lunes, 19 de mayo de 2008

El siglo de las guerras

La desmembración a peinilla, patrimonio inmemorial colombiano, tuvo su época de luces negras. La Patria Boba y sus engendros escogieron el siglo XIX para experimentar con el crimen en forma de bochinche, revolución, independencia, conato, motín, atentado, secesión, constitución, sectarismo y alharaca de chichería.

La pregunta del paredón es: ¿Cuántas guerras civiles hubo en Colombia durante el siglo XIX? La respuesta exacta es que las cuentas no cuadran. Los ejemplos son contundentes.

Los historiadores Jorge Villegas y José Yunis escribieron en su libro La Guerra de los Mil Días: “…El siglo 19 en Colombia fue un permanente guerrear. Comenzó con los 14 años de guerra de independencia, que se prolongó hasta 1824 en la batalla de Ayacucho; durante el resto del siglo se dieron 8 guerras civiles generales, 14 guerras civiles locales, dos internacionales, y 3 golpes de cuartel; para rematar el convulsionado siglo en la guerra de los 1.000 días…”. Las guerras suman 26.

Eduardo Lemaitre en su obra Rafael Reyes citó: “…En los 73 años transcurridos desde 1830 hasta 1903, habían tenido lugar en Colombia nueve grandes guerras civiles, catorce guerras civiles locales, dos guerras internacionales y tres golpes de cuartel. Avaluadas por lo bajo, como lo hiciera en cierta ocasión don Jorge Holguín…”. Las guerras suman 25.

El oráculo del siglo XXI, la Internet, tiene otras cifras. La enciclopedia Wikipedia presenta dos tablas de contenidos: “Guerras civiles de Colombia en el siglo XIX”. La primera señala 10 guerras y la segunda 11. ¿Por qué será que en Farsolandia la suma de dos más dos es igual a cinco tercios y medio? La realidad histórica demuestra que las fechas y los sucesos sí coinciden con la tragedia.

Ahora, para desenredar el misterio vernáculo de las contiendas, es necesario fijar ciertos criterios que ayuden a esclarecer las cifras.

El Diccionario de la lengua española define guerra civil: “La que tienen entre sí los habitantes de un mismo pueblo o nación”.

En Colombia, el fenómeno bélico se dio de todas las formas y estilos. Ocurrieron guerras de semanas, meses, años y la que nunca existió. El 28 de julio de 1899, el presidente Manuel Sanclemente creó una guerra por decreto. Carlos Martínez Silva en la revista El repertorio colombiano, del 30 de agosto de 1899, escribió: “…Desde el 28 del pasado julio, nos hallamos oficialmente en estado de guerra en los departamentos de Cundinamarca y Santander. El gobierno lo ha decretado así, aunque la guerra no exista…”. Los bogotanos de antaño la llamaron la “Guerra Incruenta y Pacífica”. Las únicas batallas fueron de flores. (Farsolandia admitió que los heridos resultaron víctimas de las saetas de Cupido).

La tramoya no le quita a nuestros protogenocidas sus grandes aportes al desarrollo del conflicto nefasto, la carnicería degradada sobre el lomo labriego. La chispa guerrera la encendió la vanidad de los “chafarotes”, mediocres y arribistas. Los verdugos de la Patria asesinaron para lucrar sus vicios de rameras. Cualquier calentura, que les cupiera en la mollera de sus cuerpos desalmados, fue puesta en fase experimental en el laboratorio del delito.

Entonces, y de acuerdo con un esquema simple de ordenamiento de sucesos, intentaré resolver la incógnita. Evitaré, en lo posible, el comentario cáustico, pero no es una promesa formal. Para el cronista es un imperativo moral denunciar un tema que es absolutamente perpetuo e inmutable en Farsolandia, la mentira.

Suprimiré las citas bibliográficas. A cambio haré un brevísimo resumen sobre los hechos. Así podré dedicarme al supremo placer de pontificar, razón sublime de la cátedra.


1. La Primera Guerra Civil, 1812-1813.

La reyerta callejera de 1810, entre criollos y pulperos, sirvió para que el afónico grito de Independencia se convirtiera en un alegato de alevosos. Los hijos de la boba patria se dividieron en federalistas y centralistas. El presidente de las Provincias Unidas, Camilo Torres, y el presidente de Cundinamarca, Antonio Nariño, nunca se pusieron de acuerdo sobre el fin de la emancipación.

El 4 de octubre de 1812 se reunió el Congreso en Villa de Leyva. Los perjuros deciden hacerle la guerra a Cundinamarca. Después de la derrota de los federalistas, en la batalla de San Victorino (9 de enero de 1813), se firmó la paz y la unión contra el enemigo común, España.

2. La Primera Guerra de Independencia, 1813-1814.

La Campaña del Sur, liderada por Antonio Nariño, combatió por la causa independiente. Los pastusos, fervientes devotos de la monarquía española, lo derrotaron. Los patianos y pastusos sentían devoción fanática por el rey Fernando VII. Las memorias de un abanderado de José María Espinosa narran el fin de aquella intentona heroica.

3. La Segunda Guerra Civil, 1814-1815.

Federalistas contra centralistas. Bolívar se tomó a Santa Fe de Bogotá con la ayuda de los federalistas. Luego emprendió la Campaña de la Costa (1814-1815). Cartagena de Indias, bajo el control de Manuel del Castillo y Rada, le niega el apoyo a Bolívar. El futuro tirano le pone sitio durante mes y medio a La Heroica. Al llegar el Pacificador a Venezuela y, atacado por los realistas de Santa Marta, Simón Bolívar huye para salvar el pellejo. El gran estratega de la fuga se embarcó, el 9 de mayo de 1815, con rumbo a Jamaica.


- La Reconquista Española, 1815-1816.

La contraofensiva ibérica inició con el sitio de Cartagena por don Pablo Morillo. Lo imperdonable de este episodio, único y feliz, es que haya dejado escapar a Francisco de Paula Santander Omaña.

- El Régimen del Terror, 1816-1819.

Nombre que recibió el período impuesto a los traidores al Rey por el magnánimo Pablo Morillo, conde de Cartagena. Época sostenida por Juan Sámano. La Huerta de Jaime (¿Parque de los Mártires?) fue testigo del fusilamiento de una caterva de traidores que se autoproclamaron: “Altezas Serenísimas”.

4. La Segunda Guerra de Independencia, 1819-1824.

Los hechos bélicos los determinan la Campaña Libertadora y la posterior independencia de la Nueva Granada. La Gran Colombia ayudó a liberar al Perú y Bolivia (1822-1824).

5. La Guerra contra el Perú, 1828-1829.

Las relaciones entre Lima y Bogotá eran tensas por la existencia de cuarteles colombianos en Bolivia (Alto Perú). El general Agustín Gamarra, un peruano expansionista, quería anexarse Bolivia. Él montó cierta trifulca para sacar al mariscal Antonio José de Sucre del Gobierno. Bolívar le declaró la guerra al Perú por intervención armada en Bolivia.

En noviembre, la escuadra peruana bombardeó a Guayaquil (puerto de la Gran Colombia) y fue rechazada. Más tarde, el general La Mar invadió las provincias de Loja y Cuenca. Combates con Sucre y movimientos estratégicos. Y por fin, en la batalla del Portete de Tarqui (27 de febrero de 1829) los soldados colombianos, bajo el mando del Mariscal de Ayacucho, les propinaron a los peruanos una derrota en toda la línea. Fin de la pugna. Los límites entre los dos países se fijaron de acuerdo con la división política del Virreinato de la Nueva Granada en 1809. Lástima del lote.

6 La Guerra Civil de 1828.

El conflicto comenzó con los levantamientos en el Cauca de José María Obando y José Hilario López. Los felones proclaman la Constitución de Cúcuta (1821) y le declaran la guerra a Bolívar. El dúo de traidores anexó parte del territorio sur al Ecuador.

Obando derrotó en la batalla de La Ladera (noviembre de 1828) a Tomás C. Mosquera. El oficial batió un registro de velocidad por fuga en combate. El patrón abandonó las tropas y cruzó la cordillera central para ponerse a salvo.

El general José María Córdova restauró el orden en la provincia. Bolívar, para premiar a sus enemigos, expidió un indulto (enero de 1829) que luego fue ratificado por el Tratado de Juanambú, el 2 de marzo de 1829.

7. La Guerra Civil de 1829.

La sustenta la rebelión del general José María Córdova en la provincia de Antioquia contra la dictadura de Bolívar (septiembre-octubre de 1829). El héroe de Ayacucho, fue asesinado por el mercenario irlandés, Ruperto Hand, después de haberse rendido en la batalla del Santuario.

8. La Guerra Civil en Cundinamarca, 1830.

El choque lo inició la insurrección del batallón Callao. Combates en Zipaquirá y cerca de Santa Fe de Bogotá. Derrocamiento del presidente Joaquín Mosquera, agosto 27 de 1830. Después de la capitulación el poder quedó en manos de los revolucionarios.


9. La Guerra Civil de 1830-1831.

La dictadura del general Rafael Urdaneta, contra las huestes santanderistas, partidarias de la anarquía jurídica, no tuvo éxito. La pelea finalizó con el Convenio de las Juntas de Apulo, abril 28 de 1831.

10. La Guerra Civil en el istmo de Panamá, 1831.

La segunda separación del Istmo en siglo XIX (del 9 de julio al 29 de agosto de 1831) gestó el encuentro de armas. El general venezolano Juan Eligio Alzuru, apoyado por mercenarios, derrocó al general José Domingo Espinar y se convirtió en tirano. El déspota fue vencido en combate por Tomás Herrera y fusilado.

11. La Guerra Civil de 1839. (La Revolución de los Conventos. Mayo-agosto).

El Congreso de 1839, motivado por ciertos intereses oscuros, expidió un decreto por el cual se suprimían unos conventos de Pasto. Los recintos religiosos eran San Francisco, La Merced, Santo Domingo y San Agustín.

Los pastusos se amotinaron, derrotaron a las tropas oficiales y obligaron a capitular al gobernador. Los monarcas de la Sabana le mandaron a Pedro Alcántara Herrán que resultó vencido. Se firmó el Indulto de los Árboles, el 30 de junio de 1839.

La tregua se rompe y la matanza continúa. Dos meses después, en la batalla de Buesaco, Herrán impone la paz con las bayonetas oficiales.


12. La Guerra de los Supremos, 1840-1842.

Los gamonales decimonónicos luchan por el gran poder feudal.
En julio de 1840, después de que José María Obando decidiera someterse al Gobierno de José Ignacio de Márquez se enciende la revuelta. La obediencia tenía un fin. Obando sería juzgado por el asesinato del mariscal Antonio José de Sucre. Márquez violó el acuerdo de Los Árboles. El sindicado se fugó de la cárcel e inició un alzamiento para devolverle, según él, la libertad y la integridad a la Nueva Granada.

Obando se hizo llamar: “Supremo Director de la Guerra en Pasto, General en Jefe del Ejército Restaurador y Protector de la Religión del Crucificado”.

Ante la baladronada, los demás caudillos de macheteros no podían quedarse atrás. Ellos optaron por la misma payasada. Reyes Patria, en Tunja; Juan A. Gutiérrez, en Cartagena de Indias y Salvador Córdova en Antioquia, entre otros truhanes, se denominaron “Comandantes Supremos” de sus propias peonadas. De esa farsa sangrienta surgió el nombre de: “Guerra de los Supremos”.

El infortunio finalizó con el acuerdo de Sitio Nuevo entre Pedro A. Herrán y los Supremos de la Costa Norte.

13. La Guerra Civil de 1851.

La falsaria revolución económica y masónica del presidente José Hilario López ofendió a los conservadores. Ellos no querían entregar sus dominios ni popularizar sus costumbres, herencia colonial de los encomenderos.

El señor López, motivado por su eterna vocación de asno, se dejó montar del partido liberal (radicales). La bancada roja logró expedir la Ley de 15 de mayo de 1850 que destacó la pasión por el embrutecimiento formal: “…El grado o título científico no será necesario para ejercer profesiones científicas…”. “…Suprímese el grado de bachiller. Suprímense las universidades…”.

