puesto de control y subí al segundo piso donde había una exposición sobre las palabras del bicentenario. Sentí dolor de cabeza… Vaya curiosidad, palabras de libertad en una nación esclavizada por la mentira desde 1810. Seguí camino por entre aquellos vericuetos donde tenían las fotocopias colgadas con ganchos de ropa. Entré al gran salón y le pregunté a la encargada del establecimiento por el Papel periódico ilustrado, fundado en Bogotá el 6 de agosto de 1881 por don Alberto Urdaneta.
El rostro se le descompuso. Pasó de gris bibliotecario al pálido color de la prensa añeja. Si le hubiera hablado en tucano, lengua del indígena vaupense, quizás la extrañeza no hubiera sido tanta tristemente notoria. (Pa bururí, traducido del tucano al castellano, significa cuidado se cae).
Al final del soponcio reaccionó con un balbuceo pueril y expresó: “Ese no existe, pero si quiere mire el catálogo”. Mi otoñal juventud, en un gesto de inusual paciencia, hojeó el cartapacio y ubicó el dato. En la amnésica Colombia primero se consulta un archivo de papel y luego se usa el computador para hallar la misma información. (Victoria de la involución).
Ante el triunfo de la perseverancia, la muchacha insistió en demostrar que mi petición estaba mal formulada. El teclado del PC sonó durante 11 minutos y llegó a la desalentadora conclusión: “Su pedido no es válido”. Señorita, repliqué ofendido, en los anaqueles de mi morada existen cuatro de los cinco tomos donde reposa esa publicación. Mis pupilas, inyectadas de sangre, seguramente la motivaron para llamar con urgencia a la supervisora.
La nueva funcionaria me hizo repetir la búsqueda en la carpeta. Hurgó en su base de datos sistematizada y en tres minutos pudo decir. “Sí está, pero no se lo puedo prestar. Debe hablar con el jefe que está detrás de esa consola, allá en la esquina”. La miopía con astigmatismo me señaló que en ese rincón no había nadie, pero como “Colombia es Pasión” caminé hasta el lugar señalado. Pregunté por el mandamás y su asistente me arrojó el vademécum de las disculpas para atender sin atender. “Él salió para almorzar, pero si usted quiere puede esperarlo un ratico que no demora”.
Salí volado sin rechistar para donde el boticario. ¿Por qué insistí en desafiar a la sabia experiencia con la ilusa esperanza? No lo sé, quizás es el mismo mal que afecta a los electores patrios.
En las selvas milenarias del Vaupés, al referirse a un pedido que no existe, se dice ticúneta nima (esos son los que enumeré, no hay más… Ticúseta ni (eso es todo).
miércoles, 24 de marzo de 2010
La euforia de la banalidad
La creatividad está prohibida en la república-vergüenza. Las montoneras de clientes iletrados (léase estudiantes) impusieron sus criterios bajo la salvaguarda alevosa de una chequera sobregirada por las apariencias.
La academia se quejó con dolor moral. No pudo soportar una serie de logos símbolos diseñados por el acto insulso que cohabita con lo anodino. El ardite cromático levantó sus banderas cual cáfila de brochas gordas.
La imagen, centro vital del orden teológico, cayó bajo la dictadura ramplona de la chambonería. El desastre figurativo tuvo varias piezas para colocar en el Museo de las Lágrimas. Bicentenario, festival de teatro y juegos suramericanos. Esa trilogía perversa, tratado de teratología, niega el impulso del Génesis y su espíritu creador. Triunfo del trazo sobre la idea. Victoria de la forma sobre el significado. Burla sofista, carnaval de la mediocridad.
Los docentes elevaron su voz de protesta y el alumnado, embrutecido por el trasnocho en el lupanar, impuso las mayorías del tumulto. La turba arguyó el pago semestral de una cartulina, pasaporte al desempleo, para lavar sus conciencias. El maestro redentor fue crucificado.
La docencia, rota en su esencia, tomó el camino del exilio. El destierro salvaguarda el derecho al bien, la verdad y la belleza. Algunos titanes, cual heroicos faros, se quedaron para iluminar a dos o tres almas estetas que lucha por no naufragar en el maloliente mar de las manchas.
Mi voz de protesta se une al grito descomunal de un público agraviado: Lo insustancial ofende al modelo cognitivo de la semiología de la imagen.
La academia se quejó con dolor moral. No pudo soportar una serie de logos símbolos diseñados por el acto insulso que cohabita con lo anodino. El ardite cromático levantó sus banderas cual cáfila de brochas gordas.
La imagen, centro vital del orden teológico, cayó bajo la dictadura ramplona de la chambonería. El desastre figurativo tuvo varias piezas para colocar en el Museo de las Lágrimas. Bicentenario, festival de teatro y juegos suramericanos. Esa trilogía perversa, tratado de teratología, niega el impulso del Génesis y su espíritu creador. Triunfo del trazo sobre la idea. Victoria de la forma sobre el significado. Burla sofista, carnaval de la mediocridad.
Los docentes elevaron su voz de protesta y el alumnado, embrutecido por el trasnocho en el lupanar, impuso las mayorías del tumulto. La turba arguyó el pago semestral de una cartulina, pasaporte al desempleo, para lavar sus conciencias. El maestro redentor fue crucificado.
La docencia, rota en su esencia, tomó el camino del exilio. El destierro salvaguarda el derecho al bien, la verdad y la belleza. Algunos titanes, cual heroicos faros, se quedaron para iluminar a dos o tres almas estetas que lucha por no naufragar en el maloliente mar de las manchas.
Mi voz de protesta se une al grito descomunal de un público agraviado: Lo insustancial ofende al modelo cognitivo de la semiología de la imagen.
miércoles, 24 de febrero de 2010
La ira de las guarichas
El Grupo de Río llegó a la cumbre del estupor turulato. La grotesca pendencia entre coperas mostró la esencia de la tierra del olvido, un fundo ubicado al sur de la civilización del cowboy.
El dúo de bribones sacó a flote el infortunio étnico de los sujetos criados por los antropófagos caribeños. La dimensión de la vergüenza creció hasta imponer el anatema de un silencio radical.
El Tercer Mundo paga por ver la cuota de circo con eunucos, pero por un acto superior de la libertad de prensa latinoamericana la función fue censurada.
El escenario posible es el siguiente:
En la esquina oriental de la barriada del sector 23 de Enero está Chávez, el efebo de Raúl Castro… En la esquina occidental de la comuna cocalera permanece Uribe, el Chalán Paraco.
Suena la sedición y las vecinas vociferan sus jergas de aguateras de San Victorino.
1. El matacán del Uribe se bajó de la silla del comedor. Se metió un tenedor entre la pretina del calzón y correteó, echando espumarajos, al zambo bochinchero a tajos de barbera. Las concubinas intervinieron para evitar el escándalo propio de un juzgado promiscuo municipal.
2. Las suripantas se jalaron las mechas y se revolcaron en el lodo cual estriptiseras celosas en finca de traqueto.
3. Los dos gamonales hicieron alarde de la esgrima de bordón. El guayacán o “terapeuta familiar” fue usado por Uribe para intentar abrirle una chaguala en la crisma a don bobo-livari-ano.
4. La diatriba furibunda contra el mulato cimarrón estuvo sazonada con denuestos fulleros como: “el chancroide, la granuloma inguinal y la linfogranuloma”.