Ante la aberración académica, la guerra resultó un invaluable patrimonio cultural colombiano.

14. La Guerra Civil de 1854.

La Constitución de 1853 fue la disculpa para atizar los odios entre artesanos y cachacos. (Ruanas contra casacas). Barrio de la Catedral contra barrio de las Nieves.

El pueblo raso apoyaba al presidente José María Obando y su comandante de Ejército, José María Melo. Los artesanos de las Nieves no gustaron de la nueva Constitución por considerarla patrimonio de la gentes con monopolios, los gólgotas (liberales).

El 17 de abril de 1854, el general José María Melo depuso a José María Obando con el respaldo popular. Automáticamente, la oligarquía liberal y conservadora se unió para tumbar la dictadura del golpista. La guacherna no tiene derechos.

Mosquera y su yerno, Pedro Alcántara Herrán, apoyados por el dueño del Tolima Grande, José Hilario López, se juntaron en un delirio de asesinos. Fundieron sus ejércitos privados. La batalla final la ganaron los amos de la mentira. Bogotá, diciembre 4 de 1854. A los chusmeros vencidos los enviaron a Panamá para que se los tragara la malaria.


15. La Guerra Civil en el Estado Soberano de Santander, 1859.

Los coroneles conservadores Habacuc Franco y Juan José Márquez se levantan en armas contra el Gobierno del Estado de Santander. Pendencia del 2 de marzo al 4 de abril de 1859.

16. La Guerra Civil en el Estado Soberano de Bolívar, 1859.

Los liberales se rebelan contra el Gobierno de la Confederación. (26 de julio de 1859). Nombran al general Juan José Nieto jefe del ejército revolucionario. Él alistó contingentes que batieron, en varios encuentros, a las tropas oficiales.

17. La Guerra Civil en el Estado Soberano del Cauca, 1860.

El coronel José Carrillo por orden del presidente de la Confederación Granadina, Mariano Ospina Rodríguez, intentó derribar al intendente del Cauca, Tomás Cipriano Mosquera. El 26 de enero de 1860, Carillo le pone sitio a Cartago. Mosquera envió al general Pedro José Murgueitio que murió en combate. El 22 de febrero Carillo abandonó Cartago. El fin de la lucha abrió la siguiente fosa para sepultar la vida campesina.

18. La Guerra Civil de 1860-1863.

El presidente Mariano Ospina Rodríguez quería modificar la estructura administrativa de los Estados de la Confederación por medio de las armas. Se le opuso el partido liberal, defensor del federalismo. Ospina decretó borrar del escalafón militar a Mosquera y lo declaró subversivo y sedicioso (4 de abril de 1860). Tomás C. Mosquera respondió con la separación del Cauca de la Confederación Granadina (8 de mayo de 1860). Los conservadores perdieron el conflicto. La Constitución de Rionegro (1863) cambió el panorama político.


19. La Guerra contra el Ecuador, 1863.

Las fuerzas ecuatorianas, lideradas por Juan José Flórez, invaden el sur de Colombia. El fin del trágico sainete sucedió en la batalla de Cuaspud, Nariño (6 de diciembre de 1863). Al Tratado de Pinzaquí (nombre de la finca de Flórez) lo único que le faltó fue agradecerle a las tropas enemigas por el ataque. Lo firmó, el 30 de diciembre 1863, Tomás C. Mosquera.

20. La Guerra Civil en el Estado Soberano de Antioquia, 1864.

Pedro Justo Berrío encabezó un alzamiento conservador que destituyó del mando al radical Pascual Bravo. Los antioqueños no quisieron someterse a una autoridad que había perseguido a los conservadores que apoyaron el anterior régimen. No perdonaron, el destierro del obispo Domingo Antonio Riaño. La revuelta se armó en el sur y en el oriente del Estado. La guerra acabó con el dominio de Bravo. Berrío, el vencedor, fue aclamado como presidente. En abril de ese mismo año (1864) logró el reconocimiento del Gobierno Federal y mantuvo el Estado dentro de la Unión Colombiana.

21. La Guerra Civil en el Estado del Cauca y conatos de insurrección en Cundinamarca, Boyacá y Tolima, 1865.

Los conservadores se sublevaron contra el Gobierno de Estado del Cauca (19 de octubre de 1865). Las tropas estaban capitaneadas por el general Joaquín María Córdoba. Los alzados obtuvieron un triunfo a orillas del río Tuluá, el 23 de octubre y el 26 del mismo mes los derrotó el general Eliseo Payán en La Polonia.

El presidente de los Estados Unidos de Colombia, Manuel Murillo Toro, elevó el pie de fuerza del Ejército a 10.000 hombres para controlar la situación bélica en Cundinamarca.


El movimiento contra el presidente del Estado del Tolima, Clímaco Iriarte, fue sofocado en pocos días. La lidia no pasó a mayores males porque los jerarcas conservadores desautorizaron la ofensiva. Los generales godos como Espina, Diago, Posada Gutiérrez y Ucrós se pusieron a órdenes del Gobierno. El orden público se restableció en Cundinamarca el 30 de noviembre y el 6 de diciembre, en el Tolima. Antioquia apoyó a Murillo Toro y prohibió los sublevamientos en su territorio.

22. La Guerra Civil en el Estado Soberano del Tolima, 1867.

La alianza nacional, entre conservadores y radicales, para derrocar al presidente Tomás C. Mosquera se tradujo en una corta matanza civil. La recuperación del poder federal quedó en las manos de los godos.

23. La Guerra Civil en el Estado Soberano del Cauca, 1867.

El 16 de agosto se alteró el orden público en el cantón de Supía. Después, el levantamiento armado se realizó en Tumaco y Barbacoas. Como consecuencia se reclutaron fuerzas nacionales en el Tolima y se acantonaron tropas de la Guardia Colombiana en Manizales. Los mosqueristas temían una invasión al Cauca por parte de la Unión.

La razón del conflicto era las luchas entre las facciones liberales. Los cofrades del delito optaron por el diálogo entre puñales. Las espaldas las colocaron los labriegos.

El Gobierno del mosquerista Andrés Cerón (1869-1871) reprimió militarmente a los insurgentes de su jurisdicción. Cumplida la degollina llamó a indulto general por medio de los decretos del 17 de septiembre y 18 de octubre de 1867.


24. La Guerra Civil en el Estado Soberano de Boyacá, 1871.

Los draconianos se levantaron en armas contra el presidente del Estado de Boyacá, Felipe Pérez. Hubo combates en Soracá y Paipa. El mandatario, vencido en Soracá, acudió a las leguleyadas. El funcionario convocó a la Asamblea Legislativa a sesiones extraordinarias, y solicitó del Poder Ejecutivo Federal: “El cumplimiento o efectividad del artículo 22 del pacto federal”. Este declaraba inmunes a los miembros de las legislaturas de los Estados por el tiempo que su respectiva Constitución determinase. El mensaje, con fecha 4 de febrero de 1871, está publicado en el número 1.212 del Diario oficial.

25. La Guerra Civil de 1875.

Los Estados Soberanos de Bolívar, Panamá y Magdalena se sublevan contra el Gobierno de la Unión. En agosto, los Estados de Panamá y Bolívar habían declarado oficialmente el inicio de hostilidades contra la Administración del presidente Santiago Pérez.

26. La Guerra Civil en el Estado Soberano del Cauca, 1876.

El motor de la trifulca es la campaña electoral de 1875-76. El presidente Pérez (radical) impedía las elecciones en contra de los liberales independientes. La respuesta generó un movimiento revolucionario en el Estado del Cauca contra el mandato de César Conto. Francisco Mosquera y sus guerrillas atacaban a las huestes liberales del radicalismo. Conto no podía pedir ayuda al Ejecutivo Nacional porque no había agresión externa. Los Estados conservadores definieron el asunto. Tolima y Antioquia invadieron el norte del Cauca. Sergio Arboleda se declaró presidente del Estado y Supremo Director de la Guerra (julio de 1876).


27. La Guerra Civil de 1876-1877.

El Gobierno liberal de Aquileo Parra (radical) declaró turbado el orden público general (16 de agosto de 1876) porque entendió que la invasión al Cauca no tenía por misión destronar a Conto. El objetivo era atacar al liberalismo. Las fuerzas conservadoras fueron vencidas en la batalla de los Chancos por el general Julián Trujillo (31 de agosto de 1876). Los derrotados se retiraron a Manizales para seguir en la lucha con nuevos refuerzos. Los godos perdieron el conflicto (5 de abril de 1877), pero ganarían el poder en 1880.

La revancha se hizo a lo colombiano. Jerarcas del Estado Vaticano y políticos nacionales se aliaron con un ateo, liberal, adúltero, envenenador, perjuro y bígamo llamado Rafael Núñez para aniquilar al Olimpo Radical (liberales y masones).

28. La Guerra Civil en el Estado Soberano del Cauca, 1879.

En el Estado Soberano del Cauca, los liberales independientes se arman y atacan a los liberales radicales. Las muertes comenzaron en marzo durante el proceso electoral. Los sitios afectados fueron Popayán y Quindío, entre otros lugares. Los seguidores del señor Ezequiel Hurtado (hurtadistas) no participaron en las elecciones del 2 y 9 de marzo de 1879.

La siguiente fase de ese período se conoce como la Revolución del 21 de Abril. La masacre se generalizó con la ayuda de los caudillos locales pertenecientes al Partido Independiente. Ellos se denominaron Jefes Civiles y Militares. Eliseo Payán, el día 22, se denominó Jefe Civil y Militar del Cauca. Los liberales independientes toman a Cali y ganan la partida. Se expidió decreto de amnistía para aquellos que reconocieran el nuevo Gobierno (decreto 28 de 1879).


29. La Guerra Civil entre los Estados Soberanos de Bolívar y Magdalena, 1879.

José María Ocampo Serrano y las tropas del Estado de Bolívar invadieron el vecino Estado del Magdalena (27 de mayo). Los combates se dieron cerca de la Cienaga. Los agresores ocupan Santa Marta y derrotan a los radicales.

30. La Guerra Civil en el Estado Soberano de Antioquia, 1880.

Los conservadores perdieron el poder en Antioquia después de la guerra de 1876. El mando regional quedó en manos de un liberal radical, el general caucano Tomás Rengifo. El oficial reemplazó al presidente titular, el general Julián Trujillo. Trujillo se marchó para ejercer la presidencia de los Estados Unidos de Colombia (1878). Los liberales antioqueños no querían a los liberales del Cauca, sus aliados.

En enero de 1880 Tomás Rengifo, presionado por los liberales antioqueños, se retiró del mando y dejó encargado a Pedro Restrepo Uribe, un comerciante de su entera confianza. Contra él se rebeló el escritor Jorge Isaacs apoyado por Ricardo Gaitán Obeso y otros militares foráneos.

Don Jorge se declaró Jefe Civil y Militar (28 de enero) y el primero de febrero, presidente provisional del Estado de Antioquia. No contento con aplastar a sus opositores arrestó al presidente Restrepo Uribe. El Gobierno de la Unión (Julián Trujillo) envió tropas para defender al gobernante depuesto. Isaacs se sometió y firmó, el 7 de marzo, un acuerdo de paz con Pedro Restrepo Uribe. La maniobra de Trujillo aseguró el voto de Antioquia para Núñez en el siguiente período presidencial (1880-1882).


31. La Guerra Civil en el Estado Soberano de Santander, 1884.

El 17 de agosto, el jefe liberal Ceferino Navas se declaró en abierta rebelión contra el presidente del Estado de Santander. El 10 de septiembre de 1884 se ratificaron los acuerdos de paz.

El Gobierno central por medio del decreto 1052 del 18 de diciembre de 1884 declaró perturbado el orden federal en los Estados de Santander, Boyacá, Cundinamarca, Magdalena y las provincias de Bolívar, situadas en la orilla del río Magdalena.

El 26 de diciembre de 1884, el presidente del Estado de Boyacá, Pedro José Sarmiento, informó al ejecutivo sobre la tregua: “… Estados Unidos de Colombia -Presidencia del Estado de Boyacá- número 196. Al ciudadano Presidente de la República: Tunja, diciembre 26 de 1884. Excelentísimo señor: “…Con la mira de salvar la paz nacional, de conservar la legitimidad -amenazada por la guerra- y las instituciones mismas, sin derramamiento de sangre, se celebró una exponsión entre los jefes de las fuerzas nacionales y las de la revolución, con intervención mía...”.

32. La Guerra Civil de 1885

“…El general Vargas Santos tuvo de conocimiento el primero ó 2 de enero de la violenta ruptura de la exponsión”, escribió Foción Soto en su libro Memorias sobre el movimiento de resistencia a la dictadura de Rafael Núñez 1884-1885. Las tropas nacionales invaden el Estado de Boyacá.

Los revolucionarios radicales se levantan contra la gestión del “Filósofo del Cabrero”. Los liberales son derrotados en la batalla de la Humareda. La Constitución de 1886 acabó con el Olimpo Radical.

33. La Guerra Civil de 1895.

El partido liberal patrocinó un movimiento armado para apoderase del presidente (22 de enero). En Facatativá se levantaron algunas partidas armadas. El 23 de enero se declaró turbado el orden público en los departamentos de Santander, Tolima, Boyacá y Cundinamarca. La providencia se extendió a toda la República el día 24 y la desgracia comenzó. (Liberales contra el sistema conservador). El 9 de noviembre de 1895, el decreto número 499 levantó el Estado de Sitio de la República. Se dieron indultos y excepciones. Fin de la furrusca.

Rafael Reyes, el Vencedor de Imposibles, a paso de huracán salvó a la República del motín liberal. Narrada así como suena de bonita la historia nacional, ¿no?, mi querido lector.

34. La Guerra “Incruenta y Pacífica” de 1899.

Según la revista El repertorio colombiano no produjo muertes, pero sí incontables pérdidas económicas.

35. La Guerra de los Mil Días, 1899-1902.

El 17 de octubre de 1899, en Santander, Paulo E. Villar y Juan Francisco Gómez iniciaron la revolución liberal contra el dominio conservador. La lucha duró 1.128 días. La contienda finalizó con “la derrota de Colombia”, tres tratados y de ñapa se perdió Panamá.

1. Tratado de Neerlandia. (Finca bananera ubicada entre y Cienaga y Aracataca, Departamento del Magdalena). Firmado el 24 de octubre de 1902.
2. Tratado de Wisconsin. (Acorazado estadounidense). Firmado en Panamá el 21 de noviembre de 1902.
3. Tratado de Chinácota. (Norte de Santander). Firmado el 21 de noviembre de 1902.


Los golpes de Estado. (Subieron de tres a seis).

1. El 17 de abril de 1854. El general José María Melo derrocó al presidente José María Obando.

2. El 29 de abril de 1867. El presidente Tomás Cipriano Mosquera declaró disuelto el Congreso y asumió como dictador.

3. El 23 de mayo de 1867. Santiago Pérez y sus áulicos tumbaron la dictadura de Mosquera. Asume la presidencia Santos Acosta.

4. El 9 de octubre de 1868. El gobernador del Estado Soberano de Cundinamarca, Ignacio Gutiérrez Vergara, disolvió la Asamblea Legislativa de Cundinamarca y militarizó la capital.

5. El 10 de octubre de 1868. El presidente de la Unión, general Santos Gutiérrez, depuso a Ignacio Gutiérrez de la Gobernación de Cundinamarca.

6. El 31 de julio de 1900. El vicepresidente José Manuel Marroquín le dio un golpe de Estado al presidente Manuel Antonio Sanclemente.

Los conflictos, incluidos las internacionales, son 34. Tuvieron ocurrencia entre 1812 y 1899. El promedio es macabro. En un lapso de 87 años se produjo una refriega cada 2,55 años. (No se contabilizó la decretada “guerra pacífica de 1899”).

En síntesis, el resumen suma y demuestra que las cuentas eran bien diferentes. El abuso de los perjurios banderizos es causa de mil olvidos patrocinados por los encargados de maquillar los sofismas. Los sepultureros de la Historia viven de homenajear estatuas. Oficio en que los acólitos de la trapisonda adulteran la verdad para ofrendarla a sus ídolos.

martes, 6 de mayo de 2008

Páginas feriales

La vigésima primera feria del libro en Bogotá me explicó el porqué el índice de lectura en Colombia es de 1,6 libros por año. Lee más un analfabeto dormido que mil colegiales.

La horda de cachifos uniformados se infiltró en los pabellones para recoger tarjetitas, las bolsas de promoción del almanaque Bristol y sacarse los mocos ante las cámaras de televisión.

La invasión desencadenada por una pubertad en fiesta fue aprovechada por los profesores para descansar de la “dictadura” de clases. El asueto resultó crítico: “Vayan a la feria y de tarea escriben un ensayo sobre lo que vieron”. Esa orden y las explicaciones académicas de Capulina son del mismo inútil libreto de la chabacanería criolla.

Además, los padres de familia no tuvieron la gentileza de aumentar la mesada para comprar una cartilla Coquito. Los benefactores todavía están pagando los textos escolares de enero.

Los que sí encontraron un motivo para extorsionar a los progenitores fueron los jardines infantiles con un simulacro de salida pedagógica. Filas interminable de párvulos enganchados por el delantal entorpecían el paso victorioso de los últimos lectores. Muchedumbres y alharacas servían para convencer al Japón que Farsolandia es un país de intelectuales. El engaño ingenuo de la algarabía impuso el peso del tumulto enardecido.

Entonces, ¿a qué fueron al sagrado anaquel de Corferias? La respuesta tiene múltiples opciones, pero podría empezar por una novena a san Herodes.

Los muchachos no probaron el formativo reglamento de la pedagogía francesa. En ese arsenal disciplinario, la férula, el coscorrón y el pellizco retorcido eran elementos básicos de la cátedra de cívica y urbanidad. Los tiempos del progreso se acabaron en los divanes de los sicólogos Nueva Era.

Los badulaques se dedicaron al coqueteo bárbaro de las crisis de adolescencia. En el segundo piso del pabellón 6 se presentó una escena de romance callejero. La jovencita brincona le dio un beso mordelón al novio zoquete y por un extraño artilugio de sus labios el pirsin (piercing) se le quedó atorado en los incisivos cariados de su amado.

Los dos amantes protagonizaron un zarandeo de mapalé. No podían desengarzarse porque el dolor los retorcía en una danza loca de furias y alaridos. Adheridos, boca a boca, demostraron que no leyeron ni a Boccaccio ni a Casanova y muchos menos La casa de los besos de Claudia Bielinsky. La tarea escolar les quedó como el título de la novela de Janette Winterson: Escrito en el cuerpo.

Los cuerpos que escriben dejaron de manosear y hojear las ediciones vitales, las que se compran, se leen, se aman, se coleccionan y no se prestan. La paz para ejecutar ese acto vital jamás llegó. La guachafita de los vergajitos imponía su marcha de tambochas en temporada de caza.

Sin duda, el apostolado de la lectura fue crucificado por la fiesta de las turbas. La visita ante el altar de la sabiduría debería ser restringida a una elite intelectual patrocinada por los amigos de las bibliotecas. El resto es paseo dominguero motivado por el embeleco. Resulta infame y sacrílego que la gente vaya a un festival del libro a que las gitanas les lean la palma de la mano. ¿Será que sufren de bibliofobia? La quiromancia les robó lectores a los libreros.


Porque feria sí hubo. Saltimbanquis, juegos de preescolar, escondidas americanas, novelas sobre vacas que se salvan del diluvio, café árabe con papa paramuna, kimonos de geishas, monigotes orientales, alaridos de karatekas y modelos en oferta preparatoria para el evento del mueble multiusos.

Sin embargo, la desgracia suele cebarse en la nobleza. El 23 de abril tuve que abandonar el recinto con depresión moral.

Al mayordomo mayor le dio por ir a inaugurar la vitrina de la industria editorial. La ventolera del primer mandatario incluyó perros husmeadores, guardaespaldas, comandos y tropas del batallón Guardia Presidencial que se desplegaron furtivos. ¿Estarían buscando a don Tomás Carrasquilla?

El andamiaje militar era para proteger a Uribe de un ataque de la cultura. El presidente no se sentía seguro rodeado de los cuentos del papá de la Marquesa de Yolombó.

Volví dos días después. En un acto heroico busqué el sosiego de la imprenta. Compré un par de tomos sobre la Guerra de los Mil Días y terminé inmerso en una maravillosa cita histórica sobre el siglo XIX, tema de la próxima entrega. Y fin del nirvana.

El único recuerdo bello se quedó estacionado en el pabellón 6 piso 2, stand 537. Lugar donde la editorial Epígrafe tuvo la valentía de acercar el futuro con los E-Book. Pero no hay cielo sin infierno. Al lado estaban el vendedor del Anticristo, los sarracenos y más adelante el material de la Izquierda Viva. Demasiada herejía para un humilde admirador de las Cruzadas. Mi columna vertebral se averió. En mi cama me dediqué a realizar el oficio maravilloso de conversar con la palabra escrita. Me aguardaba Una historia de la lectura de Alberto Manguel. Historia que no pude leer en la Feria del Libro.

viernes, 25 de abril de 2008

Cacería de lobos sarnosos

El primo del mayordomo de Palacio, en una muestra soberbia de acatamiento legal a sus principios constitucionales, protagonizó un fallido conato de fuga.

El anciano desertor, motivado por el horror de su conciencia y acosado por los sabuesos de la Fiscalía, cometió el burdo error de asilarse en la embajada de una antigua dehesa de la United Fruit Company.

No era para menos. La desesperación la provocó el atosigamiento de una institución que usó las artimañas de un brujo para indagar sobre las prácticas espiritualistas y paganas de sus funcionarios.

Los fiscalitos se atacaban con maleficios y conjuros enterrados entre las materas de sus oficinas. Los esbirros tenían que recurrir a sicofantes y pastores de secta para proteger sus actos síquicos del mandinga. Los doctores en perjurio suplicaban ser liberados de la epistemología de la nigromancia.

Esos personajes inauguraron un episodio lamentable. Sitiaron el camellón de la comedia con sus pavorosas artimañas de pandilleros. A la trifulca se sumó el cavernícola zurdo. Él instigó a la bestia jurídica que lo posee con su verborrea de esquirol orate. El deplorable mamerto llamó a los serenateros de inquilinato para reclamar el tumulto de la jauría.

Teatreros de postín, mariachis de buseta, saltimbanquis hambrientos, culebreros de carpa y una turba autómata de víctimas prefabricadas dieron horripilantes aullidos. Los lobeznos se juntaron en un aquelarre ecuménico de fieras emasculadas.

La lobería, el crimen irredimible por su condición de conducta despreciable, logró elevar a Farsolandia a la cima del ridículo.

Las pancartas manoseadas, los simulacros de ataúdes, las cruces chuecas, las fotografías montadas y la parafernalia propia de los tramoyistas de vereda se hicieron presentes ante la embajada de un país sin Ejército. (¿País?). Los mendigos de la calumnia recogieron denuestos para ofrendarlos a los pies de la mentira.

Las actitudes deplorables y festivas sirvieron para que las sociedades civilizadas miraran con asco el drama nauseabundo. La soberbia del subdesarrollo campeó victoriosa.

El trágico sainete produjo el rechazo comercial de la cédula de Farsolandia. La infaltable prenda de empeño ya no sirve. En las mancebías y garitos se considera una deshonra moral recibir el documento electoral que sustenta espectáculos de medio pelo.

El pueblito de mis cuitas, cuya máxima expresión cultural es El polvorete, no merecía más. La matadura de su lomo, arqueado por enjalmas y espuelas, mira los escándalos de las cortesanas ebrias con estoicismo de semoviente valonado.