5. El conato de guachada se originó por salivazo al piso y un reto de: “pise la raya y lo rayo, garnúplea.
6. Chávez quiso manosearle los glúteos a don Uribe. El paradigma de montañero atravesado desenfundó su Colt 45 e intentó aplicarle un falso positivo tipo seguridad democrática.
7. El par de truhanes se dieron en la jeta al mejor estilo de la movilidad bogotana. El chofer de buseta se lanzó energúmeno contra el taxista marrullero. La furrusca se caracterizó por utilizar las más nobles y vernáculas piezas de la hoplología muisca. La lid del niquelado, cruceta grasienta contra varilla oxidada, echó chispas.
8. El drama patibulario comenzó cuando se boleó cadena de bicicleta sobre la mesa. Maniobra propia de los camorreros de chichería. Las populares escenas son el reflejo de dos presidentes con almas ladinas y latinas.
9. La barrabasada se inició porque Uribe le eructó en la oreja izquierda a Chávez. La bestia castrista, ofendida, contestó con una apestosa flatulencia. La OMS los obligó a una evacuación de emergencia.
Lo último que se oyó en la sancochería de Playa del Carmen, (México) fue: “A la salida nos vemos y te zampo una muñequera”. “Marica, lo espero en la frontera y le azuzo a Rasguño”.
“Fidel, Uribe me quiere pegar”… y Chávez lloró cual petatera en comisaría de policía. Fin del histórico episodio entre los hijos bastardos de Santander y Bolívar.
viernes, 19 de febrero de 2010
La democracia enmascarada
La democracia enmascarada
La politiquería criolla se colocó su antifaz de carnaval, cual ideóloga de burdel, para salir a feriar el fango pestilente de una patria corrompida. Las alimañas electoreras se alistan para empollar sus falacias en el desastre de un destino vil.
La temporada del teatro callejero abrió la talanquera que detenía a los saltimbanquis. El populacho danza frenético ante el destello del tunjo idolatrado. La parranda, con papayera y tamal, apuntalan la barriga de los galeotes. Triunfo de la bromatología sobre la neumatología.
Saciada la infamia estomacal, los gamonales se enjuagan el gaznate con gárgaras de aguadecreolina para alebrestar a los lagartos. La babaza de sus arengas, aunque desinfectada, es tan ponzoñosa como la saliva de los dragones de Komodo. Lo que muerden lo pudren con su halitosis de bestias prehistóricas.
Los volatineros, sin piedad con la cordura, se asoman lujuriosos ante el tumulto malvado e indigesto para salivarlo con la felicidad hispanoamericana de las hipérboles. Las plazas levantan sus alaridos de chabacanería con el perifoneo atarván de la sicalipsis. Los traquetos proclaman el asueto de la silicona.
La guacherna lobuna acepta el mote de “constituyente primario”. La plebe delira enardecida ante ese apodo dominguero que enlaza a los cuadrúpedos cerriles al botalón de la hacienda. La Farsolandia celestina se empelota feliz en la fiesta bullanguera. La lascivia y los caudillos se juntan en un concubinato cuatrienal. La orgía les promete un lenitivo para el supositorio. El espinazo se dobla y se suplica una garrotera con derecho de pernada, quejido del mestizaje.
Lejos de los bueyes madrineros, los desdichados héroes que sostienen el andamiaje de la desbarrancada Colombia se preguntan: ¿por qué hacer una trapisonda tan costosa? Bastaría con elegir al sujeto del cual Belcebú se avergüence.
La respuesta apunta hacia un pacto sombrío con el sofisma. Ningún aspirante a sacar las bacinillas del solio de un caraqueño tuberculoso desea abstenerse del hurto patrocinado por las guarichas de Bacatá. Victoria de la rapiña.
La retahíla de los culebreros de mitaca es inmutable. La originalidad se permuta por la intriga que imponen los lambericas en las cacareadas agendas programáticas. El ejemplo se transcribe de un acto legal. La historia de la mentira delata la costumbre atávica del delito electoral. En el año de 1843, el Congreso Constitucional de la Nueva Granada se reunió para reformar la Constitución de 1832 y recetó en su artículo 11, parágrafo 2, que: “…Los derechos del ciudadano se pierden por vender sus sufragios o voto, o comprar el de otro en cualquier de las elecciones prescritas por esta constitución o la ley…”
La tramoya de los sicofantas sigue vigente en el 2010 porque los elegidos desde Jorge Tadeo Lozano hasta Álvaro Uribe trajeron la gusanera incurable del legalismo, el soborno y el látigo.
Los candidatos, de antaño y hogaño, son zoquetes vulgares cuyas manías altaneras están consagradas a la desgracia. La patraña, ente dual de sus significados apócrifos, emerge en sus bocas hipócritas como la doctrina de un eco canalla. Los convenios populistas se retractan cuando el bochinche se embriaga con el guarapo de contrabando. El cambio es radical y la estocada es en el morro.
La alegre procesión de los esclavos incita al mandarín para comprar amanuenses de cafetín. Ellos maquillarán sus imágenes con retorcidas coqueterías de rameras prepago.
Y el mal se triplica. De los lacras del bipartidismo se pasó a la calamidad de los trillizos. La oligarquía redomada, la academia mediocre y el comunismo felón se unieron bajo el brazo malhechor de una cofradía de tarambanas. La casuística del garito los vendió como agiotistas del nepotismo.
Entran y ladran en los recintos cerrados para el discernimiento porque son la voluntad de la inercia inútil. En sus discursos predomina la técnica de la iniquidad. La fragua del verbo soterrado ofrece el desquite parcelado por la alcahueta mayor, la señora corrupción, concubina del absolutismo.
Los esbirros del régimen de la pantomima, extasiados por la complicidad de las compras electoreras, mercadean el pacto anormal del cálculo contributivo ante el futuro desfalco. Las campañas, de las apestosas sanguijuelas, rifan ventoleras de montoneras proclives al bandolerismo. La petulancia de sus contumelias hiede a sepulcros blanqueados.
La hedentina contamina al Estado social sin derechos porque este se edifica sobre las huesamentas de una catástrofe de viudas y huérfanos. Las cenizas de las víctimas se jugarán entre traiciones de batracios y tenebrosos pactos con el capo extraditado. La fosa común es su santuario.
Al triunfar las miserias del embuste manzanillo, el tiranuelo se jugará el entresijo en un rito de hambrunas republicanas. Sus cortesanas, oportunistas y trepadoras, se disfrazarán con aclamaciones purulentas y elocuencias sin decoro. Ellas, las coperas melosas, se raparán las tripas del poder con vocación de cuervos roñosos. Burda pasión.
Arriba del que usurpa la montura habita el patrón de la desvalorizada mancebía. El industrial de la zozobra reclama los créditos de la bufonada. Abajo millones de mulatos, taimados y mañosos, se aprestan para imitar a sus amos en la obscena costumbre por elegir lo repugnante.
Así, el pueblo del bambuco arrienda la finca con bandera a la demagogia del fantoche irremediable. El país, emasculado, se prepara para soportar otro estrupo.
En conclusión, votaré por una voluptuosa candidata. Ella me satisface con su ironía, la desobediencia civil.
sábado, 14 de noviembre de 2009
Kaimán bogotanensis
Los caimanes del río Bogotá demuestran que Farsolandia es un criadero
de lagartos. La especie se niega a desaparecer a pesar de que sus homólogos se
multiplican por entre los pasillos del Capitolio Nacional.
La fama de los acorazados silvestres traspasó las fronteras. Una
señora, del sur del continente, me escribió para preguntarme si es verdad que
los saurios pueden vivir entre las mentiras criollas.