Sus tres últimos gamonales son de la misma calaña genética. Le inmolaron los siervos al prostíbulo de sus deidades. En honor al cuarteto de vagabundas (la democracia, la justicia, la paz y la libertad) dejaron ahíta el ave carroñera que acampa en las fosas comunes y en el Escudo Nacional. Samper alimentó a su paquidermo con el cartel caleño. Pastrana cebó al terrorista prostático y Uribe nutrió al estercolero parlamentario con sofismas de guarniel. El patriarca del embeleco todavía no sabe si la Seguridad Democrática es la casa de citas de José Obdulio o si Mancuso es la capital de un Estado paramilitar.

Felicitaciones, Farsolandia. Quedaste como el trasero de las vacas en feria de pueblo calentano.

martes, 15 de abril de 2008

La turbamulta

La guacherna imperiosa, envalentonada, ebria y fatal en su concepción criminal se lanzó al saqueo, la pasión de los bandoleros. El resultado atroz aniquiló la historia de los cachacos: ‘el bogotazo’.

Bogotá, la ciudad del Águila Negra, perdió su condición de Atenas Suramericana. Asesinado el patrón, el que le apretaba el dogal con su labia subversiva, la plebe se desparramó iracunda. La masa acéfala, cual hidra enloquecida, vomitó estertores de ruina. Quería deglutar cuatro siglos de estupros. El pueblo a su iracunda discreción fue un cruel relámpago tembloroso, el constructor del desastre.

La actitud irresistible de los trogloditas se canalizó hacia el embrutecimiento formal. La miseria mojó su gaznate con la chicha de Las Cruces. A ese cóctel altanero le mezclaron botellas de güisqui escocés. Las destaparon con el canto del machete y las bebieron con furia vikinga.

El ensayo general del Apocalipsis se desató sobre la impoluta Perla de los Andes. La blasfemia del guijarro instauró el imperio del horror. La turba, de réprobos enruanados, perdió la ocasión de las muchedumbres, el ataque a mansalva.

El resabio compulsivo impuso su cátedra: Rapiñar. La lúgubre tropa terrorista se confundió lasciva. Inclinada por la cólera viciosa no tuvo la sapiencia de colgar del pescuezo al Zorro Plateado, alias Mariano Ospina Pérez. La violencia visceral los ofrendó al descomunal caos del ultraje carnal.

El Crimen de Abril los acusa. El motín descuartizó e incineró el asiento de la civilización y la cultura de una sociedad que se defendía con ardentía de la patanería. La invasión de las costumbres vulgares la sitiaba.

El tumulto enloquecido vociferaba. Arrastraba un cadáver desnudo. Delito impúdico de las almas atrofiadas. Hasta este punto del acontecimiento los hijos del caudillismo mostraban cordura. El derecho al legítimo linchamiento se cumplía a cabalidad. Y en ese vértice, de aquel viernes trágico, el derecho de las gentes debió mostrar que estaba forjado por la locura y el heroísmo. La prueba fatídica lo doblegó bajo el impulso delictivo del raponazo. La ley de los patibularios desembocó en el asalto a las vitrinas.

La lobería sarnosa aulló desaforada. La horrenda pataleta arribista lució un abrigo de piel o se colocó un botín de charol sobre las alpargatas. La dicha revolucionaria claudicó. Ahí, con esa conducta de galeotes feroces, mataron el legado fascista de Gaitán. El negro Jorge Eliécer los disciplinó con la Marcha del Silencio. Los convirtió en el Ejército de la Protesta. Gaitán, discípulo ideológico de Benito Mussolini, hizo suyas las palabras con las que el Duce encabezó la marcha sobre Roma: “Si avanzo, seguidme; si retrocedo, matadme; si muero, vengadme” (menos mal que era de izquierda).

Sus seguidores demostraron que el cruce entre la carne de presidio ibérico, el esclavo cimarrón y el antropófago caribeño sirve para criar pirañas. Las etnias, sancochadas con las mañas taimadas del altiplano paramuno, son nefastas. Son la traición alevosa del incesto.

La urbe gimió con las candeladas de los macheteros. El civismo tembló al escuchar el tropel bestial de los descendientes de Lope de Aguirre, el traidor al Rey. Algunos sacerdotes defendieron a físico plomo la tradición, la familia y la propiedad. (Como debe ser).

La Catedral Primada aún guarda en sus torres los impactos del máuser, que a mampuesto, atacó a los heroicos francotiradores. Los religiosos defendieron la consigna de san Ezequiel Moreno: “El liberalismo es pecado”.

El monstruo se retorcía herido y esperaba babeante la satisfacción de su impulso profanador. La orgía, arrebatada y calcinante, inauguró la rutina de la canalla delirante.

Se mataba sin orden. Sin distinguir siluetas. La muerte danzó con los brutos beodos, bebedores del llanto y la sangre. La masa desarticulada midió con el rasero de la horda la dignidad y el delito. Mezcló en su estercolero político la herencia arquitectónica de sus hijos con la inmunda amnesia de los huérfanos. Se abalanzó sobre las capillas, los museos y las mansiones. Los tesoros de la cristiandad aguardaron con dignidad de mártires la antorcha de los bárbaros.

El populacho iracundo, resentido y manipulado se torció bajo la autoría intelectual de las sombras. Las cofradías de las sectas nauseabundas se encargaron de usar el tumulto para esconder las garras del titiritero de Juan Roa Sierra.

Los cementerios y las fosas comunes sin prisa, pero sin pausa devoraron la desmesura de las jaurías. La hedentina escrituró su testamento de gusaneras a la capital moribunda.

Los costales húmedos, en charcos de sangraza, acumulaban riquezas producto del pillaje. Blasones y apellidos cambiaron de estirpe. El cristal murano relevó a la vela de cebo. El bombillo alumbró covachas de arrabal y catres de prestamistas. Las sirvientas y los guaimarones se entrelazaron en concubinatos libertinos. Las familias de los guaches levantiscos pasaron de ser ponzoñosas sabandijas a empresarios de la lujuria.

Las bayonetas estatales llegaron. El amo les pegó un par de berridos. La manada ahíta dejó de chasquear los zancarrones y se refugió en el cubil de la vergüenza. La turbamulta tuvo la oportunidad para destronar a la raposa de Palacio, pero edificó el país de las tumbas sobre un altar de cenizas. La revuelta de la licantropía había triunfado.

*****
Mi abuela paterna, de odios escarlatas y pasiones banderizas, jamás les perdonó el 9 de abril. La matrona liberal podía contar en sus recuerdos hasta el teniente Juan Hinestrosa, uno de los conjurados del 25 de septiembre de 1828. “En aquella época se nos voló el langaruto del Bolívar”, afirmaba la noble matriarca.

Su padre y su abuelo combatieron en la batalla de Palonegro. Le dieron con los rémington candela a las huestes del generalísimo Próspero Pinzón. Los paladines de la familia fueron huéspedes de Estado en la famosa penitenciaría del Estado Soberano de Cundinamarca conocida como “El Panóptico”.

De sus mazmorras se fugaron, a fuego y retirada, por entre una alcantarilla para seguir a Uribe Uribe. Más adelante donaron mi herencia millonaria a la campaña presidencial de Alfonso López Pumarejo. Eran “putos, liberales y machos”. Su legado fue: “No hay aguardiente malo ni godo bueno”. Bajo los edificantes principios tutelares de los cachiporros, en mis años mozos, apedreé la casa de un alcalde pueblerino y le grité: “Los godos no van al cielo porque Dios es liberal”.

Educado por liberales manchesterianos me gradué de azul prusiano y con dexiocardia (desviación del corazón hacia la derecha). Por eso cuando escucho los discursos de Gaitán me dan ganas de echarle plomo a los chusmeros. Vainas de la política, ¿no?, ala.

miércoles, 9 de abril de 2008

Gaitán, el hombre pueblo

El 9 de abril de 1948 Colombia perdió la esperanza y la violencia obtuvo el derecho para sufragar por la muerte.

La memoria de los liberales colombianos guarda el olor de la historia incinerada. Ni el tiempo ni el olvido lograron enterrar esas cenizas rotas por el castigo del crimen.
La frustración persigue a cada bogotano del siglo XX. A los abuelos le mataron al general Rafael Uribe Uribe, a sus hijos al doctor Gaitán y a sus nietos a Luis Carlos Galán.
Ese es el resumen de una herencia sometida por la autocracia de los intereses políticos. La verdad fue vendida al postor nefasto del embuste.
Y el caudillo de la gente se levantó del tumulto para exigir la restauración moral de Colombia. El asombro de sus ecos varoniles se quedó empeñado en la compraventa de las utopías.
La “Oración por la paz” de Gaitán (7 de febrero de 1948) fraguó un oscuro complot. Los dueños de la oligarquía no pudieron tolerar una súplica justa: “…Impedid, señor, la violencia. Queremos la defensa de la vida humana, que es lo menos que puede pedir un pueblo...”.
El mutismo de una muchedumbre, obediente a su líder, se convirtió en su sentencia de muerte. Desde entonces a Jorge Eliécer Gaitán Ayala se le asesina todos los días para que no haya un hombre-pueblo.
La muchedumbre acéfala se convirtió en un sosegado rebaño. Se arrea hacia el corral de las urnas para elegir a los lacayos del soborno.

La falacia es la gran protagonista del ‘bogotazo’. La secuencia de pasiones desatadas y embrutecidas por el sectarismo no quería vengar a nadie. Sólo maquinaba desencadenar el servilismo del caos.
Las masas manipuladas desahogaron su ira, fecunda en frustraciones, contra la Iglesia, las costumbres y el feudalismo colonial sabanero.
El resto de la crónica abrileña lo recogen las fotografías y el ocaso de una urbe huérfana, patria de poetas y héroes. Sin Gaitán, la conciencia colectiva de una etnia buena quedó a la deriva de los embelecos demagógicos.
La Bogotá del tranvía perdió su lugar en la sociedad de los principios. El libre desarrollo de la ideología liberal, sin tapujos ni convencionalismos, cayó en la apatía del interés electorero.
La frustración creció sobre la tumba del Negro. Las preguntas de los investigadores y de los testigos nunca tuvieron unas respuestas sin argucias.
¿Quién estaba detrás de Juan Roa Sierra? Ahí está la clave del homicidio artero. La Justicia fue sobornada con centenares de folios inútiles que sepultaron el derecho universal de la verdad para acusar.
El manoseo de los expedientes marcó el derrotero que asombra y tergiversa el atentado. Alevosía mitificada por la mentira.
Los ríos de tinta ahogaron el testimonio vital. Anegaron los senderos que llevarían a descubrir la pista de los cofrades de levita, los amos del sicario.

sábado, 29 de marzo de 2008

Eurodescendiente

El Virreinato de la Nueva Granada debe recuperar el orden jerárquico en la escala social. Los blasones y la heráldica serán la nueva Constitución Nacional porque la genética está de moda.

Los hijos de los tatarabuelos europeos son americanos o granadinos (Europeai filius in America natus). Entonces, los portadores de sangre celtíbera se declaran eurodescendientes y punto.

Los cuatro apellidos del bautismo pueden demostrar el peso de sus títulos, nobles y españoles. Rango superior que se extiende por derecho de sangre a todos mis amigos. (Gente divinamente, con prosapia, hidalguía y abolengos).

La burguesía ilustrada de Teusaquillo no soporta más que el negro sea sinónimo de cultura. Además, la negritud criolla, la política del desplazamiento, las ventoleras levantiscas y los alborotos de las muchedumbres pecuecudas tienen como mascota un personaje oscuro denominado “afrodescendiente”.

La eurodescendencia, de rancia nobleza, se remonta a la Edad Media. Motivo por el cual decide, en un gesto de benevolencia con los hijos del adulterio y del concubinato, que se restablezcan los cruces o parentelas para saber de qué clase de etnia se habla en los bochinches pluriculturales del Congreso Nacional.

Los amantes del esnobismo agregarán el elemento adecuado para conocer el tipo de enlace genético que gestó a Farsolandia. Castas y descastados.

-Indígenas. Aborígenes naturales del país. (¿Indiodescendiente?).





-Negros o etíopes. Hijos del África sin mezcla. (Sin afro).

-Mestizos o indianos. Hombre blanco con india o el perverso viceversa, indio con blanca.

-Mulatos o pardos. Blanco y negra, puro Holstein.

-Zambos o zambaigos. Indio y negra. (Raza infame. Así la llamaron los antiguos).

-Tercerones. Hijos de blanco y mulata.

-Cuarterones. Blanco y mestiza. (Un cuarto de indio y tres de español).

-Quinterones. Blanco y cuarterona.

-Cayotes. Mestizo y cuarterón.

-Puchelas. Blanco y cuarterona.

-Carbujos. Mulato y zamba.

-Grifos. Mulato y negra.

-Zambos prietos. Zambo y negra.

-Albinos. Descendientes de negros que nacían blancos. (Blanco sucio, decían los patriarcas españoles).

-Tente en el aire. Tercerón y mulata. Tercerón y mestiza. Tercerón y cuarterona.

-Salto atrás. Hijos de cuarterón y negra.




En síntesis, los señores afrocolombianos actualizarán la etno-semántica porque la gentecita de color cubría un amplía gama a saber: Negros, zambos, zambaigos prietos, grifos, carbujos, mulatos, tercerones y sus cruzamientos de fornicarios.

¿Será que la senadora de la cabeza amarrada es una carbujodescendiente? ¿Es una zamba que le aprieta el grifo al mulato bobolivariano?

¿Los eurodescendientes tendrán ONGs que patrocinen foros sobre armorial? ¿Elegirán senadores, gobernadores, alcaldes y ediles por gritar que son la elitista minoría?

¿Les asignarán escoltas, viáticos y a un jefe de lagartos para salir a diario en la televisora? ¿Lo menos serán más si dicen que los negros son racistas?

Ahora, y sin llamar a doña “Emma Madera de Gallo”, los eurodescendientes invitarán a los afrocolombianos para que no jodan más con su complejo de inferioridad alternativo. Si nacieron en Colombia no piensen en corretear guepardos, criar cocodrilos y ordeñar los ñues de las llanuras del Serengueti.

¿Acaso, les gustaría escuchar en Burkina Faso el vozarrón del Bajo Baudó: “Oye, familia. Mi pana. Te habla el negro melado, puro sabor”?

Mejor piensen en crear otra Liberia, un país africano levantado por negros libertos patrocinados por la Sociedad Americana de Colonización, 1816. (Made in USA).

Afrodescendientes, les quiero oír una defensa de la Patria sin farsitas cutáneas ni morochas. Quiero leer sobre sus verdades porque me fatigué de escribir con tinta negra sobre espacios blancos.

miércoles, 26 de marzo de 2008

"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen"

La Semana Mayor fue atosigada por el Festival Iberoamericano de Teatro, las piscinas y las romerías paganas. La juerga fue una invitación para la herejía.

Los buenos practicantes, con algunas excepciones, se dejaron llevar por el mecanismo ritual y no por la palabra del Verbo. Las matronas y las solteronas hicieron de los templos su feudo donde la consigna era figurar, mangonear y juzgar.

El vicio de cumplir con la tradición sin examinar la conciencia contaminó los comportamientos comunales. El Domingo de Ramos dos auxiliares de Policía descalzos se rascaban el calcañal con placer de equinos viejos. La fiesta no los tocaba. El respeto por el acontecimiento, que cambió la historia de la humanidad, se perdió entre la chabacanería uniformada.

El embeleco de la repentización, propio de las agrupaciones geriátricas parroquiales, se sumó a la informalidad con frases escritas para el asombro: “El vía crucis sabrosito”.

La pasión por mostrar el traje dominguero desencadenó el desfile. La respectiva vuelta a la manzana resumió el espectáculo: folclórico, devoto, caótico, místico, bochinchero y fatigante.

Las persianas y cortinas se movían con timidez. Detrás de cada visillo alguien se burlaba o se santiguaba con temor de converso. La mayoría abrió la boca, miró a la caminata multicolor y escuchó sus cantos destemplados.


En la calle, los transeúntes sorprendidos, se acordaron de colarse al final de la procesión. El tumulto lo componía un centenar de personas. La parroquia, según el censo, dispone de 1.800 almas devotísimas.

La explicación a la deserción masiva es un conjunto de circunstancias jerárquicas, teológicas y mercantiles. La feligresía sólo pide el milagro económico o de salud. (Dios no es una EPS ni un filántropo millonario).

Mientras tanto se giró en la primera esquina. La ministra de la Eucaristía, que escolta la cruz, decide cambiar de ruta porque la calle 63B tiene huecos y basuras.

Un berrido de arriero antiguo emerge vigoroso de la multitud y la somete a la trocha asignada. El chirrido del megáfono y el coro, que cantaba dos himnos distintos a la vez, cierran el episodio del resabio.

La siguiente vuelta corresponde a la ilustre carrera 17. La ministra novata emprende un alegato contra el tráfico urbano y las busetas porque no le acataron su orden.

El alférez de la Policía, encargado de escoltar al simulacro de gentío, intentaba razonar para que la porfiada comprendiera y ocupara un solo carril. El portaestandarte deseaba crucificar a la ladrona del sentido común. El carrusel se repitió bajo techo durante los días siguientes.

El lunes, el martes y el miércoles se vivieron los respectivos vía crucis. El oficio quedó en manos de las laicas que rivalizaron en molestar los históricos caminos de la ciudad deicida. El padre, apoltronado en el presbiterio, esperaba almas para confesar.


Las coordinadoras del evento se encargaron de regañar, manipular, carraspear, empujar, desorganizar, interrumpir, señalar, pujar, gesticular e incumplir con la severidad de los gamonales. Barrieron con lo estipulado en las normas de la caridad. El voceo vociferante fue la pauta para iniciar o corregir el acto. (En la parroquia no tienen pastor, pero sí los guía un arriero).

El programa fue modificado a la guachapanda. Encima de lo estipulado se escribió con máquina los nombres de las comunidades encargadas de tiranizar. A leguas se veía la presión de la alharaca. La dictadura de las solteronas incluyó el antojo del matriarcado. Adulan y traicionan según las circunstancias de la comedia.

La atrocidad, que no aprobó el inútil Consejo, quedó pegada en la puerta. Lo importante era sobresalir y pisotear la humilde tarea. Las jefas mostraron el dominio de la soberbia sobre la sensatez.

El Jueves Santo. Las eminentísimas leyeron las lecturas correspondientes a la Misa Crismal durante la Misa Vespertina de la Cena del Señor. El desliz se complementó con el altercado entre el cura y el obtuso turiferario. Se raparon, en el altar, el cáliz. Los “apóstoles” reclutados, para el lavatorio de los pies, se quedaron en la mitad del corredor y estorbaron el paso del Santísimo.

El Viernes Santo. El vía crucis, organizado por el Consejo de una manera coherente, cambió de rumbo. Entró en el campo de la debacle con un paseo por las fronteras parroquiales.

En ese andar hubo dos cosas dignas de mención. La primera: la ministra lambona, en su afán de satisfacer su ego, llegó tarde y se instaló con el cirial detrás del clérigo.


El portaestandarte le llamó la atención. Por poco su retahíla no se calla. Ante la orden precisa de ocupar un lugar en el espacio y no en el capricho se despachó con reclamos iracundos. La conmoción, los reproches, los chismorreos arteros y los insultos por la espalda duraron el fin de semana. Soltaron a Barrabás.

El incidente sirvió para gestar un diálogo donde la falsedad de Caifás se quedó estupefacta. Dos marimandonas avergonzaron a Maquiavelo, César Borgia y al cardenal Richelieu. Pobre trío de aprendices. Ellos no conocieron lo que se fragua en una sacristía de Muequetá.

Qué gran actuación. Las lenguas viperinas despotricaron de su amiga, la ministra problema, con una delicadeza de escápelo. La diatriba fue soberbia e impecable. El uso del lenguaje descuartizó la honra con la más fina galantería. El sonido paciente de sus voces mojigatas, al estilo de los Médicis, resultó sublime. Realmente estuvieron magníficas.

Segunda: La procesión. El despelote, causado por romper con lo planeado, atrajo a una señora de trusa rosada y cola de caballo. La fémina se dedicó a pasear con su hijo montado en un artefacto de pedal. El pequeño entorpecía la marcha. Su madrecita mostraba las bondades del gimnasio en sus voluptuosas formas. La deportista hizo todo lo posible para embrujar a los caballeros con su lujuria desatada.

El vergajito seguía, cual nigua africana, mortificando la piel de los cirineos. La gimnasta permanecía indiferente ante el fastidioso incidente. No habría sido cristiano ensartar, como trucha de río, al sinapismo, pero sí era válido recordar un pasaje evangélico donde los apóstoles claman por una lluvia de fuego.

Unas cuadras más adelante, una camioneta ingresó veloz por la carrera 19 y aceleró contra la muchedumbre, devota y sudorosa. No obedeció a las señales de la Policía para desviarse. El conductor suplicaba pasar porque llevaba a un abuelo con síntomas de infarto. El vehículo estuvo a un pelo de convertir al infante en una destripada masa sanguinolenta.

La tragedia se evitó por una acción divina. La inercia habría sido suficiente para aplastarlo, pero la nave se mantuvo quieta hasta que la progenitora, motivada por los gritos, acudió a quitar de la llanta delantera derecha a su hijo y a la rueda del triciclo. El crucificado contempló la escena.

El susto le despertó el instinto materno. La vanidosa descubrió que el urbanismo inventó los andenes para proteger a los peatones.

El Sábado Santo. La ceremonia del fuego no empezó a tiempo porque el sacristán no encendió la fogata, tarea por la cual recibe un salario. Situación normal en un casa cural donde la esposa del misario madrea al sacerdote cada vez que discuten por el uso de una lavadora.

Son seis años consecutivos de lo mismo. Irreverencia, desacralización, improvisación, desorden, autoritarismo, marrullería, mediocridad, sectarismo y mundanal doblez.

La queja se extendió por arciprestazgos y diócesis. La respuesta fue cruel: “Mijito, en todas las parroquias es lo mismo, hay círculos cerrados”.

Si los obispos de Aparecida vivieran la realidad de sus rebaños desperdigados por la fe comercial dejarían de gastar millonadas en conferencias inútiles.


Para qué sirven conclusiones como: “Discípulos y misioneros de Cristo”. Esa idea lleva 2.000 años funcionando sin tregua.

Las preguntas, que no resolvió el concilio, son: ¿Dónde está el remedio contra el terrible flagelo de la beatería? ¿Por qué la tozudez de un arzobispo es el calvario de una comunidad?

¿Por qué los fieles, que no aman ni comprenden a su párroco, deben vivir bajo la guerra entre autoridad moral (presbítero) y poder económico (los diezmeros)?

Es más práctico eliminar la conducta gazmoña que predicar sobre la tolerancia. Ante la necedad del Monseñor no hay Evangelio, sólo sermón.

La Iglesia Católica se consume por causa de la beatería. Este pecado chantajea a los Diez Mandamientos con las malévolas sonrisas de unas santurronas de barriada.

Al final quedó la fatiga del combate. Se cumplió con llevar el madero, pero no se avanzó en el mandato del amor. El absolutismo del berrinche, enquistado en la estupidez, sólo causa humana repulsión.

La Conferencia Episcopal Colombiana debería usar las sandalias del pescador para caminar por las razones y causas del rebaño que fragua conspiraciones y semillas de secta.

El Evangelio, vertido en un apostolado de servicio, no puede ser el lejano mandato de unos conferencistas vestidos con el manto púrpura.

“¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”





“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”

La Semana Mayor fue atosigada por el Festival Iberoamericano de Teatro, las piscinas y las romerías paganas. La juerga fue una invitación para la herejía.