La respuesta es un
sí rotundo porque nuestros gobernantes son proclives a reptar ante el soborno,
estímulo de sus infamias. Ese comportamiento es parte integral de una identidad
fraudulenta. No en vano el ilustre monarca español, don Fernando El Católico,
incluyó un caimán en el escudo de armas de Santa María la Antigua del Darién.
(Real cédula del 16 de julio de 1515).
En este cafetal esquinero, la realidad se nutre con asombros
interminables porque la incredulidad es norma. Por eso, le contaré una historia
que prueba la existencia de los reptiles del orden de los Emidosaurios en
versión alcantarilla bogotana.
El hallazgo quedó consignado en mi Diario
de campo, fechado el siete de diciembre de 1997, día en el cual me enteré
de la existencia de un reservorio del caimán del Magdalena o caimán aguja (Crocodylus acutus) dentro de las pestilentes aguas del río
Bogotá.
Mi desconocida lectora, si le asaltan las dudas, intentaré dejar de
lado mi habitual sarcasmo y retomaré algunas notas del pasado. La idea es
satisfacer su curiosidad, aunque debe tener en cuenta que este pueblo bárbaro
lleva dos siglos, de criminal existencia, dedicado a matar su principal arteria
fluvial, el río grande de la Magdalena.
“El mesero
del lanchón restaurante El Capi, anclado en la porteña ciudad de Girardot, le
gritó a un desconocido: ‘No le arroje basura al río’. El infractor no obedeció
porque vivía en Flandes, Tolima. Los desperdicios cayeron como un bombardeo de
miseria desde una de las bases del puente ferroviario. Los chulos de las
orillas ratificaron que el botín no valía la pena. Están saciados de comer mierda
porque un par de kilómetros más arriba desemboca el río Bogotá con su mancha
negrísima de perpetua cloaca.
“El camarero
seguía vociferando. Discutía contra la corriente, la distancia y el viento. La
protesta era una salida irremediable contra el desastre. Él y su padre
organizaron un evento al que denominaron: “Primer rally
de canotaje. Volver al río Magdalena” y estamparon el logotipo del evento en una serie de camisetas
para promocionar la actividad. Los dos hombres quedaron enfrentados contra el abandono
de un Estado demente”.
Así estaban
los sucesos, antes de embarcarme en una canoa con rumbo hacia la Villa de Santa
Lucía de Ambalema, Tolima. Un serio inconveniente me cambiaría para siempre
el afecto por los medios masivos de comunicación. Un señor moreno, alto y
esforzado subió a bordo por la popa del planchón. Traía una red de pesca al
hombro. Sin saludar preguntó: “¿Quién es el periodista?”
La pregunta
sonó a problema.
Sin más
presentaciones me contó lo siguiente: “Hace una semana, mientras iba a recoger
cañas de las orillas fui atacado por tres caimanes. Eso sucedió cuando navegaba
por el río Bogotá hacia la desembocadura”. Me senté estupefacto sobre una mesa.
Imposible, le
dije. Eso no puede ser. Sus ojos tranquilos me miraron con lástima. Intentó
irse. Lo detuve para no faltarle al respeto. Espere, repítame los
acontecimientos.
Lo hizo y
agregó: “…Cortaba cañas para negociar con ellas en Girardot. Hice los atados y
regresaba. En un sitio ubicado a un día de camino, río arriba por el Bogotá,
los caimanes intentaron voltearme la piragua”.
El encuentro con las bestias incluyó varios ataques a la embarcación que
fueron repelidos a punta de remo y machete. El singular hecho fue comentado con
la comunidad y otras víctimas de los hambrientos animales.
No, insistí.
No es posible. El río Bogotá nace en el municipio de Villapinzón (Cundinamarca)
a 3.200 metros
sobre el nivel del mar. Al pasar por ese pueblo recibe su primer bautismo de
veneno por parte de las curtiembres. Le colorean su curso con una mancha roja y
el líquido del páramo sangra. En sus 255 kilómetros de
longitud recibe los excrementos de los municipios de Villapinzón, Chocontá,
Suesca, Nemocón, Sesquilé, Gachancipá, Tocancipá, Zipaquirá, Sopó, Cajicá,
Chía, Cota, Funza, Mosquera, Soacha, Sibaté, San Antonio del Tequendama, Tena,
El Colegio, La Mesa ,
Anapoima, Apulo, Agua de Dios, Tocaima y Girardot (289 m .s.n.m.). Además, el
Distrito Capital vierte a diario toneladas de material tóxico. Esto incluye las
lentas corrientes de los ríos, convertidos en letrinas, como el Tunjuelito, el
Salitre y el Fucha. Son 459 años de exterminio. En algunas zonas del río no hay
oxígeno…
Y aún así, en
varios meandros del cauce moribundo se pescan cangrejos que los gañanes devoran
con avidez. Los aparceros lavan las hortalizas y las vacas de ordeño beben sus
aguas sin que nazcan terneros con aletas dorsales.
Ese paisaje
contrasta con el comportamiento de los habitantes de la Inspección de Policía
de El Charquito, cerca del Salto de Tequendama, en Soacha. Muchos vecinos cruzan el río Bogotá a nado.
Ellos se han adaptado formidablemente a convivir entre la podredumbre de ese
sanitario. El municipio sólo se acuerda de esa comunidad cuando algún suicida
interpreta su último rito, la parábola del sacrificio… Bueno, y de ahí a que
existan los abuelos de los dinosaurios…
El sujeto me
miró imperturbable y se rió sarcástico. Consulté el caso con mis acompañantes.
El calor de 33 grados centígrados y las polas frías no les permitieron
interesarse por el tema. Entonces, indagué sobre la procedencia del personaje
con los dueños del planchón. Ellos afirmaron: “Es una persona honorable”.
“No pueden
habitar caimanes en el río más podrido del planeta”, afirmé con autoridad de
catedrático. El sujeto movió sus hombros y se volvió para burlarse de mí con un
gesto displicente. Se me alteró el genio. Nos preparamos para rompernos el alma
a puños. Los amigos intervinieron.
José Alberto
Ocampo y Pedro Torres, profesores de una importante institución universitaria,
me recordaron mis múltiples defensas sobre el bagaje cultural que guarda la
sabiduría popular. Hice silencio. Entre sorbos de cervezas y humo de tabaco,
los ánimos se aplacaron.
Lo reté para
volver al sitio del siniestro. El pescador me pidió algún dinero por arriesgarse
a regresar al lugar del ataque. Intenté abortar mi viaje por el Magdalena para
verificar la información, pero no tenía el mando de la expedición. Solo era un
docente invitado y subordinado a la lejana disciplina institucional. No los
podía abandonar porque existían compromisos afectivos muy profundos y la
palabra, lo vale todo. El lenguaje decidió la situación. Se apostó una botella
de aguardiente para saber quién tenía la razón.
La alegría,
la duda mortificante y el milagroso optimismo se interrumpieron porque una
lancha llegó para recoger al equipo de producción audiovisual del Departamento
de Humanidades de la Universidad los Libertadores.
Los alumnos
embarcaron en silencio. La nave, un tronco de madera hueca con unos
compartimentos transversales para uso de los pasajeros, se bamboleaba nerviosa.