Los buenos practicantes, con algunas excepciones, se dejaron llevar por el mecanismo ritual y no por la palabra del Verbo. Las matronas y las solteronas hicieron de los templos su feudo donde la consigna era figurar, mangonear y juzgar.

El vicio de cumplir con la tradición sin examinar la conciencia contaminó los comportamientos comunales. El Domingo de Ramos dos auxiliares de Policía descalzos se rascaban el calcañal con placer de equinos viejos. La fiesta no los tocaba. El respeto por el acontecimiento, que cambió la historia de la humanidad, se perdió entre la chabacanería uniformada.

El embeleco de la repentización, propio de las agrupaciones geriátricas parroquiales, se sumó a la informalidad con frases escritas para el asombro: “El vía crucis sabrosito”.

La pasión por mostrar el traje dominguero desencadenó el desfile. La respectiva vuelta a la manzana resumió el espectáculo: folclórico, devoto, caótico, místico, bochinchero y fatigante.

Las persianas y cortinas se movían con timidez. Detrás de cada visillo alguien se burlaba o se santiguaba con temor de converso. La mayoría abrió la boca, miró a la caminata multicolor y escuchó sus cantos destemplados.





En la calle, los transeúntes sorprendidos, se acordaron de colarse al final de la procesión. El tumulto lo componía un centenar de personas. La parroquia, según el censo, dispone de 1.800 almas devotísimas.

La explicación a la deserción masiva es un conjunto de circunstancias jerárquicas, teológicas y mercantiles. La feligresía sólo pide el milagro económico o de salud. (Dios no es una EPS ni un filántropo millonario).

Mientras tanto se giró en la primera esquina. La ministra de la Eucaristía, que escolta la cruz, decide cambiar de ruta porque la calle 63B tiene huecos y basuras.

Un berrido de arriero antiguo emerge vigoroso de la multitud y la somete a la trocha asignada. El chirrido del megáfono y el coro, que cantaba dos himnos distintos a la vez, cierran el episodio del resabio.

La siguiente vuelta corresponde a la ilustre carrera 17. La ministra novata emprende un alegato contra el tráfico urbano y las busetas porque no le acataron su orden.

El alférez de la Policía, encargado de escoltar al simulacro de gentío, intentaba razonar para que la porfiada comprendiera y ocupara un solo carril. El portaestandarte deseaba crucificar a la ladrona del sentido común. El carrusel se repitió bajo techo durante los días siguientes.

El lunes, el martes y el miércoles se vivieron los respectivos vía crucis. El oficio quedó en manos de las laicas que rivalizaron en molestar los históricos caminos de la ciudad deicida. El padre, apoltronado en el presbiterio, esperaba almas para confesar.




Las coordinadoras del evento se encargaron de regañar, manipular, carraspear, empujar, desorganizar, interrumpir, señalar, pujar, gesticular e incumplir con la severidad de los gamonales. Barrieron con lo estipulado en las normas de la caridad. El voceo vociferante fue la pauta para iniciar o corregir el acto. (En la parroquia no tienen pastor, pero sí los guía un arriero).

El programa fue modificado a la guachapanda. Encima de lo estipulado se escribió con máquina los nombres de las comunidades encargadas de tiranizar. A leguas se veía la presión de la alharaca. La dictadura de las solteronas incluyó el antojo del matriarcado. Adulan y traicionan según las circunstancias de la comedia.

La atrocidad, que no aprobó el inútil Consejo, quedó pegada en la puerta. Lo importante era sobresalir y pisotear la humilde tarea. Las jefas mostraron el dominio de la soberbia sobre la sensatez.

El Jueves Santo. Las eminentísimas leyeron las lecturas correspondientes a la Misa Crismal durante la Misa Vespertina de la Cena del Señor. El desliz se complementó con el altercado entre el cura y el obtuso turiferario. Se raparon, en el altar, el cáliz. Los “apóstoles” reclutados, para el lavatorio de los pies, se quedaron en la mitad del corredor y estorbaron el paso del Santísimo.

El Viernes Santo. El vía crucis, organizado por el Consejo de una manera coherente, cambió de rumbo. Entró en el campo de la debacle con un paseo por las fronteras parroquiales.

En ese andar hubo dos cosas dignas de mención. La primera: la ministra lambona, en su afán de satisfacer su ego, llegó tarde y se instaló con el cirial detrás del clérigo.



El portaestandarte le llamó la atención. Por poco su retahíla no se calla. Ante la orden precisa de ocupar un lugar en el espacio y no en el capricho se despachó con reclamos iracundos. La conmoción, los reproches, los chismorreos arteros y los insultos por la espalda duraron el fin de semana. Soltaron a Barrabás.

El incidente sirvió para gestar un diálogo donde la falsedad de Caifás se quedó estupefacta. Dos marimandonas avergonzaron a Maquiavelo, César Borgia y al cardenal Richelieu. Pobre trío de aprendices. Ellos no conocieron lo que se fragua en una sacristía de Muequetá.

Qué gran actuación. Las lenguas viperinas despotricaron de su amiga, la ministra problema, con una delicadeza de escápelo. La diatriba fue soberbia e impecable. El uso del lenguaje descuartizó la honra con la más fina galantería. El sonido paciente de sus voces mojigatas, al estilo de los Médicis, resultó sublime. Realmente estuvieron magníficas.

Segunda: La procesión. El despelote, causado por romper con lo planeado, atrajo a una señora de trusa rosada y cola de caballo. La fémina se dedicó a pasear con su hijo montado en un artefacto de pedal. El pequeño entorpecía la marcha. Su madrecita mostraba las bondades del gimnasio en sus voluptuosas formas. La deportista hizo todo lo posible para embrujar a los caballeros con su lujuria desatada.

El vergajito seguía, cual nigua africana, mortificando la piel de los cirineos. La gimnasta permanecía indiferente ante el fastidioso incidente. No habría sido cristiano ensartar, como trucha de río, al sinapismo, pero sí era válido recordar un pasaje evangélico donde los apóstoles claman por una lluvia de fuego.



Unas cuadras más adelante, una camioneta ingresó veloz por la carrera 19 y aceleró contra la muchedumbre, devota y sudorosa. No obedeció a las señales de la Policía para desviarse. El conductor suplicaba pasar porque llevaba a un abuelo con síntomas de infarto. El vehículo estuvo a un pelo de convertir al infante en una destripada masa sanguinolenta.

La tragedia se evitó por una acción divina. La inercia habría sido suficiente para aplastarlo, pero la nave se mantuvo quieta hasta que la progenitora, motivada por los gritos, acudió a quitar de la llanta delantera derecha a su hijo y a la rueda del triciclo. El crucificado contempló la escena.

El susto le despertó el instinto materno. La vanidosa descubrió que el urbanismo inventó los andenes para proteger a los peatones.

El Sábado Santo. La ceremonia del fuego no empezó a tiempo porque el sacristán no encendió la fogata, tarea por la cual recibe un salario. Situación normal en un casa cural donde la esposa del misario madrea al sacerdote cada vez que discuten por el uso de una lavadora.

Son seis años consecutivos de lo mismo. Irreverencia, desacralización, improvisación, desorden, autoritarismo, marrullería, mediocridad, sectarismo y mundanal doblez.

La queja se extendió por arciprestazgos y diócesis. La respuesta fue cruel: “Mijito, en todas las parroquias es lo mismo, hay círculos cerrados”.

Si los obispos de Aparecida vivieran la realidad de sus rebaños desperdigados por la fe comercial dejarían de gastar millonadas en conferencias inútiles.





Para qué sirven conclusiones como: “Discípulos y misioneros de Cristo”. Esa idea lleva 2.000 años funcionando sin tregua.

Las preguntas, que no resolvió el concilio, son: ¿Dónde está el remedio contra el terrible flagelo de la beatería? ¿Por qué la tozudez de un arzobispo es el calvario de una comunidad?

¿Por qué los fieles, que no aman ni comprenden a su párroco, deben vivir bajo la guerra entre autoridad moral (presbítero) y poder económico (los diezmeros)?

Es más práctico eliminar la conducta gazmoña que predicar sobre la tolerancia. Ante la necedad del Monseñor no hay Evangelio, sólo sermón.

La Iglesia Católica se consume por causa de la beatería. Este pecado chantajea a los Diez Mandamientos con las malévolas sonrisas de unas santurronas de barriada.

Al final quedó la fatiga del combate. Se cumplió con llevar el madero, pero no se avanzó en el mandato del amor. El absolutismo del berrinche, enquistado en la estupidez, sólo causa humana repulsión.

La Conferencia Episcopal Colombiana debería usar las sandalias del pescador para caminar por las razones y causas del rebaño que fragua conspiraciones y semillas de secta.

El Evangelio, vertido en un apostolado de servicio, no puede ser el lejano mandato de unos conferencistas vestidos con el manto púrpura.

“¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”

jueves, 20 de marzo de 2008

"eso puay nos acomodamos"



Hay situaciones letales para la existencia del ser humano. Una de ellas es viajar por las trochas de Farsolandia. La pobre mujerzuela, con ínfulas de República, es un atentado contra la ergonomía. Todo lo que hace bien está mal. Esa es la norma que heredó de la pobre viejecita, la abuelita de Colombia.

La crónica empieza en una fría mañana de domingo en las dehesas zipaquireñas. El relato usa el sello inconfundible y registrado de la comedia nacional.

En los dominios del Zipa se instalaron dos peregrinos para ir a visitar a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

La contrariedad, seguramente fruto de la santa Cruz, la cargan las víctimas de la libertad y el orden de un modo aberrante. En este lote la desgracia es lo único puntual.

La ruta Bogotá-Zipaquirá-Chiquinquirá la cambiaron. El nuevo trazado fue diseñado por el señor Soborno. El trayecto aumentó el recorrido en cinco kilómetros. El trecho es menos rentable para los empresarios porque pasa por el parque Jaime Duque y evita el casco urbano de Zipaquirá. En síntesis, el zipaquireño, de pata al suelo, se jodió. Ahora debe invertir más tiempo y dinero para tomar el mismo transporte. Si quiere viajar, financie la estupidez departamental.

Ante ese negro panorama, los viajeros se embarcaron en una buseta que los condujo hasta un paradero lejano, vía a la represa del Neusa. Allí hubo que aguardar con la simpleza de lo inevitable. No pasaban vehículos.

Después, de un largo y frío rato, apareció la Flota Reina. El conductor jugaba a imitar a don Juan Pablo Montoya: Choque o varada. No vio a los pasajeros y se detuvo 200 metros más adelante. Desde allí, el ayudante gritó: “Hay un puesto”.

Las preces se cambiaron por una gratificante madreada contra el delito de la idiotez congénita. ¿Por qué si hay dos personas se ofrece un asiento? La respuesta llegaría en forma de pesadilla.

El tedio, el afán, la necesidad y la desgracia se unieron. Un microbús tipo aerovans (nefasto engendro mecano-lingüístico) se detuvo. Había dos sillas para los romeros. Una junto al chófer y la otra atrás. La dama debió ser relegada a la parte posterior para evitar el contacto con un guache atarbán.

El hombre en un acto de malabarismo corporal y de estricta gimnasia griega logró acomodarse. Su humanidad dio muestras de flexibilidad simiesca. La radiola, con pasacintas, la barra de cambios, la consola, el espejo retrovisor, el conductor y otro pasajero quedaron empacados dentro de una máquina enferma. La inutilidad troglodita del altiplano la adaptó para el suplicio.

El tirano del volante aceleró con vocación suicida. La lengua, mordida por el labio, le brillaba. Las burbujas de saliva explotaban babosas. La carretera le pertenecía. Al llegar al peaje de Casablanca hizo el ademán de colocarse una correa atornillada al paral de la puerta. Esa trampa, en caso de volcarse, lo ahorcaría sin misericordia. El peregrino sonreía solamente de imaginarlo.

El cinturón de seguridad era una tira negra, simple correa fúnebre. Servía para enredar o desnucar en caso de accidente. La panza cervecera y la camisa grasienta le ocultaban una hebilla inoperable donde debía cerrar el cinturón de inseguridad.

El hijo de la mala raza doméstica, no contento con simular una medida de precaución, desconectó el aparato que informa al usuario sobre el límite de velocidad (80 kilómetros por hora). La bestia pensaba en mamarle gallo a los instrumentos usados por la Policía de Carreteras contra infractores de su ponzoñosa calaña.

El bruto demostró que la maña es superior a cualquier intento de progreso. El conductor confesó su culpa. El pisco podía acelerar porque sabía donde estaban emboscados los policías.

La Policía también conocía el resabio. No detenía a las flotas. Es más fácil extorsionar a los descuidados turistas en automóviles particulares. La tramoya corrupta fluye por las llagas delictivas de Farsolandia.

Pero aún faltaba la perla negra. El muisca se reía con marulla al contar sus andanzas de infractor veterano. La canallada se gestaba. El motivo de la sonrisita se supo en Ubaté.

El cobrador de la empresa “Expreso al Delito” se asomó por la ventanilla y preguntó con sorna: “El señor lleva pasaje”.

El aludido pensó: “¿Es una broma de mal humor?”. Quizás por eso no le escupió la cara.
- Sin embargo, le respondió: No, pero cuánto vale el tiquete.
- 12 mil pesitos, no más. (El diminutivo es sinónimo de infamia).
-Señor, discúlpeme. Abordé la flota en Zipaquirá y no en Bogotá. El precio es sustancialmente menor. Hay una hora menos de recorrido hasta Chiquinquirá.
-El maula rebuznó: “Pero, es que esa es la tarifa. 12 mil pesitos. No más”.
-Quítele el diminutivo.
- El ¿qué?
-Deje así porque la munición está muy cara…

El atraco es oficial. Las distancias campestres son iguales al metro de Condorito, de caucho. Se estiran o se encogen según lo exija el raterismo legalizado. Vale lo mismo recorrer 80 kilómetros que 130 cuando la diferencia beneficia al que transporta.

El atracado detuvo su lengua acerada en el arte arriero de madrear mulas. La saliva se habría perdido. La colombianada solapada se anotó un tanto más en su culo-cross hacia el barranco. La mentalidad miserable, denominada astucia, sirvió para incrementar el odio visceral por los farsitas, los hijos bastardos de la Farsocracia.

Dos pasajeros desalojaron sus puestos. El ofendido e inconforme pagó y pasó a disfrutar de una inservible banca mullida.

Antes de partir, un nefasto presentimiento rugió internamente.

Por entre la portezuela desvencijada un hombrecillo amarillento parecido a la maldición de Ho Chi Minh preguntó: ¿Hay puestos?
-El conductor dijo: Dos
-El sutano contestó: “Apenas, eso puay nos acomodamos”.

Al instante tres adultos y una niña esquelética se comprimieron en la posición de la claustrofobia. La famosa “banca de los músicos” los alojó contra todo pronóstico.

La Física, la Kinésica, la Proxémica fueron atropelladas vergonzosamente. Tras cinco minutos de resoplidos, empellones, quejidos, flatulencias, sudores, denuestos y resoplidos se injertaron en un puesto. La pareja de esposos y la pequeña ocuparon un mismo lugar en el espacio. El objetivo pagar un solo boleto.

El otro personaje, el amarillo fatigado, sentó plaza en el puesto de los contorsionistas. La resignación respiró con pesadumbre.

Unos minutos después se produjo la folclórica llamada de auxilio: ¡Una bolsa! Una bolsa, repetía el lambón de turno.

La criatura, de nueve años de edad, se convirtió en un engendro volcánico. Su organismo famélico vomitaba a estribor y a babor. Devolvía atenciones con una furia dragonesca. El esófago regurgitaba los ayunos y las mazamorras de los últimos quince días, por lo menos.

La bolsa roja repleta pasó por encima del respaldar de la silla. Un entrometido la cogió con delicadeza, la sopesó, la contempló, la bamboleó suavemente. Abrió la oxidada ventanilla y la arrojó. La bomba bacteriológica chocó contra el capó de un Mazda que transitaba en sentido contrario. Consciente de su maldad suspiró tranquilo. Habría sido mejor hacérsela beber.

Minutos más tarde, el coro letal elevó el tono: “¡Otra bolsa!” Las manos samaritanas pasaron tres aditamentos. Era un acertijo egipcio calcular cuántos litros de comida podría albergar esa pequeña manifestación de Gargantúa y Pantagruel. La enana batía un record mundial en la categoría de vomitada interdepartamental.

El hedor y el contrabando de objetos repletos de sustancias repulsivas se convirtieron en un acto pecaminoso. Las gentes se peleaban por lanzar la talegada contra el valle de Ubaté. Daban consejos, preguntaban, recetaban, comentaban. Todos, excepto el bogotano, colaboraron en esa criminal acción de guerra biológica. La tragedia se hizo insoportable.

Los tarmanganis mandan, en esos casos, usar a los responsables como fiambre para los cocodrilos del Okavanga. En la patria de la Loca Margarita se solidarizaron con la maldición. El pueblo, amaestrado por la infamia, gozó ante el asqueroso espectáculo.

La bestezuela se hizo náusea. Las bolsas llegaban presurosas. El caos se apoderó del bochinche. La solución, al enigma malévolo del humanoide, apareció. Los progenitores, padrinos, parientes o enemigos de la vomitadora parecían una cuba. Ebrios es un piropo. “Tenían la perra viva”, es más vernáculo.

Los truhanes le dieron a la infanta cuncho de cerveza batido con guarapo de herradura y gárgaras de tapetusa. Esa era la explicación del cauce incontrolable de los desechos estomacales experimentados por la basca y la arcada.

La situación era intoxicante. Los enfermeros de ocasión, encargados de pasar y evacuar los recipientes, esgrimieron sus puyas. Es el colmo, decían. “Cómo le dan de beber esas porquerías. ¡Qué bestias!” Los onagros hablaron de orejas.

Aleluya, los hijos de la desgracia reaccionaron. No todo estaba irremediable perdido, podía ser peor. El abuelo interpuso sus buenos oficios. El sujeto gritó: “Paren y bájenla”.

El viejo, dipsómano e idiota, cogió la última bolsa llena de la vomitona y pasó dando tumbos por sobre los pasajeros. Estuvo a punto de estrellarse contra cada uno de los ocupantes.

Alguien le recordó el lema de los Boinas Verdes: De opresso liber (para liberar a los oprimidos). El crujido de las vértebras cervicales, rotas por una llave maestra, sería un delicioso ejercicio de pacificación.

El conductor detuvo la camioneta. Algunos campesinos optaron por escapar a la topa tolondra. No reclamaron ni los trueques. Las ruanas dejaron su olor a cogote de ordeñador.

La niña fue desincrustada de la silla. Bajaron encorvados. Se desentumecieron al lado de un eucalipto. La humareda sobre el kikuyo los delató. Parecía que hubieran meado ácido sulfúrico.

Al rato regresaron. El espacio era suficiente para acomodarse los entes y los jotos. El tráfico de jugos gástricos se detuvo. No se supo con cual yerba taponaron la emergencia vomitera.

El periplo continuó. El padre dejó a su cría con su progenitora. El temulento, ducho en esos oficios, le dijo a la enfermita: “Mija, cierre los ojitos para que no se maree… y me avisa”.

La vomitadora obedeció automática. No había más provisiones plásticas para arrojar y desempedrar la carretera. El siguiente quejido fue contenido. Le sacaron la cabeza por la ventanilla y la pintura de la carrocería se descarapeló. Ese espécimen tenía un mesenterio o entresijo de chulo.

El suplicio finalizó con el arribo a la terminal boyacense.

La misa de once y media contó con una apertura tutelar. El padre Fernando Piña, O. P., antes de oficiar la Eucaristía, anunció el número de robos dentro de la basílica para ese mañana, tres. Van tres atracos al tumulto. Los santos lugares no escapan a la maldición maniática del cleptómano criollo.

La Divina Misericordia descontó un milenio de purgatorio para el humilde andariego. El templo hervía de gente. El penitente optó por descansar dentro de un confesionario para perdonar lo imperdonable: Los vómitos de Farsolandia.

Encuesta colombiana, sin encuestadores



La alcahueta Farsolandia es la hija bastarda de doña Celestina de Rojas y nieta de un venezolano tuberculoso, apodado Longanizo y conocido en los bajos fondos caraqueños como el amo Bolívar.

La Res-pública casquivana vive amancebada con un cleptómano en una casa de citas. Ella reparte el botín del erario público entre las pandillas de su ex marido, alias Farsolín; la muchacha de servicio, Farsocracia; las fuerzas de sicarios, Farcsolandia o Parasolandia y su tinieblo perpetuo Farsogreso. El hedor a calaverina es su aroma institucional.

La vanidosa furcia, cada cuatro años se prenda y se preña de un delincuente distinto. Por ese motivo, quiere modernizar los símbolos del burdel patrio. La mujerzuela decidió contratar una encuesta con el DANE para modificar la falsedad. La tarea la ejecutará un maquillador lesbiano para estar a la moda láit.

Los íconos del fraude empiezan con un trapo tricolor. La manoseada bayetilla, usada por los futbolistas para limpiarse el trasero y la pecueca repugnante, será cambiada por:

A) Una cobija de indigente
B) La toalla de Tirofijo
C) La frazada de Carlitos…Castaño
CH) Un toldo de cocina cocalera
D) El pendón del Polo, godo y cachiporro. Es decir: Amarillo, azul y rojo desteñidos.
E) Una motosierra reparada en Ralito
F) Todas las anteriores.






El Escudo Nacional, logo símbolo de la derrota perpetua, será levemente refaccionado porque como fracaso es un rotundo éxito.

Este instrumento de la vanidad patriotera necesita una cirugía plástica estilo Chupeta. Hasta la fecha nadie ha podido determinar qué tipo de guarapo chupaba Enrique Olaya Herrera cuando por medio del Decreto 62 del 11 de enero de 1934 reglamentó el escudo.

Fueron tantas las fallas que en 1949 tuvieron que volver a repararlo. En 1955 lo retocaron y quedó listo para el disfraz. No les cuento la trayectoria de su evolución porque los seguidores de la heráldica decente se suicidan.

El cóndor, ave carroñera, se transformará en:

A) El chulo, patrullero del río Bogotá
B) Una urraca ladrona al estilo Samper-Serpa
C) Una cría de cuervos tipo Pastrana
CH) Un escuadrón de Águilas Negras, modelo Uribe
D) Una gallina preñada por un pato
E) Las bolas de Regina 11
F) Un alquimista marihuanero
G) La chimba de Lola.

El cóndor y la corona de laurel se venderán por:

A) Un atado de limones
B) Un tris de canela
C) Un pucho de anfetaminas
CH) Un kilo de cocaína
D) Un poquito de culantro
E) Un cuncho de ajiaco con alcaloides
F) Una manotada de hongos
G) Un plato de borojó con ostras.



El lema de la mentira: “Libertad y Orden” se transplantará cual mata de amapola así:

A) Soborno o sicario
B) No dar papaya… ni culo
C) El plomo es nocivo para la salud
CH) Mija, huele a juagadura de caimán
D) Uy, me mató esta gorronea
E) Tanto jode el perro con la cotiza que al fin se la jarta
F) Esa vuelta le vale un billete, papá. Sí o ¿qué?
G) ¡Fuera colombianos del Sinaí!
H) Vivan los Pájaros de Tuluá. (Me dolió un ala).

La primera franja será reparada por un obrero Mediapala. La granada de oro y las cornucopias serán cambiadas por:

A) Una granada de fragmentación
B) Una reyerta entre lavaperros y coperas
C) Una hectárea de marihuana Punto Rojo
CH) Tres lesbianas desplazados por un travesti
D) La peluca del protolobo Pedro, el Escamoso
E) Una mina quiebra patas
F) Un tarro de desodorante Lander.