Medía seis metros de largo por uno de ancho. Lentamente se alejó del
embarcadero y puso rumbo hacia el Norte por el centro del río Magdalena. No
había salvavidas para la duda que me quemaba…
El cronista
debe leer la verdad en los ojos, en los gestos, en el ambiente. Es un perro de
presa, un perdiguero. No deja el rastro hasta dar con la pieza. El pescador no
mentía. Siete semanas después viajé de la capital a Girardot con la misión
formal de pedirle perdón por mi alegato. No lo encontré. Le dejé el mensaje con
todas las explicaciones del caso. Nunca más lo volví a ver.
En el río
Bogotá, en el sitio conocido como “la Olla o la Bolsa” entre Tocaima y
Girardot, vivían caimanes de más de tres metros de largo. Esos ejemplares pertenecían a una
famosa raza. El caimán del Magdalena, el Crocodylus
acutus, extinto en varias zonas del país.
La prueba de pervivencia la escribió el
coronel J. P. Hamilton cuando fue agente confidencial de Su Majestad Británica
ante el Gobierno de Colombia en 1824. En su libro, titulado Viajes por el interior de Colombia, señaló:
“…Por la mañana temprano, el coronel Wilthew y el
señor Cade fueron a bañarse al río Bogotá, que dista milla y cuarto de la
ciudad. Como estaba inválido no pude darme el placer de este lujo. Toda el agua
que se trae a Tocaima procede del río y viene en grandes petacas (o jarras), a
lomo de burros o traída por mujeres. Hay unos pocos caimanes en esta parte
del río Bogotá, pero no tan grandes como los del Magdalena…”.
Los lugareños
de aquellos hediondos parajes me explicaron el secreto de la supervivencia. El
Bogotá sale de su sepulcro cuando se precipita por la caída del Salto de
Tequendama. Los 157
metros de vacío sirven para matar a la muerte. Algo de
oxígeno reaparece. El río Apulo y otros afluentes menores logran el milagro: la
vida resucita.
En aquellos
días, los monstruos habían conquistado las zonas más allá de los playones. Los
machos alfa entraron a buscar alimento en las piscinas de varios condominios campestres
que estaban en venta, entre las poblaciones de Ricaurte y Girardot. Incluso, un
ejemplar fue capturado en el río Sumapaz, en el área rural de Melgar (Tolima).
Nadie deseaba
el escándalo. Los constructores pautaban en los principales medios y ante un
aviso publicitario, la verdad se asesina en el matadero de las cuotas
publicitarias. No querían perder a sus clientes, también llamados “fuentes”.
El semanario El Tiempo-Cundinamarca, en su primera edición, publicó un artículo y
las fotografías de los caimanes del río Bogotá. Luego vino un espantoso
silencio porque un cazador, contratado para aniquilarlos, cumplía su tarea. En
1998, en la plaza principal de Tocaima vivían, entre un pozo, algunos
ejemplares de esa raza ferozmente indestructible.
Intenté
interesar a unos editores para que le contaran al mundo civilizado sobre el
tema. Nada. No era noticia que los reptiles se negaran a desaparecer del aquel
Leteo donde la hedentina rompe los pulmones.
Los planes
particulares por salvar a esos bichos sólo acumularon fracasos. Los equipos de
rescate nunca pasaron de ciertos puntos. La fetidez se podía oler a 500 pies de altura sobre
el río Bogotá. Los recursos económicos se agotaron entre ese estercolero.
Tiempos
después, una luz reconfortó la lucha vencida. En un informe de Proaves Colombia
se informó: “…Estado actual de un relicto poblacional del caimán
agujo (crocodylus acutus cuvier, 1807) en una zona del Magdalena medio, octubre
de 2004. “…La presencia de esta especie
en el territorio colombiano se ha calculado en 235.006 km2 de las áreas
hidrográficas del Caribe, Magdalena, Cauca y el Pacífico.
“Las más recientes
evaluaciones indican que C. acutus se encuentra en la parte
baja del río Bogotá así como en los ríos Bache, Cocorná, Man, Truandó, León,
Chintado y Tapias. Según los criterios del UICN, el Crocodylus acutus en
Colombia está en peligro crítico de extinción (CR), pues se estima que hay
menos de 250…”.
En los años 2006 y 2007 intenté nuevos
proyectos para preservar al kaimán (voz taína). Los patrocinadores me
condenaron al exilio afectivo por utopía manifiesta.
En la
cuaresma del 2008 regresé a Girardot dispuesto a terminar la tarea. Los
atracadores del sector tuvieron la gentileza de persuadirme del intento. La
antigua vía de ingreso a la desembocadura era un lugar invadido por la miseria
deteriorada en el caos.
Los tugurios
son trincheras de gentes buenas y guaridas de malandrines. Necesitaba escolta
policial. Los agentes del orden se negaron a oler y sentir el infierno en su
expresión acuosa.
Me quedé con
los recuerdos atados a la memoria. Me
fui para el lugar donde todo comenzó, el muelle flotante. Ahora denominado: “La Barca del Capitán Rozo”. El
dueño del restaurante, previas averiguaciones sobre mis indagaciones, me contó:
“…El año pasado por causas del invierno el río se creció y varios caimanes del
Bogotá salieron al Magdalena. Uno atacó
a una señora lavandera. Le mordió una pierna para arrastrarla hacia el agua. La
gritería nos alertó. Tuvimos que matarlo a machete…” El triste desenlace me
alegró. La población mantenía su
crecimiento a pesar de Colombia.
También narró
las aventuras de un viejo pescador que se murió aguardando una botella de
aguardiente que le debía un periodista. Fue un golpe bajo porque lo busqué
durante casi tres años por los puertos y burdeles del alto y medio Magdalena
para ofrecerle mis disculpas. Siempre llegué tarde. Mis recados viajaban con la
tardanza calentana.
El 4 de marzo
de 2008, sentado en la parte nueva del planchón, me bebía la fúnebre noticia. En ese momento
un grupo de caminantes dejó caer, desde el puente vehicular, montones de
pétalos de rosas sobre el Magdalena. El homenaje fabuloso despedía mi deuda con
un perfume delicado, la absolución. Miles de flores rojas teñían el sol para
despedir a mi nostalgia. Sus besos viajeros se posaron sobre la ruta de mis
sueños con caricias de viento.
La realidad
me regresó a la victoria del trauma. Los huevos incubados por los caimanes en
los playones del río muerto siguen eclosionando sus crías invencibles. Los
descomunales hocicos lograron burlar el oficio de los escopeteros. Un
comunicado de prensa de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR),
fechado el 18 de marzo de 2008, puntualizó:
“…En estado crítico se encuentra el
Cocodrilo Americano, también conocido en el centro del país como el Caimán
Aguja o Caimán del Magdalena, localizado, según el estudio, en la parte base
del río Bogotá y en la cuenca del río Negro…”.
Las ironías no pueden faltar en mi destino. En
diciembre de 1995 tomé vacaciones y opté por no saber nada de los periódicos. El Tiempo, en su edición del día 16,
publicó una nota que me habría ahorrado muchas ilusiones y sinsabores.
La información se tituló: “Caimanes playeros en
Girardot”. “…Como cumpliéndole una cita al sol, al mediodía los caimanes
salen del agua marrón y demuestran que son una leyenda que sobrevive entre
los ríos Magdalena y Bogotá. Es la hora en que duermen la siesta sobre una
playa improvisada…”.
viernes, 30 de octubre de 2009
Pilastra rota
La dirección editorial de Farsolandia se permite fijar una posición sensata sobre el justo despido de la columnista que, en un acto de inteligencia alienígena, logró descubrir que la familia Santos, la política y el periodismo son una sagrada trilogía llamada poder.