Segunda franja, el gorro frigio se cambiará por una cachucha frígida o en su defecto:

A) Un condón de segunda
B) El suspensorio de Pambelé
C) Las bragas de doña Inés de Hinojosa
CH) El pasamontañas de Mancuso
D) Las nalgas de Antanas Mockus
E) Una tapa de mazamorra premiada con bazuco
F) Una totuma para libar chicha, el vino de maíz.




Tercera franja. El istmo de Panamá. Ese hijo vendido por Farsolandia será mimetizado por:

A) Una fosa común
B) Una ciudad swinger
C) La bahía de Folconpuertos
CH) La draga y la droga de Pastrana
D) La Hidroeléctrica del Güevo (Guavio)
E) El serrucho eléctrico de Puyo
F) El apagón con revolcón de Gaviria
G) Un Belisaurio, sin cuota inicial
H) Una mano haciendo pistola.

El poema de Rafael Núñez o Himno Nacional se cambiará por:

A) El Polvorete
B) El Santo Cachón
C) La Jarretona
CH) El Pirulino
D) Sonaron cuatro balazos
E) Mambrú se fue al Putumayo
F) La vieja Chuchumeca
G) Ay, mi ranura
H) The Stars and Stripes Forever.

Las respuestas pueden ser enviadas al correo electrónico Farsolandia@hotmail.com Entre los participantes se rifará una caminata con el profesor Moncayo.

La nota siguiente es aclaratoria. Sólo para chauvinistas que sudan la camiseta 10 del Pibe como símbolo de colombianidad. Antes de recibir sus tradicionales recordatorios en contra de mi querida progenitora les recuerdo lo siguiente:






El gorro Frigio, símbolo de la “libertad” para los revolucionarios extranjeros, no puede ser más ajeno a la tropical Farsolandia.

Frigia es una antigua región del centro de Asia Menor al sur de Bitinia. Esta zona fue poblada por los frigios de raza pelásgica. Los pelasgos son un pueblo prehistórico que ocupó parte de Tesalia (región de Grecia). Se les considera como los antecesores de los helenos. El notablato, siempre tan original, lo escogió como símbolo de la utopía. Sólo quedan las cornucopias llenas de cocaína para vergüenza de los buenos campesinos.

A este lote de engorde, los gamonales lo han descrestados con palabrejas y las cornucopias. (Vaso en forma de cuerno que representa la abundancia. Del latín cornu que significa cuerno y copia, abundancia).

Lo del trapito tricolor es cosa a parte. La izada bandera nacional es tan vernácula como el rajá de Sarawak.

¿Quién la inventó? Según la historia oficial el Precursor de la delincuencia nacional, Pacho Miranda. Él la estrenó en Haití, el 12 de marzo 1806.

Miranda le plagió el diseño a la bandera de Rusia por cortesía de doña Catalina II de Rusia, la Grande. (Ni Cata, ni rusa ni grande). La lujuriosa señora es digna de participar en las historietas de Farsolandia. No se bautizó como Catalina. Su nombre de pila era Sofía Federica Augusta porque era una princesa alemana.

Cata no nació en Rusia sino en Stettin, Pomerania. Actualmente territorio polaco. Eso fue el 2 de mayo de 1729 y murió en San Petersburgo el 17 de noviembre de 1796. Su estatura encajaba en el concepto de pequeño.





La valiente dama se casó con Pedro III, nieto de Pedro el Grande, y emparentó con la dinastía Románov, pero por andar leyendo a Voltaire y Montesquieu se volvió ninfómana. Su lista de mancebos se parecía a María de los Guardias. Grigori Orlov, amante de Catalina dio un golpe de Estado, asesinó al Zar y la convirtió en Emperatriz. Su corte de sementales se estabilizó con Grigori Alexandrovich Potyomkin (Potemkin) quien tuvo el placer de ser su amante y la desgracia de ser su esposo.

Potemkin fue el culpable de presentar a Miranda ante Catica segunda. Esa debacle histórica ocurrió el 14 de febrero de 1787. El lascivo sujeto le calentó el oído con una frase de alcoba: “Tú eres mi causa”. La noble veterana lo nombró edecán de su catre. Le autorizó el uso del uniformó del Ejército ruso, le prestó la bandera, le llenó los bolsillos con monedas de oro, como a cualquier vagabunda, y le despachó de la corte.

El trapo tricolor tan ruso como el Kremlin se convirtió en la Bandera de Farsolandia. ¿Dudas? No se necesita ser un experto en vexilología. El Almanaque mundial resuelve el conflicto. Comparar la bandera de Rusia con el originalísimo pabellón patrio es aclarar el origen de otra mentira. Ahora se entiende el porqué los rusos del pañete quieren tanto a “la rusa”.

Lástima que los prohombres de la Finca Cocalombia no hubieran tenido los ovarios de doña Catalina para correr los linderos. Nuestros grandes patriarcas regalaron, empeñaron, perdieron y rifaron un millón de kilómetros cuadrados de potrero baldío. Por ejemplo, José Manuel Marroquín vendió Panamá por 250.000 dólares a los Estados Unidos. (Los documentos existen).

El tema del himno o poesía de Núñez es igual de trapisondista a su autor: “Ricaurte en San Mateo en átomos volando”



El edecán del Libertador, don Luis Perú de Lacroix, escribió en el Diario de Bucaramanga la confesión de don Simón Bolívar: Ricaurte, otro granadino, figura en la historia como un mártir voluntario de la libertad, como un héroe que sacrificó su vida para salvar la de sus compañeros y sembrar el espanto en medio de los enemigos, pero su muerte no fue como aparece, no se hizo saltar con un barril de pólvora en la casa de San Mateo, que había defendido con valor; yo soy el autor del cuento lo hice para entusiasmar a mis soldados, para atemorizar a los enemigos y dar la más alta idea de los militares granadinos. Ricaurte murió el 25 de marzo del año 14 en la bajada de San Mateo, retirándose con los suyos; murió de un balazo y un lanzazo, y lo encontré en dicha bajada tendido boca abajo, ya muerto, y las espaldas quemadas por el sol...”.

Nota: En el boletín No 46 del Ejército Libertador, fechado en San Mateo el 27 de marzo de 1814 y firmado por el mayor general Antonio Muñoz Tébar, Secretario de Guerra, no está consignado el sacrificio de Ricaurte ni la fantástica explosión.

Y además, dice el parte: “…El fuego que rompieron generalmente nuestras líneas a las ocho de la mañana del 25 con una viveza extraordinaria, se sostuvo con el mismo ardor hasta las cinco de la tarde, lo que agotó nuestras municiones en términos que al llegar a las posiciones ordinarias del enemigo, nuestras tropas que le perseguían, tuvieron que dejar de hacerlo, por no haber ya ni un cartucho que quemar...”.
Eso confirma que la confesión de Bolívar, a Luis Perú de Lacroix sobre la muerte de Ricaurte, es verdad. Si no tenían municiones, ¿cuál polvorín estalló? Y segundo, los patriotas perseguían y no eran invadidas sus posiciones. Ningún oficial dejaría de informar un acontecimiento tan ensordecedor en su parte de la batalla. La explosión fue de pura mierda.

miércoles, 19 de marzo de 2008

La sargentona de Miraflores

La sargentona de Miraflores

A la copera de Miraflores le mataron al marido en una reyerta fronteriza. Sucedió en la madrugada del primero de marzo en las selvas ecuatorianas. El vejete sicario dormía en posición contranatura… y le llovió plomo por la retaguardia.

La concepción alucinatoria de la Grecia Antigua llamada Justicia apareció. La dama coja, ciega y desplazada por la quema de su palacio llegó con la espada afilada y la cara de Némesis. La hija de Astrea, doña Temis, (justicia divina) escandalizó a los patrocinadores de las Farc.

La noticia despertó al hemisferio. Colombia celebraba y Belcebú protestaba por boca del ministro “Diarrea”, amancebado con los terroristas. La carpa grande quedó lista para sobornar lo evidente. Las democracias latinas acudieron presurosas para perfumar sus vicios con defectos. Reunieron a los tramoyistas.

El fariseísmo tutelar se rasgó las vestiduras y la Chávez se subió las bragas. La vil guaricha, en un ataque de histerismo, hizo un escándalo propio de una baranda de juzgado. Amenazó con pandillas y despicó botellas.

La golfa cerró su palacete de cortesana y les arruinó el negocio a los camioneros. Qué vergüenza continental. No contenta con alborotar las cantinas le dio por balbucear latinajos. La coima, bocona y escandalosa, mandó diez batallones a mearse del susto en los mojones. Sabe más de milicia un colegio de monjas que las tropas venezolanas.

La convulsionada actriz ama realizar el ridículo más repugnante en el escenario de la simulación. A Hugo Chávez no se le puede dar ni siquiera el título de caudillo de navajeros.



Se comportó cual comadre chillona, alharaquienta, lambona, entremetida, cicatera, calumniadora, enredadora, lenguaraz, cizañera, bocona y alcahueta. Las verduleras del mercado de la Concordia quedaron compungidas después de oírla vociferar sus chismorreos de revendedora. Ella y su perorata ofendió a todo el gremio de las marchantas nacionales.

Mi sentido pésame para la hermana República de Venezuela, tierra de mi general José Antonio Anzoátegui. El Apure no se merece semejante mujerzuela celosa, tediosa y adiposa.

La escena política se convirtió en un alegato entre María de los Guardias, Adelita y Rosita Alvires, la que mataron en 1900 en la calle de Saltillo por “desairista” porque no podían entender la acción intrépida.

¿Desde cuándo Farsolandia anda con arrebatos de potencia imperialista? Las maniobras para violar soberanías son patrimonio de los yanquis redomados.

Por ejemplo, el Tío Sam le quitó una extensa porción de territorio a México y sentó la única jurisprudencia válida: La invasión del comandante Zachary Taylor en la guerra de 1846-1848. Así se manejan los conflictos con los vecinos inoportunos, pero no con los hermanos.

Desde Aníbal Barca hasta Napoleón Bonaparte. Desde Ben Gurión hasta Ronald Reagan. La disciplina geopolítica la imponen los Estados superiores sobre las guachafitas tribales.

Es un delito de Lesa Patria bombardear el Ecuador y luego salirle con cuentos de solteronas latosas: “…Yo te dije que la marrana iba a tener gatitos, pero tú no te acuerdas…”. Esa actitud no es decorosa con un país donde la mentira edificó el vil imperio de falacia. Te desconozco Farsolandia.



Ofrezco mis disculpas al Ecuador por la torpeza, feliz y heroica, que puso fin al mito del intocable Secretariado de los Genocidas.

No entiendo porque no llevaron un campamento portátil. Entran al cambuche, lo matan (diferente a dar de baja), lo traen y lo cuelgan de las criadillas, cual alimaña dañina, a 100 metros al norte del Putumayo. Después, el bochinche. Así nos evitamos las escenas, de charadas y acertijos, entre machorras y costureras ofendidas.

La diatriba de inquilinato dio pie para que el asaltante de bancos, Daniel Ortega, se metiera al baile por la puerta de atrás como cualquier apartamentero. (En 1974 un grupo de Frente Sandinista de Liberación Nacional lo sacó de la guandoca).

Por favor, no más apodos para esos camorreros. No son: Ilustres personajes, estadistas, pensadores, presidentes, líderes ni mandatarios. Son guaches fulleros. Productores de las desgracias sobre las llagas de un pueblo inocente, pero semoviente.

Se les olvidó que la Gran Colombia la destazaron porque los chafarotes José Antonio Páez, Francisco de Paula Santander y Juan José Flores no merecían tener la mitad de América como patria indivisible.

La gente demostró que sí existe una Nación hermana divida en cuatro lotes (incluye al istmo) donde la paz y el progreso asustan a los gamonales.

En conclusión, el culebrero del Uribe se comió a cuento a la OEA, al Grupo de Río, a Chávez y a Correa porque tienen mentalidad de vagabundas. La trifulca del cuarteto de truhanes dejó una amarga verecundia. Se cogieron de las manos y se palmotearon los traseros.