De acuerdo con el Manual de rectificación y credibilidad de don Laureano Gómez, supremo abanderado de las ideas de avanzada, la crisis se debió manejar así:
1. La reaccionaria columna no se publica y la redactora recibe una sanción jurídica. Control ético del gremio.
2. La contumelia artera y comunista se denuncia enfáticamente por la multimedia (diario, canal, revistas, sitios Web). La fuerza mediática pone al descubierto las conductas culposas y protervas del libelo infamatorio.
3. Los directores de los grandes medios, en un gesto de solidaridad, le cierran sus puertas con un titular de ignominia.
4. El Tiempo se declara víctima abusada por un tenebroso complot contra la objetividad, el culto a la verdad, la libertad de prensa y el derecho a la información.
5. La SIC le entrega a El Tiempo el premio Mártir de la libertad de expresión. Colombia marcha en un acto de desagravio moral.
6. La gacetillera traidora es reemplazada por el eminentísimo prohombre Ilmo. Sr. Dr. D. José Galat, para que defienda la vigencia de los principios inmutables.
7. Un mes después, la nota del conato de escándalo se publica en la sección de obituarios, sepulcro de la mentira.
De acuerdo con el Manual de rectificación y credibilidad de don Laureano Gómez, supremo abanderado de las ideas de avanzada, la crisis se debió manejar así:
1. La reaccionaria columna no se publica y la redactora recibe una sanción jurídica. Control ético del gremio.
2. La contumelia artera y comunista se denuncia enfáticamente por la multimedia (diario, canal, revistas, sitios Web). La fuerza mediática pone al descubierto las conductas culposas y protervas del libelo infamatorio.
3. Los directores de los grandes medios, en un gesto de solidaridad, le cierran sus puertas con un titular de ignominia.
4. El Tiempo se declara víctima abusada por un tenebroso complot contra la objetividad, el culto a la verdad, la libertad de prensa y el derecho a la información.
5. La SIC le entrega a El Tiempo el premio Mártir de la libertad de expresión. Colombia marcha en un acto de desagravio moral.
6. La gacetillera traidora es reemplazada por el eminentísimo prohombre Ilmo. Sr. Dr. D. José Galat, para que defienda la vigencia de los principios inmutables.
7. Un mes después, la nota del conato de escándalo se publica en la sección de obituarios, sepulcro de la mentira.
lunes, 10 de agosto de 2009
Yankees, welcome home
“…El presidente de los Estados Unidos es nuestro tótem y las bases militares son templos sagrados en cuyos altares oficiaremos el ritual de bienvenida a los marines…”.
El soberano dogma fue promulgado por un miembro del Centro Cultural Rafael Videla. Mi carcajada sonora y vigorosa aplaudió el sarcástico apunte. El ilustre personaje será premiado con la observación de mi colección de gorras made in USA. El colega contemplará un ejemplar original The big red one usado por la heroica Primera División de Infantería U. S. ARMY EST 1775.
La veneración por el invasor, emanada de una elevada conciencia vernácula, generó una trifulca esquinera y beoda. Infortunadamente, las fuerzas del orden no llegaron para someter a garrote a la turba insolente. Tuve que usar un argumento patriótico para llamarlos a la cordura: “Eviten ese frondio exceso de chauvinismo sabatino porque en Turbaco (Bolívar) tuvieron la gentileza de celebrarle el cumpleaños a Barack Obama”. Afortunadamente, el agrio licor republicano los tenía en el punto donde el brindis de chichería los vuelve conservadores.
Aproveché ese estado etílico para orientar sus vituperios hacia el ideal supremo. Les demostré la diferencia radical que existe entre la sublime civilización anglosajona y la vulgar mediocridad de los gamonales lupanarios enquistados en Sudamérica. Los zurdos, alcoholizados por su atrofiada servidumbre al leninismo, soltaron sus consignas repetidas en el nefasto primero de mayo.
Mi apostólica paciencia les explicó el porqué se gestó la maravillosa incursión yankee. Sencillo: La operación militar extranjera celebrará el Bicentenario de la Independencia Nacional. Me costó horas enseñarles los motivos que tuvo el Tío Sam para enviar sus portaaviones a instaurar el orden moral en estos chircales del soborno.
La primera razón es que la CIA no está recibiendo los dólares que la exportación de cocaína le produce a las Farc.
El dinero sucio, necesario para financiar operaciones limpias contra los talibanes, se perdió entre las arcas corruptas de Hugo Chávez. El homúnculo castrista se dedicó a sobornar las venas abiertas de Correa, Morales y Ortega. Por esos ductos circula la viciada hemoglobina proletaria.
Aquellos indígenas, ataviados con trapos presidenciales, predican que la litolatría es un retorno victorioso a los rituales cavernarios precolombinos. Los bastardos del libertinaje libertario de Bolívar esclavizan a las hordas del bochinche con la demagogia espuria de la argucia. Los hematófagos latinos destazan los estómagos de sus pueblos con raciones de suero.
Los mayordomos, administradores corruptos de las fanegadas sembradas por la revolución del desempleo, pusieron el grito en el televisor. Las bataclanas de Venezuela, Ecuador y Bolivia aullaron porque el patrón llegará para pedirles cuentas. Las repúblicas cocaleras esquilmaron al Imperio americano…Y la Sargentona de Miraflores se puso histérica.
Ella necesita un remedio para sus olvidos de pollo porque es una gallina que está perdiendo la memoria. Ya no se acuerda que le pasó a los forajidos Manuel Antonio Noriega, Salvador Allende y Saddam Hussein, entre otros fanfarrones. La retórica levantisca de esos truhanes sirvió para aumentar el presupuesto militar de los Estados Unidos. El gasto de pólvora en gallinazos se invirtió en teñir de gloria las garras del águila calva.
El recordatorio, para el mulato venezolano, es un aviso premonitorio. Su guardia jenízara lo venderá y lo entregará para solaz de la soldadesca, al estilo romano.
Expuesto el punto de la discordia es necesario salir del párrafo de los traidores para ingresar en las líneas de los matachines. Lo cual incluye cruzar la talanquera de la platanera para llegar a las maniguas de Farsolandia.
Allí, la gente de bien, clama por una invasión del sentido común apoyada por un pizca de sinceridad. A Colombia sólo se le pide que sea verdad la mentira. Por favor, coherencia entre el fraude y el sofisma. La coloquial y atrofiada cuna de Pacho Santander celebra el bicentenario de la infamia (año 199) con una marcha repleta de boñiga académica.
¿Quién sería el genio que determinó el rumbo de la manipulada Ruta Libertadora? El Ministerio de Cultura logró desbarrancar la poca identidad que había en esas trochas. Los caminos de herradura aún conservan el olor sudoroso de los libertadores de América, pero los perfumaron con meadas y papayeras.
La señora ministra y sus negros asesores decidieron adulterar la ruta e impunemente variaron los recorridos. El simulacro de cabalgata partió de Pore (Casanare) el 20 de julio.
El criminal hecho liquidó a mi egregia profesora de Historia Patria. Todavía la recuerdo cuando le enseñó a un condiscípulo el heroico trayecto. La delicada pedagoga tomó una regla de madera y le dijo: “Señor, estire la mano y repita después de mí…La Campaña Libertadora de 1819 partió del pueblo de Mantecal, Estado de Apure, en Venezuela, el día 27 de mayo…”.
El golpazo hizo retorcer a Pombo. El eco onomatopéyico aún suena en mis oídos. Cada sitio fue memorizado por un grito de colegial dolor. “…Guasdualito, Arauca, Pastora, Siramón, Betoyes, Tame, Corozal, Chire, Moreno, Brito, Pore, Nunchía, Morcote, Paya, Páramo de Pisba, Socha, Belén, Cerinza, Santa Rosa de Viterbo, Pantano de Vargas, Toca, Tunja, Puente de Boyacá, Ventaquemada, Chocontá y Santafé…”.
El sacrificio de la docente, para formar al estudiante, resultó inútil. Sus familiares me llamaron para notificarme el deceso de la maestra. Ella escuchó la transmisión de Señal Colombia y decidió morirse…“Horrores prefiriendo a pérfida salud”, así canta el himno de Núñez.
Los periodistas, que cubrían el evento caballar, apoyaron sus lamentables informes con los comentarios analfabetas de chinas valentonas disfrazadas de monigotes. Ellas repetían las retahílas aprendidas en las escuelas públicas donde se venera la mentira fundida en bronces de plazoleta. La genial estrategia militar de pasar por Pisba asesinó a la mitad del ejército sin disparar un cartucho. Fue una soberbia demostración del trastorno mantuano. Los lugareños de Socotá afirman: “Sumercé, a los soldados llaneros los mató el mal del páramo o sea quedaron emparamados”.
El irrespetuoso y grotesco carnaval finalizó con una peregrinación de semovientes. Los bridones esqueléticos, tras sucesivos relevos, relincharon fatigados. Las romerías de buhoneros y calentanos descalzos querían palmotearles las grupas en un gesto propio de un espectáculo circense. La fiesta cumbre del malabar histórico ocurrió el pasado siete de agosto, en el Puente de Boyacá.
Los organizadores del fracaso institucional querían celebrar los 190 años de la legendaria batalla. Las muchedumbres se quedaron con los crespos hechos. El presidente Uribe no asistió porque su Seguridad Democrática no le permitió untarse de carnestolendas.
El altar de la Patria fue profanado por las jaurías de lobos que se dedicaron a fagocitar sus viandas sabaneras. La Yurleidis y el Brayan Alexander llevaron a su Jeison a que hiciera popó debajo del puente. Las aguas del río Teatinos se llevaron la fetidez de una historia redactada por embusteros amnésicos y relatada por mitómanos.
Los mamertos callaron. Un bravío grito de independencia emergió de sus gargantas: “Yankees, welcome home”.
El soberano dogma fue promulgado por un miembro del Centro Cultural Rafael Videla. Mi carcajada sonora y vigorosa aplaudió el sarcástico apunte. El ilustre personaje será premiado con la observación de mi colección de gorras made in USA. El colega contemplará un ejemplar original The big red one usado por la heroica Primera División de Infantería U. S. ARMY EST 1775.
La veneración por el invasor, emanada de una elevada conciencia vernácula, generó una trifulca esquinera y beoda. Infortunadamente, las fuerzas del orden no llegaron para someter a garrote a la turba insolente. Tuve que usar un argumento patriótico para llamarlos a la cordura: “Eviten ese frondio exceso de chauvinismo sabatino porque en Turbaco (Bolívar) tuvieron la gentileza de celebrarle el cumpleaños a Barack Obama”. Afortunadamente, el agrio licor republicano los tenía en el punto donde el brindis de chichería los vuelve conservadores.
Aproveché ese estado etílico para orientar sus vituperios hacia el ideal supremo. Les demostré la diferencia radical que existe entre la sublime civilización anglosajona y la vulgar mediocridad de los gamonales lupanarios enquistados en Sudamérica. Los zurdos, alcoholizados por su atrofiada servidumbre al leninismo, soltaron sus consignas repetidas en el nefasto primero de mayo.
Mi apostólica paciencia les explicó el porqué se gestó la maravillosa incursión yankee. Sencillo: La operación militar extranjera celebrará el Bicentenario de la Independencia Nacional. Me costó horas enseñarles los motivos que tuvo el Tío Sam para enviar sus portaaviones a instaurar el orden moral en estos chircales del soborno.
La primera razón es que la CIA no está recibiendo los dólares que la exportación de cocaína le produce a las Farc.
El dinero sucio, necesario para financiar operaciones limpias contra los talibanes, se perdió entre las arcas corruptas de Hugo Chávez. El homúnculo castrista se dedicó a sobornar las venas abiertas de Correa, Morales y Ortega. Por esos ductos circula la viciada hemoglobina proletaria.
Aquellos indígenas, ataviados con trapos presidenciales, predican que la litolatría es un retorno victorioso a los rituales cavernarios precolombinos. Los bastardos del libertinaje libertario de Bolívar esclavizan a las hordas del bochinche con la demagogia espuria de la argucia. Los hematófagos latinos destazan los estómagos de sus pueblos con raciones de suero.
Los mayordomos, administradores corruptos de las fanegadas sembradas por la revolución del desempleo, pusieron el grito en el televisor. Las bataclanas de Venezuela, Ecuador y Bolivia aullaron porque el patrón llegará para pedirles cuentas. Las repúblicas cocaleras esquilmaron al Imperio americano…Y la Sargentona de Miraflores se puso histérica.
Ella necesita un remedio para sus olvidos de pollo porque es una gallina que está perdiendo la memoria. Ya no se acuerda que le pasó a los forajidos Manuel Antonio Noriega, Salvador Allende y Saddam Hussein, entre otros fanfarrones. La retórica levantisca de esos truhanes sirvió para aumentar el presupuesto militar de los Estados Unidos. El gasto de pólvora en gallinazos se invirtió en teñir de gloria las garras del águila calva.
El recordatorio, para el mulato venezolano, es un aviso premonitorio. Su guardia jenízara lo venderá y lo entregará para solaz de la soldadesca, al estilo romano.
Expuesto el punto de la discordia es necesario salir del párrafo de los traidores para ingresar en las líneas de los matachines. Lo cual incluye cruzar la talanquera de la platanera para llegar a las maniguas de Farsolandia.
Allí, la gente de bien, clama por una invasión del sentido común apoyada por un pizca de sinceridad. A Colombia sólo se le pide que sea verdad la mentira. Por favor, coherencia entre el fraude y el sofisma. La coloquial y atrofiada cuna de Pacho Santander celebra el bicentenario de la infamia (año 199) con una marcha repleta de boñiga académica.
¿Quién sería el genio que determinó el rumbo de la manipulada Ruta Libertadora? El Ministerio de Cultura logró desbarrancar la poca identidad que había en esas trochas. Los caminos de herradura aún conservan el olor sudoroso de los libertadores de América, pero los perfumaron con meadas y papayeras.
La señora ministra y sus negros asesores decidieron adulterar la ruta e impunemente variaron los recorridos. El simulacro de cabalgata partió de Pore (Casanare) el 20 de julio.
El criminal hecho liquidó a mi egregia profesora de Historia Patria. Todavía la recuerdo cuando le enseñó a un condiscípulo el heroico trayecto. La delicada pedagoga tomó una regla de madera y le dijo: “Señor, estire la mano y repita después de mí…La Campaña Libertadora de 1819 partió del pueblo de Mantecal, Estado de Apure, en Venezuela, el día 27 de mayo…”.
El golpazo hizo retorcer a Pombo. El eco onomatopéyico aún suena en mis oídos. Cada sitio fue memorizado por un grito de colegial dolor. “…Guasdualito, Arauca, Pastora, Siramón, Betoyes, Tame, Corozal, Chire, Moreno, Brito, Pore, Nunchía, Morcote, Paya, Páramo de Pisba, Socha, Belén, Cerinza, Santa Rosa de Viterbo, Pantano de Vargas, Toca, Tunja, Puente de Boyacá, Ventaquemada, Chocontá y Santafé…”.
El sacrificio de la docente, para formar al estudiante, resultó inútil. Sus familiares me llamaron para notificarme el deceso de la maestra. Ella escuchó la transmisión de Señal Colombia y decidió morirse…“Horrores prefiriendo a pérfida salud”, así canta el himno de Núñez.
Los periodistas, que cubrían el evento caballar, apoyaron sus lamentables informes con los comentarios analfabetas de chinas valentonas disfrazadas de monigotes. Ellas repetían las retahílas aprendidas en las escuelas públicas donde se venera la mentira fundida en bronces de plazoleta. La genial estrategia militar de pasar por Pisba asesinó a la mitad del ejército sin disparar un cartucho. Fue una soberbia demostración del trastorno mantuano. Los lugareños de Socotá afirman: “Sumercé, a los soldados llaneros los mató el mal del páramo o sea quedaron emparamados”.
El irrespetuoso y grotesco carnaval finalizó con una peregrinación de semovientes. Los bridones esqueléticos, tras sucesivos relevos, relincharon fatigados. Las romerías de buhoneros y calentanos descalzos querían palmotearles las grupas en un gesto propio de un espectáculo circense. La fiesta cumbre del malabar histórico ocurrió el pasado siete de agosto, en el Puente de Boyacá.
Los organizadores del fracaso institucional querían celebrar los 190 años de la legendaria batalla. Las muchedumbres se quedaron con los crespos hechos. El presidente Uribe no asistió porque su Seguridad Democrática no le permitió untarse de carnestolendas.
El altar de la Patria fue profanado por las jaurías de lobos que se dedicaron a fagocitar sus viandas sabaneras. La Yurleidis y el Brayan Alexander llevaron a su Jeison a que hiciera popó debajo del puente. Las aguas del río Teatinos se llevaron la fetidez de una historia redactada por embusteros amnésicos y relatada por mitómanos.
Los mamertos callaron. Un bravío grito de independencia emergió de sus gargantas: “Yankees, welcome home”.
jueves, 16 de julio de 2009
Bullaranga de animal grande
Farsolandia, en uso de sus facultades legales de orate circense, tipificó un sanguluto verbal. Las discusiones provinciales pasarán a formar parte integral del primer dogma nacional, el absurdo.
El primer caso, lo ilustran las diatribas entre los cuidadores de un narco-zoológico y los cazadores de hipopótamos en el río grande de la Magdalena. Los monteros usaron el sagrado derecho del fusil para defender el ecosistema calentano. Lo increíble es que sean atosigados con el corito celestial: “Hijueputas”. ¿Por qué no llamarlos hijuepótamos?
Los defensores de los pesados artiodáctilos deberían estar persiguiendo a los criminales (sus patrones) que tienen a más de 1.000 especies nativas al borde de la extinción.
¿Por qué será que los hijos de Farsolandia siempre se dan en la jeta por defender las pezuñas extranjeras?
Bienestar Social puede entregar esas bestias foráneas al apetito voraz de los famélicos desplazados del parque Tercer Milenio. Haga patria, cómase un hipopótamo.
La congregación pro Hippopotamus amphibius harían bien en entender que el Creador del universo estableció el hábitat africano para esos herbívoros corpachones. Además, sus ataques a las piraguas mantienen un control natural sobre las etnias de ébano.
Mi tesis conservacionista le súplica a los importadores de fauna silvestre que no vayan a aclimatar yaks tibetanos en el Nevado del Cocuy ni ornitorrincos en la laguna de Chingaza.
Mi planteamiento espera también un agravio eco-semántico que ningún mulero caldense pueda traducir a la infamia sonora. Así, la comisión de lexicografía de la Academia Colombiana será enriquecida por el insulto y denigrada por el elogio.
Quizás ese modelo lingüístico inspire al técnico del equipo América, Diego Édison Umaña, para modificar su singular invitación al Pascual Guerrero de Cali: “Americanos, va la madre si no llenamos el estadio”. Aplausos para el estratega de la sonora afrenta.
El denigrante epíteto que usará Umaña contra las progenitoras vallunas tiene una validez legendaria. Las reyertas callejeras recogen el vademécum de las enfermedades venéreas y las juntan con el oficio de las ex vírgenes vestales. Ahí, justamente, nace la típica, ibérica y legendaria “mentada de madre”.
Desde luego no tan altisonante como en las dehesas de Muequetá. Allí, el dialecto sabanero quedó preñado por las jergas fulleras. Hoy, en Bogotá, se escuchan frases criptográficas que surgen sin piedad del pudor comunicativo de los traquetos. Esos truhanes, según número de cédula, hacen fila en las taquillas del estadio El Campín para reclamar su derecho a ser estafados por el sistema financiero y el Estado corruptor.
La patria de Santander, una celestina complaciente, invitó a los guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes jailosos para que confesaran su vergüenza de tipo plantígrado. Ellos aceptaron haber sido vacunados por parte del criador de porcinos don DMG. (Denme millones, güevones).
Farsolandia y su folclor demosófico tienen tres nuevos cantos para novelizar su desgracia. Los fanáticos “americanos” aprendieron que el berrido del arriero los orienta en sus afectos futboleros. Los pescadores antioqueños crían hipopótamos nacionalizados en fincas ganaderas. Y los mafiosos ponen cara de marrano cuando reclaman las migajas legalizadas por el atraco de la república de Uribe Babá… Nos mordió Pepe, el hipopótamo.
El primer caso, lo ilustran las diatribas entre los cuidadores de un narco-zoológico y los cazadores de hipopótamos en el río grande de la Magdalena. Los monteros usaron el sagrado derecho del fusil para defender el ecosistema calentano. Lo increíble es que sean atosigados con el corito celestial: “Hijueputas”. ¿Por qué no llamarlos hijuepótamos?
Los defensores de los pesados artiodáctilos deberían estar persiguiendo a los criminales (sus patrones) que tienen a más de 1.000 especies nativas al borde de la extinción.
¿Por qué será que los hijos de Farsolandia siempre se dan en la jeta por defender las pezuñas extranjeras?
Bienestar Social puede entregar esas bestias foráneas al apetito voraz de los famélicos desplazados del parque Tercer Milenio. Haga patria, cómase un hipopótamo.
La congregación pro Hippopotamus amphibius harían bien en entender que el Creador del universo estableció el hábitat africano para esos herbívoros corpachones. Además, sus ataques a las piraguas mantienen un control natural sobre las etnias de ébano.
Mi tesis conservacionista le súplica a los importadores de fauna silvestre que no vayan a aclimatar yaks tibetanos en el Nevado del Cocuy ni ornitorrincos en la laguna de Chingaza.
Mi planteamiento espera también un agravio eco-semántico que ningún mulero caldense pueda traducir a la infamia sonora. Así, la comisión de lexicografía de la Academia Colombiana será enriquecida por el insulto y denigrada por el elogio.
Quizás ese modelo lingüístico inspire al técnico del equipo América, Diego Édison Umaña, para modificar su singular invitación al Pascual Guerrero de Cali: “Americanos, va la madre si no llenamos el estadio”. Aplausos para el estratega de la sonora afrenta.
El denigrante epíteto que usará Umaña contra las progenitoras vallunas tiene una validez legendaria. Las reyertas callejeras recogen el vademécum de las enfermedades venéreas y las juntan con el oficio de las ex vírgenes vestales. Ahí, justamente, nace la típica, ibérica y legendaria “mentada de madre”.
Desde luego no tan altisonante como en las dehesas de Muequetá. Allí, el dialecto sabanero quedó preñado por las jergas fulleras. Hoy, en Bogotá, se escuchan frases criptográficas que surgen sin piedad del pudor comunicativo de los traquetos. Esos truhanes, según número de cédula, hacen fila en las taquillas del estadio El Campín para reclamar su derecho a ser estafados por el sistema financiero y el Estado corruptor.
La patria de Santander, una celestina complaciente, invitó a los guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes jailosos para que confesaran su vergüenza de tipo plantígrado. Ellos aceptaron haber sido vacunados por parte del criador de porcinos don DMG. (Denme millones, güevones).
Farsolandia y su folclor demosófico tienen tres nuevos cantos para novelizar su desgracia. Los fanáticos “americanos” aprendieron que el berrido del arriero los orienta en sus afectos futboleros. Los pescadores antioqueños crían hipopótamos nacionalizados en fincas ganaderas. Y los mafiosos ponen cara de marrano cuando reclaman las migajas legalizadas por el atraco de la república de Uribe Babá… Nos mordió Pepe, el hipopótamo.
lunes, 29 de junio de 2009
Uribe está culeco
El huevero mayor de Farsolandia sólo produce gallinaza.
En el Foro Internacional de Responsabilidad Social, Uribe el mayordomo de los mandatarios, recibió una frase síntesis de la desgracia nacional: “Presidente, usted tiene huevo”. Liliana Pardo, autora del momento, le entregó un huevo y agregó: “A nombre del movimiento Tiene Huevo Presidente, porque usted tiene huevo y se lo tiene merecido”.
Así se incubó otro instante patético en la nidada histriónica donde la mediocridad se cloquea. Al infamante percance, entre huevones, no le bastó con el ridículo público sino con la internacionalización del huevar. La huevonada le dio la vuelta al gallinero porque Álvaro cacarea su reelección.
A Uribe le faltaron huevos para manejar la situación. Si es un tirano, como lo tildan en la izquierda oligárquica del Polo, debió convertir en tortilla a la heroica criatura.
Si quería dárselas de pedagogo, pues zámpele un bofetón de padre y señor mío por irrespetuosa. Déle zurriago o en su defecto machete para estar a tono con las fiestas del San Pedro.
Si la opción era demostrar tolerancia, la salida digna requería nombrarla asesora de sus críos, Tomás y Jerónimo. El par de sujetos son conocidos en el bajo mundo con los alías de Tom y Jerry porque les encanta montar empresas de huevas.
Si necesitaba ratificar su dudosa condición de ser humano habría hecho bien al quitarse sus alas de pájaro (paramilitar) y aletear cual terodáctilo hambriento.
Si deseaba demostrar que el yoga combate la iracundia, bien podría haberla atragantado con el apéndice de la gallina. Eso es parte de la propedéutica democrática: Amordazar.
Nada. Uribe nunca coincide con el libreto de las comedias electorales. Cuando se espera un crimen espontáneo se ciñe a la babosada. Y cuando las babas reclaman la dignidad varonil del berrido, él sale con alegatos frondíos.
El incidente entrará a la historia de las nidadas porque huevonear es parte de las ponedoras muiscas. Si al menos el huevote hubiera ocultado una granada, pero sólo tenía una yema política. El obsequio me indicó que Uribe no es un déspota del tipo Juan Vicente Gómez porque este colgaba a los cuatreros de los huevos.
El bochornoso espectáculo no me aclaró una duda. ¿Autócrata o pollo capón? La respuesta la tiene la intrépida huevera. Ella posee más huevos que los terroristas de las Farc y menos que los estudiantes de la Universidad Nacional, modelo 1967.
La dueña de la huevería logró favorecer al sector avícola de la recesión económica de Farsolandia, que técnicamente no existe, porque los hueveros promociona sus ventas con el anuncio: “Cómpreme el huevo de Uribe”.
Los restaurantes de la plaza del Siete de Agosto ya ofrecen la mazamorra de criadilla y el caldo de raíz con revueltos al estilo la Casa de Nariño.
En Palacio, el Batallón Guardia Presidencial le rinde honores a la bandera cuando los gallos de la Candelaria cantan: “Uribe tiene huevo de avestruz”.
En el Foro Internacional de Responsabilidad Social, Uribe el mayordomo de los mandatarios, recibió una frase síntesis de la desgracia nacional: “Presidente, usted tiene huevo”. Liliana Pardo, autora del momento, le entregó un huevo y agregó: “A nombre del movimiento Tiene Huevo Presidente, porque usted tiene huevo y se lo tiene merecido”.
Así se incubó otro instante patético en la nidada histriónica donde la mediocridad se cloquea. Al infamante percance, entre huevones, no le bastó con el ridículo público sino con la internacionalización del huevar. La huevonada le dio la vuelta al gallinero porque Álvaro cacarea su reelección.
A Uribe le faltaron huevos para manejar la situación. Si es un tirano, como lo tildan en la izquierda oligárquica del Polo, debió convertir en tortilla a la heroica criatura.
Si quería dárselas de pedagogo, pues zámpele un bofetón de padre y señor mío por irrespetuosa. Déle zurriago o en su defecto machete para estar a tono con las fiestas del San Pedro.
Si la opción era demostrar tolerancia, la salida digna requería nombrarla asesora de sus críos, Tomás y Jerónimo. El par de sujetos son conocidos en el bajo mundo con los alías de Tom y Jerry porque les encanta montar empresas de huevas.
Si necesitaba ratificar su dudosa condición de ser humano habría hecho bien al quitarse sus alas de pájaro (paramilitar) y aletear cual terodáctilo hambriento.
Si deseaba demostrar que el yoga combate la iracundia, bien podría haberla atragantado con el apéndice de la gallina. Eso es parte de la propedéutica democrática: Amordazar.
Nada. Uribe nunca coincide con el libreto de las comedias electorales. Cuando se espera un crimen espontáneo se ciñe a la babosada. Y cuando las babas reclaman la dignidad varonil del berrido, él sale con alegatos frondíos.
El incidente entrará a la historia de las nidadas porque huevonear es parte de las ponedoras muiscas. Si al menos el huevote hubiera ocultado una granada, pero sólo tenía una yema política. El obsequio me indicó que Uribe no es un déspota del tipo Juan Vicente Gómez porque este colgaba a los cuatreros de los huevos.
El bochornoso espectáculo no me aclaró una duda. ¿Autócrata o pollo capón? La respuesta la tiene la intrépida huevera. Ella posee más huevos que los terroristas de las Farc y menos que los estudiantes de la Universidad Nacional, modelo 1967.
La dueña de la huevería logró favorecer al sector avícola de la recesión económica de Farsolandia, que técnicamente no existe, porque los hueveros promociona sus ventas con el anuncio: “Cómpreme el huevo de Uribe”.
Los restaurantes de la plaza del Siete de Agosto ya ofrecen la mazamorra de criadilla y el caldo de raíz con revueltos al estilo la Casa de Nariño.
En Palacio, el Batallón Guardia Presidencial le rinde honores a la bandera cuando los gallos de la Candelaria cantan: “Uribe tiene huevo de avestruz”.
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